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“Los pinares de la sierra”, 58

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

3.- El “simpa” y la detención de los timadores.

El miércoles siguiente, cuando nos dirigíamos a la reunión semanal del equipo, vimos a Roderas y Mercader salir del edificio, custodiados por una pareja de la policía que, a empujones, les obligó a subir en la parte trasera de un furgón. «¿Qué pasará?», nos preguntamos Paco y yo. Acostumbrados a verlos tan seguros de sí mismos, nos extrañó que los llevaran esposados como dos delincuentes, y los metieran a empujones en el coche. La cosa debía de ser muy seria por la cara que hacían. Dudamos entre largarnos escopeteados o asistir a la reunión, para enterarnos de lo que ocurría. En esta ocasión, pudo menos el miedo que la curiosidad.

En la sala de ventas, encontramos a los compañeros con gesto serio, fumando como carreteros, mirándose de soslayo unos a otros y sin ganas de hablar; como si pensaran que en cualquier momento podían venir a por ellos. Paco, que siempre ha sido más imprudente que yo, preguntó sin preámbulos:

―¿Qué ocurre? ¿Van a cerrar la empresa? ¿Es verdad que la urbanización es una estafa? Yo siempre he tenido mis dudas, pero nunca pensé que llegaríamos a esto.

―No es lo que piensa, señor Aguilar ―respondió Bueno, muy molesto―. Si Edén Park no fuera absolutamente legal, tenga por seguro de que yo no estaría aquí, ni intentaría formarles como vendedores.

―Perdone, no quería decir eso.

Marc Arumí, el mejor comercial del trimestre, nos puso al corriente de las andanzas de la pareja que, según nos dijo, hacía años que no le daban un palo al agua y se habían acostumbrado a vivir del timo y el camelo. Subían a vender solo para justificar sus ingresos. La venta, para ellos, era una tapadera. Por ejemplo, eran unos maestros en comer en los mejores restaurantes de Barcelona y marcharse sin pagar.

―Pero no creáis que lo hicieron una vez ni dos ―afirmaba Arumí―, fuera por divertirse o por comer de gorra, era una constante en su comportamiento.

―Y, ¿cómo lo conseguían? ―le pregunté—.

―Muy fácil: desde una cabina telefónica hacían la reserva en un buen restaurante. A la hora acordada aparecía Roderas, elegía una buena mesa y pedía lo más caro de la carta, acompañado siempre de un vino especial. Mientras le servían sacaba del bolsillo un paquete de Chesterfield, encendía un cigarrillo con su Dupont de oro, lo dejaba sobre la mesa, junto al paquete y a un llavero muy llamativo con el anagrama de Mercedes Benz. Una hora más tarde, cuando Mercader calculaba que su compañero ya debía de estar tomando café, entraba en el restaurante y le entregaba al encargado una nota ―con muy cuidada caligrafía―, diciendo que la había cogido del parabrisas de un Mercedes negro, con matrícula de Madrid, que estaba en doble fila y le impedía salir del estacionamiento. La nota decía textualmente: «Estoy en el restaurante de la esquina. Si molesta, avisen al encargado». No había duda. Con suma discreción, el empleado le mostraba la nota a Roderas y éste se deshacía en disculpas, mientras recogía el llavero y el encendedor. Pero el tabaco lo dejaba sobre la mesa. Una vez en la calle, estaban a salvo y buscaban otro restaurante para que comiera Mercader, por el mismo precio. Nunca los acusaron, porque ningún juez se hubiera tomado en serio la denuncia, y ellos siguieron practicando el timo, siempre que estaban de buen humor o las necesidades apremiaban.

―Joder, qué tíos. Y ¿por qué dejaba el tabaco sobre la mesa? ―preguntó Paco—.

―Por dos razones ―contestó Arumí―: la primera, para dar la sensación de que pensaba volver; y la segunda, porque el paquete estaba vacío. ¿Cómo lo ves?

―¡Qué pasada! Oye, Javi, eso tenemos que practicarlo nosotros.

Y vivamente interesado en el asunto, Paco siguió con su interrogatorio.

―Vale, de acuerdo. Pero los trajes que llevaban eran muy caros y el Rolex de Roderas supongo que no es una falsificación. ¿De dónde, coño, sacaban el dinero?

―Esa es otra historia y no sé si al señor Bueno le parecerá bien que dediquemos la reunión a hablar de estos dos extravagantes personajes.

―Hombre, después de los buenos resultados de la última semana, no puedo negarme ―contestó—.

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