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“Los pinares de la sierra”, 79

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

3.- Gálvez, un cliente de cuidado.

Tras los cafés vinieron las copas y la amistosa charla entre personas honorables, en las que Gálvez había depositado su confianza y su dinero. El nuevo propietario estaba radiante de alegría. Feliz y relajado, les contó su primer destino como subinspector.

―Fue en el embalse de Riaño, en la provincia de León, cuyas obras habían comenzado cinco años antes. Me ordenaron actuar con mano dura, porque el proyecto de construcción del pantano dio lugar a numerosas movilizaciones y enfrentamientos entre los vecinos y las fuerzas del orden, siendo necesario, para la demolición de las casas, el desalojo por la fuerza de los residentes que se negaban a abandonarlas. Sabía que mi carrera dependía de culminar con éxito la misión y llegué a obsesionarme con los elementos subversivos de la comarca: gente de ETA y comunistas camuflados. Casi todas las semanas nos visitaba el Gobernador Civil y nos reuníamos en secreto con el alcalde, con el párroco del pueblo y con los jefes de las cuadrillas de trabajadores ―policías infiltrados, la mayoría―, para prevenir un posible atentado. Pese a todo y, aunque manteníamos rigurosamente vigilada la dinamita, una noche desaparecieron unos centenares de cartuchos. Aquello fue una maldición: se expedientó a los vigilantes, se detuvo a los sospechosos, y yo me encargué del interrogatorio en el cuartelillo.

Al llegar aquí se quitó las gafas, emocionado, sacó su pañuelo del bolsillo y se enjugó una lágrima. Daba la impresión de que no acabaría el relato, pero volvió a colocarse las gafas y siguió hablando.

―Fue una lástima. Aquel pobre muchacho no lo soportó; se trataba de un cura joven, recién salido del seminario. Un soñador, un revolucionario de esos que piensan que el mundo se salvará destruyendo todo lo que la civilización ha conseguido, después de tantos siglos de esfuerzo y de trabajo. Aunque sabíamos que era un agitador y que podía aportar datos sobre los hechos ocurridos, intenté que confesara por las buenas. Sabía también que era hijo de una respetable familia asturiana, y le hablé del disgusto que se llevarían sus padres si lo vieran en aquella situación; pero, aunque estaba temblando de miedo, no conseguí arrancarle una palabra. A la vista de que por las buenas no le haría cantar, le leí los informes que teníamos contra él, le mandé desnudarse, ordené a dos agentes que lo amarraran a una silla, y uno de ellos sacó su arma reglamentaria, se la puso en la sien y empezó la cuenta atrás: cinco, cuatro…, al llegar a cero, cargó la pistola, sonó un disparo y la cabeza del muchacho se desplomó sobre el pecho. No había sangre, ni heridas, porque las balas eran de fogueo; pero su corazón dejó de latir. El médico dijo que había sufrido un paro cardíaco a consecuencia del estrés. Fue terrible.

El señor Bueno y los demás le escuchaban, sin pestañear, a la espera de conocer el final de la historia.

―Aquel terrible accidente acabó con mi carrera. Al día siguiente, la prensa dijo que se había suicidado; a mí me trasladaron a la comisaría de Olot, y poco después pedí una excedencia voluntaria. Fue muy duro; aún sueño algunas noches con aquel pobre muchacho.

―En el fondo ―intervino la mujer de Gálvez por primera vez―, tuvo suerte de que lo echaran de la policía; si siguiera en el cuerpo, ganaría unas diez mil pesetas al mes.

―Doce mil quinientas setenta y cinco, exactamente ―afirmó Gálvez—.

―Tuvo la suerte de que robaran la dinamita ―continuó diciendo la señora―, que no se encontrara a los culpables y que, prácticamente, lo depuraran; o sea, que lo mandaran a Olot, que era como ponerlo de patitas en la calle.

Gálvez la miraba compungido y asentía con lentos movimientos de cabeza.

―Y como sabía que en Olot le harían la vida imposible ―continuó diciendo la señora―, se buscó otro trabajo, pidió una excedencia indefinida, y ahora es jefe de seguridad en una de las mejores discotecas y gana un montón de dinero, solo con hacer la vista gorda. ¿De dónde creen que ha salido el dinero para comprar el coche y las parcelas?

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