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“Los pinares de la sierra”, 81

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

5.- Cena en “Las siete puertas”.

El año se cerró con una espléndida cena de empresa en “Las siete puertas”, uno de los restaurantes centenarios de la ciudad en el número catorce del Paseo de Isabel II, lugar de encuentro de artistas e intelectuales barceloneses. En la puerta, dos camareros vestidos de etiqueta aguardaban a los invitados para entregarles una copa de champán. Iban llegando en grupos, generalmente del mismo equipo, unos a pie, los menos en taxi y otros en moto, como Paco y como yo. Poco a poco, todos ocuparon sus localidades: los vendedores, las señoritas de relaciones públicas, los del departamento de obras, los administrativos, los publicistas y, finalmente, los expertos en marketing y el señor Guitart, abogado de la empresa. Casi un centenar de personas, no habituadas a participar en semejantes festejos, contemplaban, incómodas y cohibidas, las exquisitas bandejas de marisco del centro de las mesas, dudando entre coger las gambas con la mano o someterse a la molesta disciplina del cuchillo y el tenedor.

El señor Bueno, con los vendedores de su equipo sentados a su alrededor, no podía disimular su satisfacción por los últimos logros conseguidos. Jaime Velázquez, con un traje gris marengo, que le quedaba como hecho a medida, comentaba la operación del bombero de Nou Barris, con la señorita Claudia. A Damián Soriano se le veía feliz, pensando en su boda con María Luisa; lucía un traje oscuro ―herencia del marido de la peluquera―, del que le sobraba chaqueta por todos lados y el nudo de la corbata le provocaba un cierto ahogo por la falta de costumbre. Roque Fariñas, aunque contento por la magnífica operación que acaba de hacer, estaba intranquilo, porque sabía de sobras cómo las gastaba Gálvez, cuando las cosas no salían como él esperaba. En un extremo de la mesa, ajeno a lo que sucedía a su alrededor, Javi pensaba en Gracy, porque la dulce y cálida argentina se había convertido en la reina de su corazón. Arumí no se explicaba cómo podía llevar casi dos meses sin hacer una venta, y Paco miraba con disimulo a la mesa de Genny, porque, aunque las relaciones entre entrevistadoras y vendedores no estaban terminantemente prohibidas, Martina Méler no quería que sus chicas alternasen con el personal de ventas, y así se lo había recomendado en privado, a una por una.

Todas las mesas estaban completas a la espera de la llegada del señor Triquell, que ya se retrasaba unos minutos como era costumbre en este tipo de acontecimientos. Por fin, una entusiasta ovación, procedente de las mesas ubicadas junto a la entrada, anuncia la llegada triunfal: un lujoso Jaguar, conducido por un chófer uniformado, se detuvo frente a la puerta del restaurante y bajó de él Martina Méler, la pelirroja de piernas increíbles. Tras ella, apareció el presidente de la compañía, que, siempre sorprendente, había elegido para la ocasión una chaqueta de color rojo fuerte; pajarita del mismo color, con topos blancos; camisa negra y un pantalón beige, muy brillante, como de seda. Cogida de su brazo y sonriendo atentamente a los invitados, Martina lucía un traje verde de seda natural, ceñido y escotado, con apliques de tul en los hombros; la espalda al aire y su espléndida melena ligeramente recogida, aunque con un mechón rebelde cayéndole sobre el hombro derecho, como un toque de coquetería juvenil.

En cuanto el anfitrión ocupó su mesa, adornada con centros de flores naturales, se sirvió el banquete: salmón ahumado; pollo de corral en su jugo; suquet de rape al estilo del chef; sinfonía de langostinos de San Carlos; gambas de Arenys y, como colofón, media langosta de las Rías Bajas, por cabeza. En cuanto a los vinos, champán Raventós y albariño fresquito para empezar; y, a continuación, unos caldos de la Ribera del Duero. Acostumbrado al austero menú de cada día, el personal se centró en el magnífico regalo gastronómico con que la empresa los agasajaba, y al principio solo se escuchaba un leve murmullo en el ambiente; pero, una hora después, aumentó el tono de las conversaciones, se aflojaron los nudos de las corbatas y las chaquetas ocuparon el respaldo de las sillas.

Desconocedores de las artimañas aplicadas por Soriano y Velázquez, en la mesa que ocupaba el equipo del señor Bueno, se comentaban las últimas ventas realizadas por los dos; en especial, las parcelas que Soriano le endosó a la viuda y el truco del teléfono llevado a cabo con la ayuda de la señorita Claudia, que muy modosita solo hablaba con su jefe. Aunque el gallego no parecía feliz en exceso, todos felicitaban a Fariño por la gran operación que había cerrado con su jefe. Nada menos que diez parcelas; lo que significaba una comisión de casi medio millón de pesetas, al tratarse de una venta directa.

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