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Cada uno va a la suya, menos yo que voy a la mía

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

Cuando los políticos de izquierdas dicen que en España hay mucha gente que lo pasa mal, llevan razón; y cuando los de derechas les responden que cuando ellos gobernaban estuvimos a punto de ser intervenidos, también. Es lógico, en consecuencia, que ante afirmaciones tan opuestas, la gente ande algo despistada, porque yo también lo estaba hasta que descubrí que los políticos van a la suya: y cuando digo “a la suya” me refiero “a la suya”, que es muy diferente de lo que nos interesa a los demás.

Abre uno el móvil, mientras desayuna, para saber por la prensa “on-line” cómo van las cosas, y se entera de que alguien muy responsable ha declarado en Úbeda que España es una nación indivisible y que autorizar el referéndum, que pretenden llevar a cabo los independentistas catalanes, sería una barbaridad que acarrearía lamentables consecuencias para todos. Acaba la crónica diciendo que el público asistente aplaudió satisfecho, y acabó en el club Diana tomando unas cañas y comentando las palabras de tan elocuente personaje.

Cuatro días más tarde, mientras le echamos aceite al pan tostado, nos enteramos de que ese mismo sujeto, al que los ubetenses aplaudieron por su buen juicio, ha declarado en San Cugat del Vallés, que “España es una nación de naciones”; que el “derecho a decidir” es una loable demanda del pueblo catalán, y que, si lo votan a él, ya pueden ir encargando las urnas para celebrar el referéndum. ¿Les suena? Y si alguien insinúa que tiene la cara como el cemento, el pájaro se deshace en vaguedades, dice que no han captado el sentido de sus palabras y se queda tan telendo, repartiendo sonrisas como Richard Ghere.

A pesar de todo, yo creo que la mayoría de los políticos son buenos, honrados y generosos. Posiblemente, una de estas personas ejemplares, que consagraron su vida a la política, fue don Leopoldo Calvo Sotelo, a quien conocí al final de los ochenta. Pasó por la presidencia del gobierno sin hacer ruido, pero dejando constancia de su amor a España, y de ser un hombre honrado, recto y trabajador.

Faltaban solo unos años para que se celebraran las Olimpiadas de 1992 en Barcelona. Una mañana, apareció por mi oficina un antiguo alumno, que quería vender su piso de la calle Brasil, y se extrañó de verme por allí, hasta que nos pusimos a hablar y me dijo que una multinacional extranjera pensaba abrir una filial en Barcelona y buscaban un director general.

Si te animas, mañana mismo te los presento.

Pero, es que llevo aquí casi ocho años y no me parece bien marcharme de la noche a la mañana respondí—.

Tú sabrás lo que haces; pero, si no estás ganando cien millones de pesetas al año, estás perdiendo el tiempo.

Pensé que con la décima parte me conformaba y me dejé engatusar. Al día siguiente comí con un sueco, que no hablaba ni palabra de español, y mitad en francés y mitad por señas, como los indios, acepté el cargo. La oficina estaba en la Diagonal; era un sótano cutre y mal ventilado, aunque cerca de importantes empresas; y la plantilla constaba de una telefonista, un contable y yo. ¡Ya podéis imaginar la magnitud de la compañía! Las directrices las marcaban el sueco, un político muy conocido y mi antiguo alumno, aunque ninguno de ellos aparecía por allí.

Pero lo bueno viene ahora. En el bar de la esquina, en donde pasaba más tiempo que en el despacho, coincidí una mañana con don Leopoldo Calvo Sotelo, el que fue presidente del Gobierno hasta diciembre de 1982. Me acerqué a saludarle, lo felicité por la publicación de su libro “Memoria viva de la transición” y, muy atento, me preguntó que a qué me dedicaba. Aparentando no darle importancia al asunto, saqué una tarjeta de visita, se la entregué, y ya os podéis imaginar la cara que puso cuando leyó: IBERTOWN ESPAÑA S.A. Dionisio Rodríguez Mejías DIRECTOR GENERAL.

Debió pensar que acababa de conocer a un importante personaje, y estuvimos un rato en agradable charla. Os juro que no exagero. Pero aquel santo, del que nadie ha podido decir nada, y si alguien lo dijera serían mentiras, era humano y, como tal, también iba un poco “a la suya”. Cuando nos despedimos, me dijo que uno de sus hijos buscaba empleo y me pidió que tuviera la atención de recibirlo. No me atreví a contarle la verdad y me tiré el “vacile”.

Por supuesto, presidente; será un placer.

―Pues muchas gracias; seguiremos en contacto.

De sobras sabía yo que cuando se informara de que Ibertown España era un pufo especulativo, se guardaría mucho de mandarme a su hijo. Pero en el caso de que lo hubiera hecho, no me habría encontrado, porque, cuando se hicieron dos operaciones de varios miles de millones, el sueco se largó a Montecarlo con la pasta, mi alumno desapareció de Barcelona con su parte, y el político siguió medrando hasta ocupar un cargo de relieve. A la vista de que allí cada uno iba a la suya, yo también fui a la mía: me busqué otro trabajo y me marché antes de que un juzgado de Barcelona emitiera una orden de busca contra el sueco.

En conclusión: tanto los buenos políticos que son la mayoría, como los otros que son muchos menos, van a la suya. Lo aviso para que no nos engañen y también vayamos a la nuestra, aunque se pongan muy serios cuando prometan cosas imposibles. Claro, que si les entrara la risa, la gente empezaría a desconfiar y tendrían que cerrar el chiringuito.

Barcelona, 5 de mayo de 2017.

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