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“Los pinares de la sierra”, 61

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

CAPÍTULO X

1.- Damián Soriano, un tunante de leyenda.

Como siempre que se producía alguna baja en el equipo, hubo que poner un anuncio para sustituir a Roderas y Mercader. En esta ocasión, la selección resultó especialmente útil y provechosa, porque se incorporaron dos auténticas estrellas; o sea, dos embaucadores, con la cara más dura que el cemento. El mayor era Damián Soriano, un valenciano sin oficio ni beneficio, policía de pega, parásito de todo y trabajador de nada. Un día descubrió su especial encanto para las mujeres y, a base de labia y caradura, pasó cuatro años viviendo a costa de la alcaldesa de un pueblecito del litoral alicantino.

Aterrizó en una pensión de Las Ramblas con una maleta medio vacía; cuatro viejos libros de derecho, y un traje viejo y deslucido. Con unos ademanes correctos y elegantes, le dijo a la dueña de la pensión que venía a hacer unas oposiciones para ganar una plaza en el Juzgado de Instrucción de Valencia y, aunque con dudas, ella lo aceptó. Los primeros días pasaba las mañanas en la calle y, por las tardes, fingía que leía, que estudiaba y repasaba notas, para ganarse la confianza de la patrona. Pero a la semana, cuando ella le exigió el primer pago de la estancia, se descubrió el pastel y ella, que como buena catalana no le gustaba jugar con asuntos de dinero, le dio dos días de plazo para que encontrara un trabajo, bajo amenaza de denunciar el caso a la policía.

Debía de rondar los sesenta años y, a una hora lejos, se veía que era un tunante, un bohemio, un vividor sin un duro en el bolsillo. Se presentó en las oficinas de Edén Park con su traje azul marino oscuro, que le quedaba grande, cuajado de manchas; una camisa muy arrugada, que lavaba cada noche antes de ir a dormir, y la secaba en la ventana de la habitación; la corbata negra y los zapatos sucios, con agujeros en la suela, del tamaño de una moneda de cinco duros. Era más bien alto, delgado, con la piel ennegrecida por las horas pasadas a la intemperie en los bancos de Las Ramblas, en compañía de una botella de vino peleón. Cuando el señor Bueno le dijo que lo veía un poco mayor para desempeñar aquel trabajo, se echó a reír, con la astucia propia del mangante profesional, y le dijo que lo comprendía.

―Yo sé que Edén Park es una gran empresa promotora, y que usted piensa que no estoy a la altura. Tiene razón; estoy pasando una mala racha, pero no se preocupe. Usted me adjudica esos clientes que siempre sobran y que no le gustan a ningún vendedor. Las migajas. ¿Me comprende? Señores mayores, mujeres solteras, y sobre todo, viudas. A mí, las viudas se me dan de maravilla. ¿Qué le parece? Y si a las tres semanas no he vendido, me despide y en paz. Pero sepa, desde ahora, que no será necesario y que siempre agradeceré su benevolencia.

Ante semejante propuesta, el señor Bueno no supo qué contestar y, en un tono sencillo y convincente, Soriano le acabó de relatar su oferta.

―Y le voy a decir una cosa, señor Bueno: antes de un mes, no tendrá que darme ninguna ficha; ya me encargaré yo de buscar clientes con poder adquisitivo. Ya lo verá. Solo le pido que me conceda una oportunidad. Tres semanas a prueba. Solo eso.

En parte por lástima y en parte por la natural curiosidad de comprobar si era capaz de cumplir lo que decía y captar aquellos clientes de los que hablaba, tras unos minutos de entretenida charla, el señor Bueno le deseó toda la suerte del mundo.

―Entonces, ¿ya puedo contar con el trabajo?

―Sí, señor; esta semana haremos el cursillo y el próximo fin de semana debutará como vendedor.

Antes de dar la charla por terminada, Soriano se atrevió a pedirle un último favor.

―Aunque me imagino que está muy ocupado, ¿puede prestarme un minuto más?

―Por supuesto que sí ―respondió el señor Bueno, viéndole venir―; pero tengo que decirle que la empresa no hace anticipos a sus empleados.

―Eso me parece muy bien; yo jamás he pedido dinero prestado, sencillamente, porque no lo necesito. Simplemente le agradecería que me diera una tarjeta suya, para decirle a la patrona que ya tengo trabajo y, que si quiere, puede llamarle para comprobarlo. ¿Le parece bien? Ya sabe lo desconfiadas que son algunas mujeres.

El señor Bueno se echó a reír, recordando sus problemas familiares.

―Y, ¿tengo que escribir alguna cosa en la tarjeta?

―No, señor. Usted me da la tarjeta, yo se la enseño a la patrona, y con eso se quedará tranquila hasta fin de mes.

Asombrado ante la naturalidad de los planteamientos de Soriano, el jefe de ventas le entregó la tarjeta. Era un admirador de los bribones con poder de convicción y facilidad de palabra, y pensó que aquel Casanova en horas bajas, quizás había decidido reconducir su vida de conquistador y dejar de ser lo que era: un pícaro cervantino, un golfo acostumbrado a vivir del aire y a comer un par de veces por semana.

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