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“Los pinares de la sierra”, 26

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

6.- El compromiso.

La noche del reparto de premios, Arumí se empeñó en que fuéramos a un sitio que no conociéramos, y acabamos en una moderna boîte, junto a la plaza de Calvo Sotelo, que tiene una pista redonda giratoria, y una música exclusiva que traen nada menos que de París ―eso nos dijo el camarero que nos acompañó a la mesa―, aunque yo soy más del Dúo Dinámico: donde se ponga “Esos ojitos negros” o “Perdóname” que se quite Charles Aznavour. Oye, Javi, yo nunca había estado en un sitio como aquel, ni había pasado una noche de lujo y de derroche como aquella. Sentía envidia de los jóvenes de la alta sociedad, que podían beber y bailar hasta las cuatro de la mañana, porque no tenían que madrugar al día siguiente.

Mientras un camarero nos servía los combinados, le pregunté a Marc que cuánto nos iba a costar la fiesta y se echó a reír. Me enseñó las ciento cincuenta mil pesetas del premio, me dijo que tanto él como yo habíamos dejado de ser unos pobretones y que aquella juerga corría de su cuenta. Después del champán que bebimos en el reparto de premios, y los cubatas del Seven Crown, los combinados me pusieron como una moto; era una mezcla de whisky, menta y licor de naranja. Yo no sé cómo las chavalas lo aguantaban. Genny me cogió de la mano, me llevó a la pista con esa pícara coquetería que tienen las francesas, y cuando sonaron las lentas, se dedicó a darme cariñosos mordisquitos en la oreja. ¡Qué noche, tío! Cómo son las francesas. Me acordaba de Brigitte Bardot y de madame Bovary.

Dos ejemplos un poco diferentes, ¿no?

Te lo juro, tío; solo le falta ser del Barça.

No me digas que es del Español.

No; del Olimpic de Lyon; en eso sí que es un poco rara. En fin, quería decirte que salimos de allí a las cuatro de la mañana. Eso es vivir y lo demás son cuentos.

O sea, que mañana tampoco vas a trabajar. ¿Verdad que no?

Me miró y se echó a reír.

―Ya te he dicho que estoy pensando en dejar el colmado. Ese no es un trabajo para mí; si sigo vendiendo azúcar, café y sardinas en escabeche, no podré salir de noche, ni conocer a chicas como Genny, ni pasar momentos como aquel. También tú deberías pensarlo.

―Y ¿qué me aconsejas? ¿Dejar el trabajo en el banco y ponerme a vender terrenos con un trilero?

―No; yo solo digo que si quieres prosperar tienes que arriesgarte. ¿Vale?

―Sí, hombre, sí. Arriesgarme a ser un granuja, a ganar el dinero engañando a la gente, a llevar una vida desordenada, a ir hoy de millonario y mañana sin un céntimo en el bolsillo. ¿A eso me tengo que arriesgar? Paco, no me jodas.

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