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“Los pinares de la sierra”, 56

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

IX

1.- Las malas artes.

Al llegar al despacho todos me felicitaron entusiasmados:

—¡Monstruo, que eres un monstruo! ¿Ves cómo tú vales para esto? ―me decía Paco, mientras estrechaba mi mano y me daba calurosas palmaditas en la espalda―.

Los únicos que no parecían alegrarse de mi éxito eran dos señores mayores, que siempre iban juntos y apenas se relacionaban con el resto: Roderas y Mercader. El primero aparentaba unos cincuenta años; era delgado, despierto y siempre iba correctamente vestido y afeitado. Por el aspecto y el acento parecía madrileño, pero no puedo asegurar que lo fuera. Nos trataba con escasa cordialidad y evitaba tener tratos con nosotros. Nadie sabía de dónde sacaba el dinero. Aunque solo vendía de cuando en cuando, vestía ropa de marca y lucía un Rolex en la muñeca. Mercader, en cambio, era más abierto; saludaba a todos y se movía por el despacho con gran desenvoltura y seguridad. Él y Roderas parecían los dueños de la empresa.

Pronto advertí algo raro en aquella pareja: en su conducta, en sus confidencias, en sus idas y venidas, en los aires que se daban. Por ejemplo, cuando vendía uno de los dos, no se encargaba de firmar el contrato el jefe de ventas, como era lo habitual, sino ellos mismos. Si el que había vendido era Mercader, éste esperaba a los compradores en la entrada, los trataba con extrema amabilidad y los pasaba a la sala para proceder a la firma. De no surgir dificultades, antes de despedir a los nuevos propietarios, llevaba el contrato a administración; allí verificaban que la dirección bancaria y las letras aceptadas estuvieran en orden, y problema resuelto. Pero si la familia se resistía a firmar, porque en la soledad de su hogar había comprendido que aquello era un locura y que su economía no estaba como para soñar con piscinas, chalés y campos de golf, entonces recurrían a métodos inconfesables, propios de timadores y mafiosos. En el caso de que el matrimonio se mostrara arrepentido por haber procedido con tanta ligereza, y le expusieran las razones que les impedía formalizar la compra, el que intentaba firmar la operación, pedía disculpas, decía que no estaba en su mano solucionar aquellos problemas, y que era mejor que hablaran con el letrado de la empresa.

Salía un momento del despacho y enseguida volvía escoltado por su compañero, que después de dar las buenas tardes, les entregaba una tarjeta de visita ―falsa, por supuesto―, en la que, bajo su nombre y apellidos: Eduardo Roderas Hidalgo, figuraba el título de Licenciado en Derecho. Con fingida cortesía, a base de prometer incalculables beneficios, y suavizando al máximo las condiciones de pago de la parcela, la mayoría firmaba, aunque a regañadientes. Pero si se obstinaban en anular la operación, Roderas echaba mano de un ejemplar del Código Civil que llevaba en el bolsillo, y les intimidaba objetando un supuesto incumplimiento de contrato, según artículos que se sacaba de la manga, y les recomendaba que se pusieran en manos de un buen equipo de abogados.

―Ustedes sabrán los que más les conviene: aceptar estas condiciones especiales que les propongo, o que sean los tribunales los que decidan.

Amedrentados por sus amenazas, muy pocos eran los que escapaban de sus garras. Por suerte para mí, aquella tarde todo les salió a pedir de boca; firmaron el contrato sin dificultades y poco antes de que aparecieran el señor Font y su cuñado ―el aragonés del milagro―, Roderas y Mercader se marcharon sin despedirse. Aquella pareja me tenía cada día más escamado, pero la llegada de mis clientes me substrajo de mis cavilaciones.

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