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Los estertores

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

Es grotesco. Es grotesco verles aplaudir con la sonrisa forzada y el miedo reflejado en el rostro, tratando de ocultar la evidencia y de rebatir lo que todos sabemos, desde hace tiempo. Con ello solo consiguen hacer más estrafalarias sus mentiras, aumentar el descrédito de su partido y ponerse en ridículo ante una sociedad que les creyó, y a la que le pagaron esquilmando empresas, personas e instituciones.

Si tuvieran un mínimo de decencia, se sentarían en el banquillo con humildad, y acatarían sumisamente sus condenas; pero, como no la tienen, somos nosotros los que estamos obligados a sentir vergüenza ajena, y a sufrir el bochorno que ellos no sienten.

Son los últimos estertores de un partido que, desnortado por el vértigo de su propia corrupción, ha perdido el favor de la mayoría y se ha dejado hasta el nombre en el camino. Causa sonrojo comprobar su desfachatez, al acusar al Estado al que juraron o prometieron servir con lealtad y rectitud nada menos que de quererlos destruir. Da pena ver cómo desfilan por Madrid en esperpéntica procesión, cantando los himnos de una tierra de la que se han servido para medrar y enriquecerse, sin el menor pudor. Siento rabia cuando los oigo decir con voz campanuda y engolada esa burda sarta de insensateces infantiles, con las que pretenden justificar sus actuaciones.

Porque junto al trágico caso del tres por ciento, está el cómico del “Referéndum de la señorita Pepis” con las urnas de cartón. ¿Cómo no se les caerá la cara al suelo, cuando dicen que no tenían constancia de que se trataba de un acto ilegal? ¿Cómo tendrán la poca vergüenza de decir, que ellos no tuvieron nada que ver en aquella charlotada, y que todo fue un acto, libre y espontáneo, obra de unos voluntarios incontrolados? ¿No se darán cuenta de que insultan a las personas y a sus inteligencias?

Es la típica conducta del delincuente que se empeña en convencer al policía, que acaba de detenerlo, de que el blanco es negro y el negro blanco. Un esfuerzo inútil e infantil, que solo sirve para sembrar el odio y la división en una sociedad, que ha trabajado infatigablemente, para que ellos pudieran vivir como los reyezuelos de su satrapía. Son los últimos estertores de un partido ahogado en sus propias mentiras, en su inútil afán de sostener a sus ídolos caídos.

Y, por si todo esto fuera poco, aún tienen la insolencia de amenazar a la sociedad, y de decir que, si algún día contaran lo que saben, caería el Estado de las Autonomías. Pues que lo hagan, hombre: que no se corten y tiren de la manta. Posiblemente a mucha gente no le importaría lo más mínimo que se cerraran los diecisiete chiringuitos autonómicos, para volver a las Diputaciones Provinciales. Es muy probable que esa solución nos saldría mucho más barata, nos ahorraríamos el sueldo de tanto vividor y, quizás, hasta tendríamos dinero para asegurar las pensiones de los jubilados.

Barcelona, 27 de febrero de 2017.

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