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“Los pinares de la sierra”, 101

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

3.- Más falsa que los duros sevillanos.

El fraude nació en Barcelona y no tardó en extenderse por toda la geografía de nuestra piel de toro. Un enorme despliegue de medios ―prensa y radio sobre todo― informaba a las amas de casa de los increíbles beneficios de la crucecita. «Cuando las otras soluciones fallan, pruebe con la Cruz Magnética Vitafort» ─se repetía con insistencia en un programa de radio, que se emitía en Radio Popular y Radio Intercontinental en el espacio “Antena Vitafort”─. Dos mitos de las ondas, Joaquín Soler Serrano y Bobby Deglané, llevaban a diario el consuelo a las amas de casa y les ofrecían el remedio “mágico” para cuando fallaban las demás soluciones.

 

El costo de fabricación de la medallita no llegaba a tres pesetas y el precio de venta era de quinientas cincuenta pesetas la de menor tamaño o setecientas cincuenta la de formato superior. No había una publicación en la que no apareciera un cupón de pedido de la joya «Que le devolvería la sonrisa» y una idea se repetía con insistencia en todos los programas: «Pida hoy la cruz que ha acreditado sus cualidades de magnetismo, sobre el pecho de los hombres y las mujeres más famosas». Y entonces aprovechaban para decir que “El Cordobés” cortó las orejas por haber toreado con la crucecita y que Johan Cruyff no saltaba al campo sin el amuleto prodigioso.

En cualquier evento que se celebraba en la Ciudad Condal, tanto si el Barça jugaba en su estadio, como si una estrella de la canción actuaba en una sala barcelonesa, allí se presentaban Roderas y Mercader con una cámara, comprada en Los Encantes, en la que habían rotulado las letras que les abrían todas las puertas: TVE. Hasta la Guardia Urbana y los “grises” les abrían paso para que accedieran al recinto en donde se celebraba el espectáculo. Mientras uno de los dos simulaba tomar material para un supuesto reportaje, el otro colgaba del pecho del artista la joya milagrosa, y le deseaba toda la suerte del mundo para la prueba que estaba a punto de afrontar.

Si el evento resultaba un fiasco, no pasaba nada; pero si la estrella se cubría de gloria y cuajaba una actuación de mérito, al día siguiente los medios informativos llevaban la noticia hasta los últimos rincones. Infinidad de peticiones se cursaban por correo y, ante el número doce de la calle Pelayo, donde se vendía la crucecita, se formaban unas impresionantes colas de compradores, que llegaban hasta la Plaza de Cataluña.

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