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Reflexiones sobre la violencia de género, y 03

Por Salvador González González-

Era una sociedad muy similar entonces, guardando las distancias y las diferencias obviamente; en mucho, a algunas que hoy vemos en ambientes de países de religiones musulmanas, donde la mujer está situada a un nivel inferior al hombre, de ahí que en dichas sociedades la violencia machista apenas se considera como tal; incluso, desde los dirigentes religiosos, en muchos casos se insta a reprender y corregir, incluso mediante violencia física, a la mujer, cuando se sale de la ortodoxia marcada por el mensaje religioso que consideran el adecuado.

Pues bien; hoy, con otra realidad, parece que esa igualdad ha generado y está generando esa violencia de género, en nuestra sociedad actual. La pregunta, pues, está servida: ¿Cuál es la causa de la misma? Alguien pudiera decirme, en caso de personas de cierta edad que convivieron con esa sociedad relatada de prevalencia del hombre sobre la mujer, que no han asimilado el cambio de roles y el signo de la igualdad de la que hoy nos hemos dotado, de manera que, al chocar con las exigencias de tratos equiparables en la relación con la mujer, por reacción actúan de manera brutal oponiéndose a ello: situaciones de divorcios donde la mujer sale mejor parada en la Sentencia. Patria potestad denegada en algún caso, quitamiento de la guardia y custodia en otro, vida liberal de la mujer no asumida por el compañero y algún caso similar: posiblemente pueda ser, en algún supuesto, la causa desencadenante del hecho criminal; pero ¿en los jóvenes que tienen asumido o deben tener asumido el hecho de la igualdad, reconocida ya por nuestra Carta Magna, art.14, por qué pues en ellos esta violencia contra la pareja? Obviamente no soy sociólogo, psicólogo o entendido en la materia, ya lo he dicho al comienzo; echo en falta un diagnóstico de expertos sobre el tema que nos dieran alguna luz para entenderlo, por lo que solo expreso una opinión personal que intuyo, sujeta por supuesto a cualquier crítica o expresión distinta y/o distante de la que emito. Pese a ello, me aventuro a decirla: creo que la sociedad, en la que vivimos, se ha hecho, en general, más violenta que la anterior; se ha perdido una escala de valores para bien o, a lo mejor, no tan para bien, pero han guiado el acontecer de la sociedad. Hoy prima el usar y tirar, incluso con las personas; entre ellas -por supuesto la mujer-, son consideradas en muchos aspectos cuasi objetos (empleadas éstas en muchos casos en la publicidad de esa manera); por tanto, sujetas a esa regla de usar cuando me conviene y tirar o menospreciar cuando ha dejado de producirme el interés o la satisfacción personal buscada. Se ha mercantilizado todo y, con ello, también las personas en la sociedad; así mismo, ha surgido un cierta deshumanización; da la impresión de que no se valora en su justa medida la vida humana. El sentido de la autoridad, sobre todo aquella autoridad moral basada en valores que respetar, ha desaparecido. Se busca el éxito y el triunfo a cualquier precio, aunque sea pasando por encima de otros, o pisoteando la dignidad personal si se tercia. En una palabra, la sociedad como la entendíamos y con ello la primigenia célula de la misma, que siempre se ha entendido que era la familia, ha quebrado también por esto. Por ejemplo, el idilio antes seguía unas pautas que llamábamos de conquista, en la pareja que se iba fraguando; primero se insinuaban, luego -poco a poco- se iban asumiendo nuevas metas, hasta después de todos esos prolegómenos se daba ya por hecho el noviazgo y la relación interpersonal en la pareja se hacía más intensa; hoy se ha impuesto las prisas, y la filosofía del éxito antes que nada, de ahí «Aquí te cojo, aquí te pillo», puede parecer una ventaja y, de hecho, desde un punto de vista práctico puede serlo; pero esa relación, sin un conocimiento previo más profundo, puede y de hecho lleva a fracasos y enfrentamientos; una vez se entra en la misma y se comprueba que no existen muchas coincidencias entre ellos, eso explica -a mi modo- que parejas más o menos permanentes, que conviven durante un tiempo sin estar casados a todos los efectos, cuando dan el paso definitivo y formalizan el enlace jurídicamente, al poco tiempo inexplicablemente se divorcian, cuando con anterioridad, como pareja, pero sin una relación tan intensa como cuando la vida es de casado -ya así lo demanda-, no se había producido la ruptura sentimental y, en cuanto la relación ha pretendido ser estable y continuada, ha saltado por los aires.

Ante este panorama y con ese caldo de cultivo, no es extraño, pues, que surjan esos brotes de violencia machista, que nos están llevando a esa barbaridad, como es el aumento de muertes por esta causa que continúa creciendo sin que parezca tener un final que todos deseamos. Habría, pues, que intentar –creo- empezar, aunque parezca una tarea lenta e intensa, hoy por hoy; a volver a educar en valores (de ahí que haya introducido, al comienzo, lo del psiquiatra Luis Rojas Marcos), como la tolerancia, el respeto al otro, la valoración de la persona con su dignidad, a la libertad de todos, que empieza con mi libertad personal y acaba donde empieza la del otro, la obra bien hecha con esfuerzo y trabajo personal, la convivencia con lealtad recíproca…, no solo desde la escuela -que por supuesto que sí-, sino también desde la familia, sea cual sea el modelo familiar, desde la instituciones y, por supuesto, desde los dirigentes políticos que deben marcar con su quehacer diario una senda que sirva a modo de modelo pedagógico, en el que el pueblo pueda mirarse y reconocerse, hoy también lamentablemente inexistente.

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