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“Los pinares de la sierra”, 89

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

7.- El timo de la caridad.

Mientras la mayoría de vendedores utilizaban las fiestas navideñas para levantarse tarde y olvidar el trajín de las parcelas, Claudia y Velázquez dedicaban aquellos días para ejecutar nuevas operaciones. Llamaban «Ejecutar nuevas operaciones», al hecho de pasar por el domicilio de clientes que ya habían comprado, ofrecerles una oportunidad única, y colocarles una parcelita con el mayor dramatismo. El modus operandi tenía su protocolo, y requería de una soltura y naturalidad, que solo se lograba a base de experiencia.

La señorita Claudia llevaba una relación, en la que constaba la dirección, el teléfono, el nombre y apellidos de los esposos, la profesión del marido, y hasta unas anotaciones alusivas a la psicología y el carácter de la pareja. Por ejemplo: “Matrimonio sin hijos, bien avenido. El marido es electricista y se gana bien la vida. La mujer es de Castellón: sensible, emotiva, dócil y manejable”. Era tal su organización que incluso calificaban a los clientes por su capacidad de compra y facilidad de manipulación. Hasta habían establecido unas previsiones de venta con las parcelas que había que ofrecer a cada familia, el importe de las operaciones y las comisiones a percibir.

Cada mañana, Velázquez y la señorita Claudia pasaban por las oficinas, tomaban nota de un par de direcciones, ella se quedaba en el despacho, junto al teléfono, y él se marchaba a la calle, al encuentro de almas cándidas y generosas. Nadie hubiera dicho que se trataba de un trotamundos, un golfo y un mangante. Vestía con elegancia, tenía una sonrisa angelical y un trato especialmente amable. Sin previo aviso, se presentaba en el domicilio de su víctima con cara de preocupación, saludaba a la señora con gesto serio, pedía un vaso de agua con enorme naturalidad, y ella se deshacía en atenciones con aquel señor tan apuesto y educado.

―¿Prefiere un café? ¿Una copa? Mi marido no bebe. Como estamos en Navidad, nos han regalado una botella de coñac, y la guardamos para las visitas. Está casi entera. ¿Me comprende?

―No, por favor; deme un vaso de agua y, si tuviera una aspirina, se lo agradecería.

―¿Qué le ocurre? ¿No se encuentra bien?

Esa era la pregunta que él esperaba para iniciar su martingala. Le preguntaba por su esposo, se interesaba por la salud del matrimonio, la felicitaba por tener la suerte de contar con un marido tan honesto y trabajador, y daba comienzo el timo de la caridad.

―No crea que todo el mundo puede decir lo mismo. Precisamente ahora vengo de visitar a unos clientes que están pasando unos momentos muy difíciles.

Bajaba la cabeza, componía un gesto de tristeza infinita y acababa diciendo:

―¡Precisamente, en estas fechas tan señaladas!

Movida por la curiosidad, la señora se interesaba por el problema y él le contaba un serial de esos que hacían llorar a las porteras.

―Se trata de unos clientes de Edén Park. Un modélico matrimonio que, como ustedes, compraron una parcelita hace unos meses, con la ilusión de disfrutar del campo y la naturaleza el día de mañana. Pues bien, no hace mucho le detectaron al marido una cruel enfermedad y hoy me ha llamado la señora para pedirme ayuda. Al parecer, disponen de unos ahorrillos, pero la operación les cuesta trescientas mil pesetas y han pensado en vender el terreno a cualquier precio. Una lástima, porque se trata de una parcela con unas vistas preciosas y si se enterara algún sinvergüenza, de los muchos que circulan por ahí, podría comprarlo casi regalado, aprovechando el difícil trance que atraviesa el matrimonio. ¡Solo en un par de años podría sacar por él una fortuna! En fin, señora, tengo que regresar al despacho y no quisiera cansarla con mis problemas. Salude a su esposo y muchas gracias por la aspirina.

―¿Qué prisa tiene? Usted no me molesta, sino al contrario, le agradezco mucho su confianza.

Cuando adivinaba que había despertado el interés de la señora, hacía ademán de marcharse, pero se volvía desde la puerta y seguía lanzándole frases llenas de intención, para acrecentar su codicia.

―En realidad, no sé por qué la he molestado. Vengo de la notaría de escriturar unos terrenos y, al pasar por aquí, me he tomado la libertad de subir a saludarla, porque desde que nos conocimos en la finca, tanto su esposo como usted me parecieron unas personas honradas y decentes. Imagine, qué oportunidad: una propiedad que vale más de medio millón de pesetas, la darían por menos de la mitad. Pero lo primero es lo primero y la salud no tiene precio.

―Hombre, si se trata de ayudar a unos necesitados, nosotros podríamos echarles una mano. Y, ¿por cuánto dice que venderían el terreno?

―Mire, hagamos una cosa. Hable usted con ella sin ningún compromiso; si llegan a un acuerdo habrá hecho una obra de caridad y, en caso contrario, lo habrá intentado y tendrá la conciencia tranquila. ¿Qué le parece?

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