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La globalización

Por Salvador González González.

He de reconocer que me gusta más al hablar de lo que esta palabra significa, empleando la de la «aldea global», en lugar de la referida en el título de estas reflexiones personales. ¿Por qué? Pues porque, efectivamente, el mundo en que vivimos, para mí se ha convertido en una enorme aldea en la que cabemos y convivimos todos; somos vecinos, de una manera o de otra, unos más cercanos que otros, pero de la misma aldea: el planeta Tierra.

Hoy las costumbres, la gastronomía, la forma de vestir, el deporte -en una palabra- todo el acontecer humano ya no es fruto de una zona concreta de la tierra. Las comunicaciones mediante viajes cada vez más asequibles y rápidos de un lugar a otro, las imágenes que se trasladan de un sitio al más recóndito, nos hace a todos ser más semejantes o parecidos. En cualquier rincón del mundo se puede degustar una comida que antes tenía la exclusividad de una región, estado o continente. Los enlaces matrimoniales antes reservados dentro de la misma raza, credo, pueblo o nación, han roto las fronteras y ya se ve como normal la confusión de parejas entremezcladas, siendo asumido con toda normalidad lo que no hace mucho constituía un motivo de rechazo e incluso de enfrentamientos. Decir, por ejemplo, a una familia de color que su hija se había enamorado de un blanco -o viceversa- era una fuente de conflicto tanto para la familia de color como para la de la parte del blanco. Hoy empieza ya a verse como cuasi normal. Es obvio que todavía existen algunas zonas o territorios donde este fenómeno no ha llegado a asimilarse con normalidad; pero ya se sabe que la excepción, lo que hace siempre es confirmar la regla. ¿Esto es bueno o es malo? La respuesta, como en tantas cosas, no puede ser contundente, ya que depende del prisma con que se mire. Para mí, es bueno que se rompan fronteras entre los hombres, pues estas no han traído más que enfrentamientos bélicos, de aquellos que se han considerado superiores a otros y han tratado, por todo los medios, de convertirlos en subordinados -por una u otra razón- al diferente.

Hace unos días, leí una entrevista a un doctor en Ciencias Físicas, que afirmaba que «los ‘robots’ nos eliminarán para proteger el planeta». Lo razonaba en las incidencias que, de una manera negativa, estamos realizando en la Tierra y que está motivando que se esté degradando nuestro entorno. Esto también, por tanto, se está globalizando y esta globalización del deterioro medioambiental vemos que no es bueno. Sin entrar en que tenga o no razón el citado doctor, pienso que también podemos globalizar una cultura que evite el derroche y el consumo fuera de toda lógica y que genere deshecho y gastos de materias excesivas, que no podemos permitirnos, máxime si en esta aldea global hay vecinos que no tienen ni tan siquiera lo más elemental y necesario; por ello, debemos también globalizar la solidaridad y acudir allí donde fuésemos necesarios. Las enfermedades -antes exóticas- respecto de un continente con relación a otro más lejano -ébola, dengue, etc.- ya se está también globalizando, dándose casos de algunas de ellas, en zonas en donde no existían, bien por ciudadanos provenientes de donde sí existen y las han traído en estado latente, desarrollándose en esas zonas, bien por personas que han viajado y, a la vuelta, son portadores de las mismas. Esto, obviamente, hay que apuntarlo en el debe de la “aldea global”, por tanto negativo; pero ello conlleva a tener –necesariamente, ya hoy día- que tratar las enfermedades de esas zonas con la importancia que se debe y buscar -por ello- remedios sanitarios y soluciones preventivas para todos, por tanto aspecto positivo. Lo mismo podemos decir de las plagas procedentes de cualquier lugar del mundo, que ya no son exclusivas -prácticamente- de nadie y las plantas que eran de zonas distintas -tropicales y subtropicales-, se han globalizado también. Por ello, los tratamientos y búsqueda de rentabilidad han adquirido relieve mundial; no es extraño, pues, que hoy el aguacate -por ejemplo- sea un producto español que aporta al agricultor, sobre todo en zonas como Andalucía, una importante plusvalía; y su calidad, en algún caso, supera a los procedentes de su lugar de implantación natural. Esa globalización no puede resolverse con controles fitosanitarios, aunque haya que tomarlos para prevenir, ya que el comercio global de ese producto lo hace prácticamente imposible, en un control de plagas al 100%.

Por eso, no tengo esa visión tan negativa; estoy convencido de que, si la humanidad evoluciona hacia una fraternidad universal, donde cada ser humano sea valorado en todo el mundo por igual y donde los recursos sean utilizados en beneficio de todos y sin el actual reparto desequilibrado abusivo y explotador a favor del llamado primer mundo, otra situación nos depararía ese futuro.

La escasez de tantos medios de unos no puede ser la superabundancia y derroche de otros; así, obviamente, esa globalización no es posible y sólo traerá lo de siempre: desigualdades, lucha, muerte y caos a los pobladores del planeta. Se explica, con ello, que muchos aboguen por salir de la tierra en busca de colonizar otras tierras posibles, allende en este universo inconmensurable, porque a esta ya la estamos agotando y no le queda nada por colonizar, explorar y utilizar. Claro que, en ese caso, se seguiría practicando el modelo que nos ha llevado a esta situación y lo que haríamos es reproducir los mismos esquemas que nos han traído hasta aquí, en ese nuevo entorno encontrado; por eso, admitiendo que debemos dar el salto a las estrellas para las sucesivas generaciones venideras, que amplíen así su horizonte interestelar, antes de nada debemos, de una manera completa, hacer de este mundo una aldea global total, habitable para todos y justa en el disfrute de sus recursos.

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