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“Los pinares de la sierra”, 23

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

3.- Futuro imperfecto.

Eran casi las doce de la mañana. No me atrevía a preguntarle que cómo estaba tan bien arreglado a aquellas horas, aunque me imaginaba lo que ocurría.

―Paco, ¿has pedido permiso en el trabajo? Lo digo, porque ya es casi mediodía.

―No te preocupes. Me he pasado esta mañana por el colmado y le he dicho a mi jefe que no me encontraba muy bien y que iba al médico de urgencias.

―Pues no tienes mal aspecto.

―Hombre, tampoco le he dicho que me ha atropellado un autobús urbano; sino que tenía unas décimas de fiebre y un insoportable malestar.

―¡Cómo te pasas! Acabarán echándote a la calle.

―Eso si yo no me despido antes. ¿Sabes una cosa? Estoy empezando a cansarme del colmado. Por las cuatro pesetas que me pagan, tengo que levantarme a las seis de la mañana, y pasarme el día vestido con el mandilón azul, que huele a sardinas en escabeche. No sé si duraré mucho allí.

Noté que tenía ganas de hablar. Necesitaba justificarse por dejar el trabajo en el colmado y había pensado en mí. Estaba claro que no tardaría en buscar una excusa para dedicarse a la venta de terrenos, que era una ocupación menos segura, pero mucho más rentable y divertida. Mientras hablábamos, se formó una cola de seis o siete personas ante el mostrador y, al ver a los clientes esperando, apareció el señor Manubens con su sonrisa sarcástica y sus empalagosos modales para cortar de raíz la situación.

―¿Tienen para mucho tiempo, jovencitos? Señor Aguilar, ya sabe que estoy a su entera disposición. ¿Puedo ayudarle en algo?

―No señor, muchas gracias. Ya hemos terminado.

Quedamos en vernos aquella misma tarde en “Los Intocables”, una tasca que había muy cerca de las oficinas de la promotora. Mientras atendía a los clientes, como un autómata, desde mi sitio en el mostrador, pensaba en lo que Paco había estado a punto de decirme. ¿Cómo podía confiar en un trabajo esporádico, a comisión, sin seguridad social, sin contrato ni las mínimas prestaciones legales? Había perdido la cabeza. Pensé que lo malo de tener varios empleos es que siempre hay uno que nos atrae más que los demás, y a él nos dedicamos con mayor ilusión. En ese error tan humano estaba a punto de sucumbir, y por eso no le importaba abandonar la tienda de ultramarinos. Empezaba a considerar que su trabajo en el colmado era un complemento, los estudios un lujo innecesario y la venta de parcelas una actividad a la que pensaba dedicarse en alma y vida. Pensaba que con el sueldo del colmado no se haría millonario; y que como economista solo podía aspirar a quemar su juventud trabajando en una empresa familiar para conseguir, al cabo de los años, un puesto mejor remunerado. En cambio, la venta de terrenos le ofrecía un horizonte insospechado para sus ambiciones juveniles.

En aquel tiempo, podías comprar un pequeño apartamento cerca de la playa, por unas trescientas mil pesetas; una cifra al alcance de sus posibilidades. Solo necesitaba olvidar sus escasos escrúpulos de conciencia, y lanzarse a la aventura de la venta con todos los recursos, lícitos o no, siempre que no comprometieran su seguridad.

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