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“Los pinares de la sierra”, 74

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

3.- Esperando el momento.

Hasta entonces, no me había planteado pasar con Gracy una noche entera; pero, a partir de entonces, la idea empezó a tomar cuerpo en mi interior y no podía pensar en otra cosa. Estaba decidido, y la ocasión se presentó el viernes siguiente, día catorce de diciembre. La llamé por la mañana y le dije que tenía ganas de verla.

―Te invito a cenar en Casa Darío.

―De acuerdo; nos vemos a las siete en el Seven Crown. ¿Vale?

Aunque no estaba muy seguro de lograrlo aquella misma noche, durante todo el día estuve pensando en el maravilloso momento que me aguardaba, y se me encendía la sangre con solo imaginarlo. Me duché sin prisas, me afeité con cuchilla, me eché un frasco de colonia por la cabeza, y me cambié de ropa interior, por si las moscas. A las siete menos cuarto, ya la estaba esperando nervioso, como un flan, y con un gin-tonic en la mano. Ella, en cambio, parecía tranquila y relajada. Cuando llegó me echó los brazos al cuello, me dio un beso sin las exageradas muestras de afecto a las que me tenía acostumbrado, pidió otro gin-tonic y encendió un cigarrillo.

Yo estaba en un dilema: no sabía si me convenía decirle que aquella noche quería quedarme con ella o era mejor dejar que las cosas discurrieran por su cauce, para no forzar la situación. El local estaba lleno de gente que reía, charlaba y se divertía. Los ligones, apoyados en la barra con el cubata en la mano, miraban a la puerta a la espera de que alguna chica les devolviera una sonrisa, para lanzarse al abordaje; las parejitas iniciaban sus escarceos amorosos en las mesitas del interior, y los pasotas se entretenían jugando a los dardos en una diana que había en la entrada, a mano derecha. No entendía que, después de haber pasado el día pensando en ella, solo se me ocurriera hablarle de su trabajo.

―Estarás contenta ¿no? Nada menos que primera actriz. ¡Enhorabuena!

―La verdad es que ya estaba harta de hacer de camarera, de secretaria traidora y estirada, o de vestirme de chacha con un minúsculo uniforme, para enseñarle las piernas al que hacía el papel de señorito.

Me siguió hablando del nuevo contrato que estaba negociando con la productora, de las condiciones económicas y de las nuevas exigencias que le imponían. Debió de ver, en mi cara, algo parecido a un ataque de celos, porque dijo soltando una carcajada.

―No te preocupes; en ese mundillo en el que yo me muevo, la mayoría son de la acera de enfrente. ¿Me entiendes?

En el restaurante, nos atendió Darío personalmente. En parte por el frío, y en parte, porque había oído decir que el marisco era un gran estimulante sexual, tanto para los hombres como para las mujeres, pedí una sopa de pescadores y una mariscada para los dos, con un albariño fresquito, levemente afrutado. Acostumbrados a los pobres menús a los que, tanto ella como yo, estábamos acostumbrados, aquella cena nos pareció un fantástico lujo gastronómico. Con especial deleite, saboreamos la bandeja de langostinos, almejitas, gambas, cigalas y un sabrosísimo centollo, de tamaño mediano. Y aún nos quedaron ánimos para ir a bailar rock and roll con la música de Los Brincos, que actuaban en Mario’s Arizona, aquella noche. Tras el alborotado frenesí roquero, entramos en una plácida fase de relajación y, cogidos amorosamente por la cintura, nos perdimos entre la acogedora oscuridad de los jardines hasta que, con el fin de culminar los jugueteos amorosos que habíamos iniciado, nos marchamos rumbo al Márisol Palace, a eso de la una y media de la mañana.

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