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“Los pinares de la sierra”, 64

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

4.-El encanto de Soriano para las viudas.

Tan esmerada selección de personajes, llenos de contrastada sensibilidad para con el prójimo, no tardó en dar sus frutos y, al poco tiempo de su incorporación, en Edén Park las ventas subieron como la espuma. Contra su costumbre, Velázquez y Claudia tuvieron que madrugar la mañana del domingo, para llegar a tiempo al reparto de fichas. Él vestía un pantalón oscuro, una camisa blanca resplandeciente, y una cazadora de piel con el cuello y los puños de punto. Y ella se había arreglado conforme requería la situación; un pantalón de pana beige, comprado en una boutique de la Diagonal; botas de ante de color marrón, y un jersey de cuello vuelto de color mandarina.

En cambio, a Soriano se lo encontró el señor Bueno, esperando en la acera con su traje azul marino y su corbata negra, cuando a las siete menos cuarto se dirigía a abrir la puerta del despacho. Poco a poco fueron llegando los demás, y a las siete en punto se repartieron las carpetas, se actualizaron los planos y se procedió al reparto de las fichas. A Velázquez y a Claudia les adjudicaron un matrimonio de mediana edad, que vivía en Nou Barris, y a Damián Soriano, tal y como él había solicitado, le reservaron la única viuda que visitaba la finca aquella mañana. Finalizada la reunión, los veteranos tomaron el ascensor, mirando a los nuevos por encima del hombro y, siguiendo la costumbre, entraron en el bar con sus bromas y sus bravatas en busca de una copita de coñac con hielo, para que la suerte les fuera favorable. Claudia y Velázquez tomaron café, apartados de los demás, en una esquina de la barra, y Soriano se quedó en la calle, junto al autocar.

Cuando salieron de Los Intocables, él y la viuda ya estaban instalados en la primera fila: ella en la ventanilla y Soriano a su lado, riendo y charlando como si se conocieran de toda la vida. Al ver a sus compañeros, cogió de la mano a la señora, la ayudó a bajar y se dirigió al jefe de ventas con las palabras aprendidas en el cursillo:

―Señor Bueno, le presento a María Luisa, que está interesada en conocer nuestra urbanización. Como ha sido la primera en llegar, me he permitido acomodarla en la primera fila. ¿Le parece bien?

Montones de veces les habían dicho que a los clientes había que tratarlos de usted; pero Soriano no era hombre al que las normas le agradaran en exceso. Terminada la presentación, cogió del brazo a María Luisa y le dijo:

―Vamos Mari, ya sabes las plazas que tenemos reservadas.

María Luisa Blázquez era una mujer voluminosa, de rostro sonrosado, rubia teñida, muy bien peinada, con el pelo corto, ensortijado y una abundante ración de laca. O sea, una gran señora en toda la extensión de la palabra. Era la propietaria de una peluquería unisex, aunque mayormente femenina, en el Paseo de Maragall a la altura de la calle Amílcar. De la mañana a la noche, paseaba su espléndida humanidad por el salón, esquivando los cachivaches del negocio y a las dos oficialas que colaboraban con ella en el embellecimiento de la clientela. Una de ellas, la más joven, era más bien esmirriada, y la otra algo mayor; pero, en presencia de la jefa, ni la una ni la otra abrían la boca.

Durante toda la semana y especialmente los viernes y los sábados, en “El salón de María Luisa” se reunía un variopinto público femenino, atraído por la simpatía y las curiosas historias que contaba la peluquera. Tenía en la pared una foto de Mario Cabré y se jactaba, ante sus parroquianas, de haber tenido un lío con el torero antes de conocer a su esposo, un juerguista, borrachín y jugador, que murió a consecuencia de la actividad sexual a que lo sometía el furor uterino de María Luisa.

Saltándose el protocolo aprendido en el cursillo, cuando volvieron a sus asientos, Soriano se acercó a la viuda, y susurró a su oído, con voz entrecortada.

―Mari, estás muy guapa.

Ella, pavoneándose, como una gallina clueca, y componiendo un gesto, pícaro y juguetón, replicó aparentando un sofoco inexistente.

―¡Ay, Damián, qué cosas se te ocurren!

Dam, llámame Dam, como la cerveza. Damián era el nombre de mi padre.

Muy complacida, María Luisa celebró la ocurrencia, y él le cogió la mano con ese afecto, limpio, natural y desprendido que surge a veces entre adolescentes.

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