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“Los pinares de la sierra”, 31

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

4.- La más íntima aspiración del alma humana.

Le miramos con expresión confusa y, al ver la duda reflejada en nuestros ojos, nos contó una anécdota que, según él, le había ocurrido en uno de sus viajes por España.

―Imagínense la situación: tras una ruta de varios días, mi coche se estropeó de cierta gravedad al llegar a Madrid, y yo no disponía de efectivo para pagar la reparación. ¿Qué hubieran hecho ustedes?

Nadie se atrevió a contestar.

―Alguno pensará que lo indicado sería llamar a casa y pedir ayuda; pero imaginen que en casa no les pueden ayudar. Menuda angustia ¿no? Pues para mí no fue ningún problema: dejé el coche en un taller, me dirigí a una importante cadena de electrodomésticos, le conté al gerente la situación y le pedí que me facilitara unos catálogos publicitarios y un bloc de pedidos. ¿Saben qué sucedió? Que mientras me reparaban el coche vendí tres televisores y dos lavadoras. ¿Qué les parece? Cobré mis honorarios, pagué la reparación y regresé a Barcelona con dinero en el bolsillo.

Aunque no acabé de creerme aquella historieta tan infantil, me gustó su forma de contarla. Se me quedó mirando, y al ver que yo esbozaba una leve sonrisa, me preguntó:

─A ver, señor Aguilar, díganos en qué trabaja.

─Estudio Ciencias Empresariales y soy empleado de banca.

─Sí, señor; ahora lo recuerdo. Y ¿qué piensa hacer cuando termine la carrera?

─Al principio, trabajaré en lo que pueda, y más tarde haré una oposición.

─Para ser funcionario, supongo, ¿no?

─Sí, señor.

─Y usted cree que hacer anotaciones contables mañana y tarde ¿le hará feliz? ¿A ese trabajo rutinario quiere dedicar su vida? ¿Para eso ha estudiado una carrera de cinco años? Cuando apruebe la oposición, mejorará su sueldo, de acuerdo; pero a partir de entonces solo le subirán al año un insignificante porcentaje. No se engañe: el funcionario está condenado a una vida tediosa, llena de estrecheces, y a repasar papeles de la mañana a la noche. ¿Esas son sus aspiraciones? ¿No le parece mucho más enriquecedor viajar, hablar con la gente, conseguir objetivos, facilitar la compra de esas cosas con las que sueñan muchas personas durante toda su vida, ver la felicidad reflejada en sus rostros y ganar importantes sumas de dinero?

Realmente aquel hombre sabía muy bien qué teclas debía tocar para motivarnos.

─¿Ustedes saben por qué los buenos vendedores nunca están en paro?

Nadie abrió la boca.

─No hay empresa en el mundo ─por importante que sea─ que no necesite vender más, para ganar más. Reemplazar a un contable no es difícil, pero un buen vendedor es insustituible. Sin ventas no hay empresa. Cuando baja el volumen de negocio, no se puede pagar a los directivos, ni a los técnicos, ni a los trabajadores, y no queda más remedio que cerrar. En una palabra; sin comercio, no hay riqueza. Vender es bueno, no solo porque hace felices a los demás, sino también porque reporta grandes beneficios a la sociedad. Si alguno de ustedes quiere añadir alguna idea, puede hacerlo con absoluta tranquilidad.

Ninguno contestó.

─Para finalizar, y antes de estudiar los puntos del cursillo, quiero contarles una historieta para que comprendan cuál es la aspiración más íntima del alma humana.

Hubo un silencio y todos los ojos se clavaron en el instructor.

─Imaginen ustedes que una noche van paseando por el rompeolas y encuentran a un señor decidido a quitarse la vida. Van hacia él e intentan convencerlo de que no haga semejante disparate; pero les dice que lo han despedido del trabajo, que ha perdido la ilusión y que ya no puede hacer frente a las letras del piso, ni atender las necesidades de su familia. Lo hago por mi mujer y por mis hijos ─susurra el desdichado entre sollozos─; con el dinero del seguro, saldrán adelante hasta que los chicos puedan trabajar.

Angustiados ante la tragedia, le entregan su tarjeta de visita, le invitan a pasar por su oficina al día siguiente, le prometen trabajo y, para que deseche la idea del suicidio, le dan tres mil pesetas, como anticipo.

Al llegar a este punto, se detuvo y nos miró uno por uno.

─¿Quién puede decirme cuál sería la primera reacción de nuestro hombre?

Unos dijeron que se echaría a llorar emocionado, otros que le daría las gracias de corazón, otros que saltaría de alegría…, etc.

─Muy bien; es posible que hiciera todo eso que dicen; pero después, cuando estuviera solo con el dinero, ¿saben lo que haría?

A nadie se le ocurría una respuesta razonable.

─Es muy sencillo: entraría en la primera tienda que encontrara, compraría comida, alguna chuchería para los niños, y quizás una botella de buen vino. Luego, al llegar a casa se abrazaría a su esposa y a sus hijos, loco de contento, y les diría que había encontrado un buen trabajo. ¿De acuerdo? Pero no olviden que lo primero que hizo, al quedarse solo, fue “comprar”.

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