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“Los pinares de la sierra”, 75

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

4.- Una noche inolvidable.

El piso, tan animado casi siempre, a aquellas horas parecía deshabitado. Gracy cogió un vaso del mueble bar.

―¿Otro whisky?

―No sé, no sé. Te he dicho alguna vez que apenas bebo.

―Vamos, hombre, un día es un día. Le pondré mucho hielo. ¿De acuerdo?

―Como tú quieras, pero a medias. ¿Vale?

Gracy estaba preciosa aquella noche. Los ojos misteriosos con un brillo pícaro y burlón, los labios sensuales, la mirada serena y seductora, y el culo respingón y provocativo. Cuando terminamos el whisky, me cogió de la mano muy sonriente y me llevó a la habitación de Márisol; me mostró la cama de matrimonio y el baño incorporado, con la seguridad de que ya me tenía a punto para el sacrificio. Lo digo, porque quizás notó que empezaban a temblarme las piernas por la excitación.

―¿Quieres ir al lavabo? Hay loción y perfume para hombres. Los días que el Barça juega fuera de casa, a Pato le gusta afeitarse por las mañanas, después de la ducha.

―Gracias, yo estoy bien. Pasa tú si quieres.

―Entonces ya te puedes ir desnudando, que yo vuelvo enseguida.

Entró en el baño y, a los pocos minutos, apareció vestida como Liza Minelli en Cabaret: un sombrerito negro; un lazo de terciopelo, negro también, alrededor del cuello; una especie de bañador, que solo cubría la parte delantera de sus pechos; unas medias negras, que dejaban al descubierto la parte alta de los muslos; un liguero morado con un rosetón lateral, y unos zapatos de finísimo tacón. También se puso unas exageradas pestañas postizas, se maquilló el contorno de los ojos de un tono azul turquesa, se pintó un llamativo lunar negro en la mejilla, y los labios de un color rojo intenso, como de fuego. Me quedé de una pieza. Yo me senté en uno de los lados de la cama, sin más ropa que mis calzoncillos y una camiseta blanca, de manga corta, que estrenaba aquel día. No sabía si aplaudir o echar a correr. Dejó en penumbra la habitación, alzó el tono de voz como si fuera a presentar el espectáculo y empezó su actuación.

―Señoras y señores, ante ustedes una gran sensación internacional, recién llegada de Argentina: la encantadora, la inimitable, la excepcional artista… ¡Gracy!

Abrió los brazos, hizo un giro completo, dio unos pasos de baile por el dormitorio, cogió una de las sillas que había en la habitación, levantó la cabeza y me miró con un descaro tentador. Luego, con gran delicadeza, con evidente encanto y destacado oficio, colocó sensualmente su pie derecho sobre la silla, y retrasó el izquierdo ampliando el ángulo de aquellas piernas increíbles. Me guiñó un ojo con picardía, se mordió el labio inferior, pasó sus dedos por el borde de las medias, acariciando sus muslos con las dos manos, e inició unos rítmicos y voluptuosos movimientos, subiendo y bajando con suavidad, imitando a la protagonista de Cabaret, mientras cantaba en voz muy baja:

You have to understand the way. I am, mein herr.
A tiger is a tiger, not a lamb, mein herr.
You'll never turn the vinegar to jam, mein herr.

Aquello era demasiado para mí. Sus tentadores movimientos, el sutil y lascivo contoneo, su provocadora forma de cruzar las piernas… Cuando terminó la canción, se sentó en mi regazo, me besó sin prisas y me pidió que la ayudara a quitarse la ropa. Al cabo de unos instantes de torpes toqueteos, conseguí despojarla de la pieza superior de aquel exiguo traje de baile. No quería hablar, solo quería continuar gozando de aquellas deliciosas sensaciones que me transmitía el roce de su piel.

―¿Por qué te paras? ¿No quieres seguir?

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