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“Los pinares de la sierra”, 115

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

2.- Una respuesta inesperada.

Aquel día comprobé que, para conservar un cargo de cierta responsabilidad, hay que tratar a los demás con cierto cinismo, mantener una frialdad mezquina y no esa bondad simplona que nos distingue a las personas normales y que, a veces, se confunde con la estulticia. Así me hablaba mi mejor amigo. Cuando le respondí que yo no veía la situación con tanto optimismo, me miró y se echó a reír.

―Cálmate, hombre; piensa que enfadarnos no nos llevará a nada. ¿No hemos vendido las fases anteriores? Pues igualmente venderemos estas. Necesitaremos unas semanas de adaptación, eso es muy lógico; pero ya verás cómo muy pronto volveremos a vender de nuevo.

─Sí; pero, mientras tanto, no se cobra. Quiero decir que, reducir la superficie y aumentar los precios, le parecerá muy bien a la empresa, pero para nosotros es una faena. ¿Vale? Los ricos, cuanto más dinero tienen, más ambiciosos se vuelven. Eso sí, a costa de los pobres.

─Si estamos unas semanas sin vender ─respondió, sin alterarse lo más mínimo─, no pasa nada. Yo no veo el problema por ningún sitio. A ver, dime tú dónde está. Piensa que una empresa como esta tiene muchos gastos. ¿De dónde crees que sale todo? La piscina, las pistas de tenis, los autocares de los fines de semana, las invitaciones a los clientes, las máquinas fotográficas, las cenas de empresa, nuestras comisiones… ¿Tú sabes el dineral que supone todo eso?

Y sonreía, mirándome a los ojos fijamente. Pero yo no me sentía tan orgulloso del trabajo como él; sentía lástima y pensaba que sería difícil que cambiara aquella situación. Indignado por la tiranía a que nos sometían, pensé renunciar al dinero de aquellos embaucadores por los que, cada día, sentía mayor desprecio. Por eso insistí.

―Paco, ¿no te das cuenta que nos estamos convirtiendo en unos golfos y unos timadores, para que el presidente pueda residir en un paraíso fiscal, presumir de coches importados y ser cada día más rico a nuestra costa? Y lo peor es que nadie puede decir una palabra. ¿Viste cómo trató a Martín, la noche de la cena? Te lo digo muy en serio; yo no…; yo pensaba que la venta sería otra cosa. No es que no me parezca bien que la empresa tenga sus beneficios, pero levantarme de madrugada para hacer un trabajo de mierda, contar mentiras, engañar a los clientes, hacer trampas en el sorteo, prometer imposibles…, y robarle los ahorros a una pobre gente, a cambio de unas comisiones de mierda, no me parece ni regular.

―Oye, Javi; si no estás contento, deberías replantearte la situación. Si continúas aquí es porque sabes que puedes llegar arriba y que algún día te llegará la oportunidad. Y también sabes que yo siempre estaré dispuesto a ayudarte; pero, te lo digo en confianza, últimamente no me gusta tu actitud.

Lo dijo en un tono áspero, inflexible y con un gesto arrogante y desdeñoso, como el juez que acaba de dictar sentencia. Pensé que no era conveniente seguir por aquel camino y respondí, tratando de rebajar la tensión.

─No sé qué pensar.

─¿No? Pues te lo voy a poner muy fácil ─dijo, recuperando su expresión, cargada de insolencia─. Repite conmigo: «Señor Manubens, ¿cómo quiere el café esta mañana? ¿Solo, con leche, descafeinado? ¿Azúcar, sacarina?».

─Paco, por favor, que estás hablando conmigo.

─No, Javi, no ─dijo con una cínica sonrisa, mirándome a los ojos─. Repite conmigo, «Señor Manubens, ¿cómo quiere el café esta mañana? ¿Solo, con leche, descafeinado? ¿Azúcar, sacarina?». Anda, hombre, por favor, concédeme ese capricho: «Señor Manubens, ¿cómo quiere el café esta mañana? …».

─No sé a qué coño viene eso ahora.

─¿No? Pues apréndete la frase de memoria; porque, si dejas Edén Park, eso es lo que te espera el resto de tu vida: llevarle el café a tu jefe por la mañana y, por la tarde, pasar por el colegio a recoger a sus hijos.

─Está visto que no se puede hablar contigo. Vale; que te den…

─¿Qué me den…? ¿No te das cuenta de que lo hago por tu bien? Trato de ayudarte. Si tienes un poco de paciencia y procuras ilusionarte con el trabajo, podrás alcanzar todo lo que te propongas en esta vida. ¿No lo entiendes?

─Sí hombre, sí; presidente de Telefónica. ¡No te jode!

─No me seas maricón y dame esa mano. ¿Amigos?

─Vale, amigos.

─Vaya, me alegro de que por fin estemos de acuerdo. Qué se le va a hacer; la vida está llena de malentendidos. Y ahora, lo siento; te he dicho antes que me esperan para una reunión. Ya sabes, el domingo a las siete, en el despacho. Sé puntual.

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