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Orgullos

Por Jesús Ferrer Criado.

Desde el momento en que valoramos la modestia, la humildad, la discreción…, como cualidades que hacen más agradable el trato humano, estamos calificando el orgullo como algo incómodo que dificulta las relaciones personales y que es un peldaño hacia la desconsideración, el desprecio e incluso la violencia.

El orgulloso te hace de menos, te quiere hacer inferior a él y pretende humillarte. O sea, manifiesta implícitamente que tú no estás a su altura.

Oímos ‑soportamos‑ que alguien presuma de su lugar de nacimiento como si fuera mérito propio, cuando es algo totalmente pasivo, algo que te ocurre por mero azar. Y es que, en español, nacer es un verbo activo. Decimos yo nací, como yo comí o yo trabajé. A veces se emplea, casi siempre en tercera persona, fulanito vino al mundo, como si fuera un acto voluntario y autónomo.

En inglés, por el contrario, el verbo nacer es pasivo, to be born, o sea, ser nacido. Algo de lo que eres sujeto pasivo; de modo que los ingleses no entienden que, al nacer, ellos hicieran algo, sino que les ocurrió algo cuya autoría corresponde a sus progenitores.

Quiero con esto explicar mi estupor cuando oigo a los de aquí y a los de más allá hablar con orgullo de su lugar de nacimiento, no sólo como si lo hubieran elegido personalmente antes de asomar la cabeza en el paritorio, sino como si antes se hubieran documentado concienzudamente y, tras profundas deliberaciones, hubieran elegido precisamente ese sitio. En realidad, parecen orgullosos de su buen criterio al nacer (?).

Realmente, el orgullo sólo es comprensible cuando lo es de algo que, sin serte dado, porque sí, surge de metas que has alcanzado con tu esfuerzo.

Uno puede y debe estar contento de haber nacido en Sevilla, porque es una ciudad bonita, histórica, famosa y divertida; pero hay que dejar el orgullo para otras situaciones; por ejemplo, pertenecer a la Real Academia, o ganar el premio Planeta, que es algo menos divertido, pero que se consigue por ciertos méritos que pocos poseen. No se entiende que alguien esté orgulloso de que le haya tocado el gordo de Navidad. Estará contentísimo, eso sí.

No entiendo tampoco el orgullo de ser fan de determinado club deportivo o de determinado grupo musical, por muy brillantes que sean. Tú eres como el sello de un valioso paquete postal. Te has adherido a él, pero tu valor propio es muy escaso.

La Academia define orgullo como: arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia, que a veces es disimulable por nacer de causas nobles y virtuosas.

¿Qué hice yo para que el equipo de fútbol de España fuera campeón del mundo en 2008? Exactamente lo mismo, para que Neil Amstrong llegara a la Luna en 1969. Nada. Él y todos los técnicos que colaboraron en aquella hazaña sí que pueden y deben estar orgullosos, porque fue difícil y meritoria. Yo los vi por televisión y, en ambos casos, sentí satisfacción y alegría.

En nuestras trayectorias individuales, seguro que hay razones para el orgullo, como también hay hechos que preferiríamos olvidar. Seguramente Neil Amstrong los tiene también.

Fuera de lo que es mérito, esfuerzo, aplicación y, en definitiva trabajo, yo diría que el orgullo en sí es casi siempre algo ridículo.

Hubo una época en que muchos lucían en el coche entusiastas letreros sobre su lugar de origen: “De Pinganillos del Monte, casi ”. Yo diría que totalmente .

Siempre hay un sinónimo que aporta un matiz aclaratorio y, en este caso, lo encuentro en la palabra engreimiento. Hay otros más: pavoneo, ostentación…

El orgullo de ser algo tiene una parte desafiante, que puede llegar, incluso, al avasallamiento del oyente.

Si yo digo que estoy orgulloso de ser español, estoy declarando que mi nacionalidad es preferible a otra, que mi historia es más ilustre, que mi país es más poderoso, etc. Se dice esto delante de quien no lo es o de quien, siéndolo, no siente tanto entusiasmo por su patria. Una cosa es amar a tu país y otra despreciar los de los demás.

Suele decirse que el nacionalismo se cura viajando y yo lo certifico totalmente, siempre que la enfermedad no sea ya terminal, como es el caso de muchísima gente en algunas partes de España.

Pero lo que decimos del nacionalismo, que es un orgullo tonto, a no ser que el sujeto en cuestión haya contribuido destacadamente con su trabajo a la mejora de su país o de su ciudad, vale para casi todos los orgullos.

Me viene a la cabeza, por su propia relevancia como celebración apoteósica y callejera, lo del orgullo gay, el cual, como digo, sólo sería comprensible si esa situación se hubiera alcanzado gracias al esfuerzo personal del individuo en cuestión.

Pero si la homosexualidad le ha caído encima, sin decisión propia, o incluso en contra de su voluntad, como ocurre en tantos casos, no veo de qué está orgulloso.

En el lado opuesto, y por la misma razón, despreciar a alguien por su color, su raza o su nacionalidad no tiene sentido alguno, a no ser que esa condición conlleve conductas y actitudes objetivamente despreciables, adoptadas voluntariamente por el individuo.

No es un secreto la enorme importancia, muchas veces decisiva, que tiene la suerte y los imponderables en el devenir de nuestra vida. El oficio que ejercemos, la pareja con la que vivimos, nuestra situación económica, nuestra salud, nuestro nacimiento, nuestra muerte…, y casi todo, podría haber sido de otra manera si se hubiera dado algún pequeño cambio, que no ocurrió. ¡Qué hubiera sido nuestra vida si, en aquel sorteo de Navidad, hubieran salido otros números!

Algunos han sobrevivido hasta la centena y están orgullosos, porque lo atribuyen a sus sanas costumbres, como si las víctimas de guerras, de accidentes aéreos o de terremotos hubieran fallecido por sus malos hábitos.

Hay muchas personas demasiado propensas al orgullo. Están siempre dispuestas a aplaudirse a sí mismas, simplemente por estar vivas, aunque tal hecho no tenga utilidad alguna para nadie; aunque su existencia sea de una inanidad absoluta.

La soberbia, la vanidad y la pereza intelectual de no reflexionar seriamente sobre los propios méritos, comparándolos con los de otros, supuestamente inferiores, son los pecados capitales en los que tan frecuentemente caemos todos.

Por si fuera poco, ahí está el “Libro Guinness de los récords” para alimentar a esa clase de fantasmas que presumirán de su relación con alguno de ellos.

Hacernos un selfie con el famoso, poner nuestro nombre sobre una pared pública, imprecar por la calle a un personaje famoso que se dirige a un juzgado, en fin, el afán de notoriedad también tiene que ver con el orgullo y con su adyacente estupidez.

Mi máximo respeto será para quien hace bien su trabajo, aportando a la sociedad bienes y servicios que la mejoren, que la hagan prosperar o que le den prestigio. Si es así, pueden y deben sentirse orgullosos, aunque frecuentemente vemos que éstos son los más humildes.

Otros, en cambio, están orgullosos de vivir sin dar golpe. Están orgullosos de su buena suerte y de darse la gran vida. Son como garrapatas que presumieran de haber caído sobre un perro rollizo.

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