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“Los pinares de la sierra”, 62

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

2.- El timo de las becas.

El otro candidato se llamaba Jaime Velázquez, un malagueño de unos cuarenta años, con garbo y talante militar. Desde el primer momento, fue objeto de la admiración de las chicas, tanto de las entrevistadoras como de su jefa, la imponente pelirroja, Martina Méler. Posiblemente, el éxito se debía a que nunca se le ocurrió tirarle los tejos a ninguna de ellas, porque le acompañaba la señorita Claudia, una muchacha de apenas veinte años, morena, de ojos grandes y avispados, y unos poderosos pechos, que se intuían bajo la blusa, habitualmente desabrochada.

Claudia gozaba de su absoluta confianza y ejercía importantes funciones como colaboradora de Velázquez. Desengañada de los presuntuosos muchachos de su edad, decidió unirse a aquel señor que podía ser su padre, pero que era sumamente agradable y generoso para con ella, tanto en las cuestiones laborales, como en el resto de asuntos personales, incluyendo los íntimos. Se rumoreaba que la pareja había tenido problemas con la justicia en su anterior ocupación: la venta de “becas” para el aprendizaje del idioma inglés. Pero, al parecer, todo se resolvió sin las lamentables consecuencias que, en cierto momento, Jaime y Claudia llegaron a temer.

La función empezaba visitando colegios y academias de barrio. Movido por el interés que los idiomas extranjeros, y especialmente el inglés, despertaban en la sociedad barcelonesa, a Velázquez, antiguo vendedor de máquinas de coser “a puerta fría”, se le ocurrió la idea de orquestar una campaña para promocionar unos casetes y cuadernillos, copiados, casi al pie de la letra, del famoso método Assimil. Con su desbordante imaginación y su experiencia en el trato con la gente, creía conocer lo que el público solicitaba y estaba convencido de que él se lo podía poner en bandeja.

Alquiló un despachito con telefonista, servicios comunes y sala de juntas en el número 69 del Paseo de Gracia, por siete mil pesetas al mes, y con los escasos conocimientos del Código Civil aprendidos de sus colegas, expertos en pufos parecidos, de la noche a la mañana montó aquel negocio con una marca sonora y rimbombante: “Catalonia school of english”, sin mayores gestiones ni diligencias legales.

El “modus estafandi” siempre era el mismo: la señorita Claudia, pulcramente vestida con una blusa de dos tallas más pequeñas que la suya, y una serie de papeles y documentos ―más falsos que los duros sevillanos―, pasaba por los colegios y academias de barrio, le pedía hora al director del centro, acreditaba que los cursos estaban aprobados por el Ministerio de Educación Nacional, y le obsequiaba con unas muestras del nuevo método, para que comprobara las innovaciones que el original sistema ofrecía con relación a sus competidores, sobre todo, respecto al anticuado método Assimil.

A continuación, abría el grifo de las promesas para despertar el interés: cintas y facsímiles de regalo, estancia de tres meses en Inglaterra para mejorar el acento ―con todos los gastos pagados―, y título oficial de la Cambrige school of english, para los que superaran los tres años del curso, que les habilitaba para ejercer como traductores oficiales. Un conjunto de detalles ―aseguraba Claudia― que estaba siendo muy bien acogido por los padres de los prestigiosos colegios, en los que ya se impartía el flamante método, como La Salle Bonanova o el San Ignacio. Una mentira que nadie iba a tomarse la molestia de comprobar.

Cuando ya tenía encandilado al director, en riguroso secreto, le ofrecía una respetable cantidad de dinero en efectivo si, como era de esperar, le permitía hacer la presentación ante los alumnos. Se despedía con mucha educación y entre los dos acordaban la fecha, para aplicar los cuestionarios (Claudia los llamaba tests) y evaluar la capacidad de aprendizaje de los escolares. Lo que la chica tenía mucho cuidado en no decir era que el objetivo de los tests no era otro que conseguir el nombre, el teléfono y el domicilio de los chicos, para pasar por el piso unos días más tarde, y comentar los resultados con sus padres. O sea, para venderles el método.

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