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“Los pinares de la sierra”, 87

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

5.- En ayuda de su “Príncipe azul”.

Lo primero que hizo Soriano, al salir al pasillo, fue telefonear a María Luisa.

―Cariño, me han detenido, pero tú no te preocupes; se trata de un error. O sea, que me confunden con uno que compró un coche de segunda mano y pagó con un talón sin fondos. Ven a verme a la comisaría lo antes posible, y tráeme los efectos de aseo y algo de ropa interior. Un par de mudas serán suficientes. ¿Vale? Y quédate tranquila, que esto lo resuelvo yo en un par de días. Te quiero mucho y te echo de menos. Mari, tienes que ser fuerte y comprender mi situación. ¡No tardes!

Al borde del desmayo, por tan inesperada noticia, María Luisa le dijo a sus oficialas que tenía que salir con urgencia; colgó la bata en el vestuario de señoras, se pintó los labios deprisa y corriendo, se puso los zapatos de tacón, tomó un taxi y fue a buscar los artículos que le había pedido Soriano. Cuando la vio llegar con el paquete, Damián se abrazó a ella sinceramente emocionado.

―Lo siento; lo siento ―dijo, imprimiendo a su voz un tono dramático―. Todo esto es un mal sueño, un lamentable error.

―Pero, ¿se puede saber qué ocurre?

―Mari, tú no te preocupes que no pasa nada; sencillamente, que un antiguo socio mío, que era un golfo y un granuja, ¡quién lo iba a pensar!, se compró un coche, falsificó mi firma y pagó con un talón de la cuenta común, que no tenía fondos.

―¿De verdad?

―Pues claro que es verdad. ¿Por quién me tomas? Tendremos que retrasar unos días el viaje de novios, pero muy pronto estará todo claro. Ya verás cómo en un par de semanas me dejarán en libertad. Afortunadamente, tengo una excelente relación con el juez y me he ofrecido a colaborar con él para esclarecer los hechos. Por cierto, solo me quedan cuatro cigarrillos en el paquete. Lo digo porque tendrías que comprar un cartón de rubio, y ya lo descontaremos de los beneficios, cuando me suelten. ¿De acuerdo?

María Luisa lo abrazó, presa de una angustia inconsolable, y Soriano, en un rapto de audacia y valentía, cogió sus manos, la miró a los ojos y suplicó.

―Cariño mío, ¿serás capaz de perdonarme?

―¡Qué remedio! ―contestó la peluquera―. No nos vamos a enfadar por una tontería, ¿verdad?

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