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“Los pinares de la sierra”, 84

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

2.- El baile y el banquete.

Se sirvieron numerosas bandejas con croquetas de pollo o de jamón; marisco variado; surtido de ibéricos; es decir, tacos de queso manchego con jamón del país; “pulpo con espuma de cachelos” (o sea, con patatas cocidas); y una degustación de paella valenciana, que no precisa de más aclaración. A la hora de hacer los honores a las viandas, los más activos eran los vendedores, cuyo estómago, acostumbrado a los bocadillos de mortadela y a los perritos calientes, tenía una función acaparadora como la joroba de los camellos, en previsión de peores carestías. A la hora del baile, el más solicitado por aquel ramillete de románticas clientas era Velázquez, que no dejaba a una cuando ya tenía otra entre sus brazos. Siempre se presentaba con las mismas palabras:

―Señora, creo que no tengo el gusto de conocerla. Me llamo Jaime Velázquez.

Encantada de estar entre los brazos de tan apuesto caballero, que olía a colonia cara y a masaje para después del afeitado, ella componía su sonrisa seductora y respondía:

―Yo soy Paquita López, la señora del colmado de la esquina, para lo que guste mandar.

Ahí terminaba el diálogo; ella entornaba los ojos, posaba su cabeza con suavidad sobre la inmaculada camisa blanca de Velázquez, y se sentía transportada al paraíso.

Paco y yo pasamos la velada con dos clientas jóvenes y retozonas, a las que tanto les daba bailar boleros como rock and roll. Mi pareja se llamaba María Jesús; era bajita, regordeta y con el pelo rizado. Recuerdo que tenía unos pechos muy desarrollados y el vientre muy calentito para aquella época del año. El señor Bueno fumaba y bebía, mientras nos observaba, y el resto del equipo se arreglaba como podía. Por ejemplo, Ortega sacó de aquella fiesta un rollo con la esposa de un taxista, que le duró varios meses; y Arumí que, en asunto de faldas no era muy delicado, empezó aceptando el vaso de sangría que le ofreció Eva, la oficiala más joven de la peluquería (como si evocara la escena de nuestros primeros padres en el paraíso) y acabaron los dos en la trastienda, donde los sorprendió María Luisa en pleno fornicio.

―¡Huy!, hijos, perdonad. No sabía que estabais aquí.

Apartó la vista, sofocada, y dijo mientras cerraba la puerta con cuidado.

―Lo siento, lo siento. Qué tonta estoy. Por mí podéis seguir.

―Pase, señora, pase ―le contestó Arumí, mientras se colocaba los pantalones en su sitio― y coja lo que haya venido a buscar. Total, ya da lo mismo.

Después del perturbado intercambio sexual de aquella noche, Eva contrajo lo que Paco llamaba el “trauma de los deseos incumplidos”; y los días que tenía fiesta en la peluquería, iba a Los Intocables en busca de Arumí, y los dos volvían de madrugada al salón de María Luisa, para dar rienda suelta a los sentimientos y, con gran sigilo, poner las cosas en su sitio. A eso de la una y media de la mañana, terminó el acto; las clientas empezaron a desfilar, escaqueándose de la corpulenta anfitriona que, cuando bebía más de la cuenta, acababa por aburrirlas, y algunas entusiastas se acercaron a la pareja para abrazarlos y expresarles sus mejores deseos. No hubo regalos, ni encendidos discursos, ni siquiera un aplauso; pero no faltaron los besos a Damián, los abrazos a María Luisa y los buenos deseos para la pareja. Las clientas más jóvenes se esforzaban por despedirse de Velázquez, con un largo beso en la mejilla, mientras Claudia abandonaba la peluquería en compañía del resto del equipo; y el señor Bueno se despidió de la pareja, deseándoles una felicidad inacabable y ofreciéndole a Soriano su ayuda incondicional.

―Ya sabe; aunque en estos días de vacaciones no subiremos a la finca por culpa del frío, yo estaré en el despacho por las mañanas, para ordenar papeles y hacer las previsiones del próximo ejercicio.

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