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“Los pinares de la sierra”, 113

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

8.- Cazamos en manada.

El auditorio en pleno estalló en una carcajada, acompañada de una clamorosa ovación, mientras que el presidente respondió, muy sorprendido.

─Te comprendo. Eres tan joven que quizás no sepas que Franco nos salvó de las garras del comunismo y que de no haber sido por él, España hoy sería un satélite de la Unión Soviética como son Yugoslavia o la isla de Cuba, en donde no disponen de medicinas ni de papel higiénico ¿Tú has estado en Cuba alguna vez?

─No, señor; pero tampoco he estado en Roma o en París, y sé que los franceses y los italianos viven en democracia, y nosotros no.

La contestación no agradó demasiado al promotor, que viendo que aquella discusión no le llevaba a ninguna parte, volvió a centrarse en los precios de las parcelas.

─Muy bien, Martín ─dijo el señor Triquell, con benevolencia episcopal─; y ahora, ¿por qué no nos explicas eso tan gracioso del Seiscientos y el Mercedes?

Volvieron a oírse unas carcajadas y el muchacho siguió hablando.

─Pues que si la superficie de los terrenos se reduce a la mitad y vendemos las nuevas parcelas al precio de las anteriores, eso significa que se incrementará su valor un cien por cien, y mucha gente no podrá comprar.

─¡Bravo, Martín…! ─respondió el presidente con la seguridad del que se sitúa por encima de los elementales razonamientos de la gente normal─. ¿Tú sabes quiénes nunca se podrán comprar una parcela?

─¿Quiénes?

─Los cubanos.

Los ocupantes de las primeras filas se pusieron en pie, para celebrar la salida del jefe, y el resto del público les imitó, para celebrar la agudeza del líder, que puso su mano sobre el hombro del muchacho, en tono paternal, y lo felicitó por sus ideales y su coraje.

─Martín, aunque haya quien piense que tú y yo no hemos empezado con buen pie, quiero decirte que admiro a los jóvenes idealistas, y que es importante que nos llevemos bien. Ahí va mi mano.

Tras estrechar la mano del presidente, el chico regresó a su localidad, entre las muestras de afecto de la concurrencia. Triquell paseó la mirada por la sala, como el director que revisa a los músicos de la orquesta, para mostrar su autoridad incuestionable, y una vez restablecida la calma, se dirigió a los asistentes.

─Señores, hemos superado la prueba más difícil: vender seiscientas parcelas en la zona más irregular de la finca; y hemos reservado, para el final, el sector más llano y rico en arbolado. Pues bien, con las modificaciones que pensamos introducir, los restantes quinientos terrenos, previstos en el planteamiento inicial, se convertirán en novecientos aproximadamente. Ya sé que la medida no agradará a algunos concejales, pero nosotros no trabajamos en el Ayuntamiento. ¿Verdad que no?

Risas y aplausos de los aduladores de siempre.

─Ya sé que vender una parcela de cuatrocientos metros al precio de las anteriores puede parecer temerario, pero no es así. Habréis observado que, últimamente, han aparecido elementales construcciones que no contribuyen a mejorar la imagen de Edén Park. ¿Verdad? Y os habrá extrañado que desde la dirección no hayamos tratado de evitarlas. ¿Sabéis por qué? Porque es primordial fomentar el sentido de la propiedad en los clientes. ¿Lo entendéis? Y ahora viene lo mejor. ¿Imagináis la alegría que tendrán, cuando sepan que, en unos pocos meses, se ha doblado el valor de su parcela? Dejarán de comer antes de devolver una letra y se sentirán orgullosos de haber comprado. Tened confianza; hay personas adictas al pesimismo y a la desilusión, pero vosotros habéis sido elegidos, uno a uno. Si mantenéis una mentalidad positiva y sentís ganas de comeros el mundo, todo os irá bien. Ilusionaos, vended y disfrutad… Ya sabéis: estamos unidos por un mismo destino; somos lobos que cazan en manada, y todos formáis parte de la cuadrilla. Y solo una cosa antes de terminar: las comisiones de las nuevas parcelas se pagarán al ocho por ciento. Es decir, al doble de lo que cobrabais por las anteriores. ¿Qué os parece?

Se escucharon algunos aplausos con escaso entusiasmo, se encendieron las luces, volvió a sonar la musiquilla, y abandonamos el auditorio uno tras otro. Una vez en la calle, Paco propuso que fuéramos a cenar en algún restaurante del centro, pero Geny dijo que ya era tarde y, a consecuencia de la hora, yo también me excusé.

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