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“Los pinares de la sierra”, 91

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

9.- Las inolvidables tardes en el Márisol Palace.

Paco y yo pasábamos las tardes en el Márisol Palace mirando la tele, fumando y bebiendo whisky como señores, cómodamente arrellanados en el sofá, en compañía de Gracy y de la francesita. En ocasiones, también nos acompañaba Marisol que, con un batín encarnado encima del camisón, se pasaba las horas pintándose las uñas de los pies, con un invariable aire de somnolencia y gandulería, como si acabara de levantarse de la cama. A Marisol le gustaban las series de acción como “Colombo” o “Kung Fu”, y Gracy se pirraba por otras más desenfadadas como “La chica de la tele”.

O sea, que cuando no coincidían sus preferencias con las de Marisol, Gracy me guiñaba un ojo con picardía y, con la excusa de enseñarme las últimas fotos que le acababan de hacer para la revista, me llevaba a su habitación. Una vez solos, yo le desabrochaba con cuidado la blusita y ella se bajaba las tiras del sostén, deslizaba unos centímetros el sujetador, hacia abajo, y dejaba libres sus pechos, que todavía olían a inocencia y juventud, para que los acariciara y los besara con deleite. Luego, ella tomaba mi mano y la conducía hasta que la yema de mis dedos tocaba el encaje de sus braguitas.

―Me vas a volver loca, bandolero ―me decía—.

Entonces yo trataba de llevar la iniciativa, pero al verla en aquel estado, perdía la noción de mí mismo, y me volvía ciego de pasión. Nos desnudábamos a toda velocidad, tirábamos la ropa a una silla, fallábamos el tiro y nuestras vestimentas quedaban desperdigadas por el suelo. Aunque la cama era muy estrecha, pronto aprendimos a utilizarla de la forma adecuada: yo me colocaba boca arriba, y ella ponía sus manos sobre mis hombros, se tendía sobre mí y empezaba a moverse con suavidad. Por miedo a no poder acompañarla hasta el final, me mordía los labios y me aguantaba la respiración, sobre todo, cuando gradualmente aceleraba sus envites.

Hubiera querido decirle que moderara sus impulsos pero, una vez en marcha, Gracy no paraba; seguía moviéndose con violencia hasta que, en pleno éxtasis amatorio, lanzaba un grito violento, tierno y cariñoso al mismo tiempo. Después permanecía ‑sobre mí‑ quieta, relajada, complacida y satisfecha.

Una de aquellas tardes me confesó que, por recomendación de sus jefes, regresaba a su tierra por un tiempo, para rodar una película.

―Todavía no sé la fecha. Supongo que estaré fuera tres o cuatro semanas, como mucho; pero, desde que soy primera actriz de la revista, se ha incrementado la venta de ejemplares de forma considerable; el público empieza a conocerme y la dirección cree que ha llegado el momento de dar un nuevo enfoque a mi carrera, como artista de cine.

La noticia me cayó como un jarro de agua fría.

―O sea, que quieres convertirte en la nueva Liza Minelli de la pantalla ―dije en un tono claramente irónico―, ¿no?

―Yo me veo más como Ali McGraw. ¿No crees? Además de guapa, tiene mucha clase. ¿Has visto Love Story?

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