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“Los pinares de la sierra”, 105

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

7.- Ruido de disparos en lontananza.

Empezaba el sorteo del televisor cuando se oyó a lo lejos una detonación, parecida a un disparo, y a continuación dos o tres más. Nadie hizo caso. Los vendedores entregaron sus boletos para la rifa del aparato y Paco siguió con sus bromas y sus chascarrillos. Como era obligatorio, la tele les tocó a los vendedores elegidos; es decir, a la señorita Claudia y Arumí que aquella mañana actuaban de “ganchos”. En el momento en que el afortunado padre entregaba su carné de identidad y un par de billetes para cumplimentar la paga y señal, apareció un viejo conocido.

Llevaba una camisa parda muy despechugada, unas chirucas viejas, una gorra de visera, la escopeta al hombro, y del cinturón le colgaban cuatro conejillos, suaves y peludos, con los ojos abiertos de sorpresa y pesadumbre. Estaba transformado. Un hombre que, en las oficinas de la empresa se había mostrado tan tímido y sencillo, allí parecía otro. Se le veía seguro y decidido. Buscó al señor Velázquez, se dirigió a él y le dedicó una increíble retahíla de palabrotas.

―Joder, Velázquez; qué ganas tenía de volverte a ver. Ven aquí, coño, que te quiero decir un par de cosas. Soy el bombero de Nou Barris. ¿No te acuerdas de mí?

Velázquez se quedó petrificado. Tenía delante al autor de los disparos y, por un momento, pensó que también él podía terminar como los conejillos. La señorita Claudia, pieza clave en la consumación de la engañifa al bombero, se marchó al autocar, deprisa y corriendo, por miedo a ser reconocida, llevándose con ella el televisor. Mientras tanto, el cazador se abalanzó sobre Velázquez, soltando una sarta de palabras gruesas, y dándole fuertes golpes en la espalda.

―¡Joder qué alegría! Anda, toma este conejo que he cazado al pie de aquella solana, donde acaba el pinar y empieza el secarral con los almendros.

Asustado y pensativo, Velázquez no sabía qué cara poner. Suponía que su antiguo cliente ya habría descubierto el engaño de la falsa recomendación al alcalde de Barcelona, y estaba jugando con él como el ratón con el gato. No era capaz de pronunciar una palabra, hasta que por fin se atrevió a decir:

―¿Y el trabajo? ¿Cómo lo lleva? ¿Qué tal por la unidad operativa?

―De puta madre, gracias a ti. ¡Nunca te lo agradeceré bastante! Cuando se convocaron los exámenes, me presenté, tal y como quedamos. Pero como ya sabía que estaba aprobado, no estaba nervioso y puse lo que se vino a la cabeza, para no dejar el papel en blanco. Todavía no me lo creo. Nos presentamos cuarenta y seis para dos plazas y gracias a ti lo he conseguido. Sí señor;ya soy cabo. ¡Con dos cojones! Oye, ¿por qué no le llevas un conejo al alcalde de mi parte? Anda, no te cortes, coño, que también le estoy muy agradecido. Y dile que no le he dicho a nadie lo de la recomendación.

La gente se empezaba a marchar, y Velázquez comprendió que por esos extraños caprichos del azar, su cliente había superado las pruebas para cabo y respiró tranquilo. Estrechó la mano del bombero, que no dejaba de manifestarle su gratitud, lo felicitó por el ascenso y aceptó el conejo.

―Qué razón tenías. En la vida, lo importante es tener amigos que te echen una mano en un momento de apuro. Oye, ¿no te acuerdas de mi mujer? Gracias a ella y a ti soy cabo de la unidad operativa; compramos la parcela y ahora los niños se están bañando en la piscina como los hijos de los millonarios. ¡De puta madre, tío!

La señora sonrió agradecida y le mostró a Velázquez una bolsa llena de caracoles.

―¿Por qué no se queda a comer con nosotros? ¿No se acuerda cuando le dije que el arroz con caracoles se me da muy bien? Pues, como ayer llovió y esta mañana ha salido el sol, he madrugado y mire qué cosecha. ¿Qué le parece? ¿Se anima a acompañarnos?

―De buena gana aceptaría, pero las obligaciones no me lo permiten ―contestó Velázquez, una vez recuperado del susto―. Tengo que pasar por el despacho, cerrar las gestiones de la semana y registrar las operaciones realizadas. Muchas gracias.

―Pues ya lo ves, amigo Velázquez ―dijo el bombero―; a uno que, como decía mi madre, tiene la cabeza como un melón calado, Dios le ha concedido una extraordinaria habilidad con la escopeta. Me coloco en un ribazo de espaldas al sol, espero que asomen las orejas, y bicho que veo a los pocos instantes ya está en el talego. Tendrías que ver a los chiquillos; ellos no distinguen si están tiernos o duros; los devoran con idéntico apetito.

Velázquez abrazó al bombero, le dijo que se alegraba mucho de haberlo vuelto a ver, y que algún día probaría el famoso arroz con conejo y caracoles.

La tarde empezaba a declinar, el aire se llenó del polvo que levantaba el autocar al avanzar por las calles de la finca, resecas y sin asfaltar. Los gritos de los niños que jugaban en la piscina rompían el silencio de la tarde y, a lo lejos, dibujando la difusa línea del horizonte, se distinguían los suaves caballones de unas lomas. Bajo un sol de plomo, turbio por los vapores del calor, solo un bosquecillo de pinos, verdes y frondosos, manchaba los tonos terrosos y grises de la montaña.

Al fondo del autocar, Arumí y la señorita Claudia vigilaban el pequeño aparato de televisión, mientras Fandiño trataba de asegurarse de que el matrimonio, favorecido por la fortuna, no comentara con los amigos y familiares la compra que acababa de hacer, porque ya se sabe lo envidiosa que es la gente; y, posiblemente, le dirían que eso de las parcelas era una estafa y lo del sorteo, un truco de golfos y embaucadores.

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