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“Los pinares de la sierra”, 116

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

3.- Inmerso en un mar de dudas.

Estuvimos unos días sin hablar apenas. Yo no quería tener problemas con mi amigo, y el domingo por la mañana llegué al despacho diez minutos antes de las siete. Se alegró al verme, me estrechó la mano y, seguramente, para animarme, me entregó la ficha de un matrimonio que vivía en el Paseo de la Bonanova y que, según una anotación de la entrevistadora, subirían acompañados de su hija, una chica de unos dieciocho años.

―Si consigues caerle bien a la niña, ya tienes hecha la operación ―me dijo en voz baja, como si se tratara de un secreto—.

Pero la niña debió pensar que un domingo por la mañana, en Barcelona, se podían hacer cosas más divertidas que subirse a un autocar para acompañar a los padres a visitar una urbanización. O sea, que no apareció. Pero lo peor es que ellos tampoco estaban muy interesados en comprar en una urbanización abarrotada de huertos y chabolas. O sea, que el resultado fue el de siempre: nadie, ni siquiera los invitados de María Luisa se animaron a comprar, al comprobar que las nuevas parcelas eran poco más de la mitad de las que compraron sus vecinos y costaban el doble de dinero.

Cuando Paco y yo nos quedamos a solas, le dije al oído:

―Agradezco tu buena voluntad; pero ya ves que no sirvo para estos tejemanejes.

Si unas semanas antes todo funcionaba con la precisión de un aparato de relojería, desde que aumentaron los precios y menguaron las parcelas, los resultados fueron desoladores. Se registraron algunas deserciones, que pronto fueron repuestas por nuevos elementos, aunque faltos de la experiencia indispensable que el asunto requería. Bajó el número de operaciones, cundió el desánimo y la dirección comprendió la inaplazable necesidad de formar a nuevos agentes, no contaminados (así nos lo hicieron saber) por las condiciones anteriores, para restablecer la confianza en el producto, y devolver el optimismo a la fuerza de ventas.

Se contrataron los servicios de AMDE, una conocida escuela de negocios situada en la avenida del Tibidabo, que confeccionó un programa de tres sesiones. Las clases empezaban a las siete de la tarde, duraban dos horas, y la asistencia era obligatoria. El instructor era un señor delgado y paliducho, que llevaba unas gafas con montura de color negro y se apellidaba Romero. El señor Romero debía de tener unos cuarenta años, vestía traje gris, corbata negra, y hablaba muy deprisa, como si tratara de impresionar a la audiencia y dar la sensación de seguridad.

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