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Mis ángeles de la guarda

Por Fernando Sánchez Resa.

¿Qué sería de mi aburrida vida de jubilado sin la compañía constante, trepidante y gratificadora de mis dos nietos sevillanos (Abel y Saúl) que, cual mis mejores ángeles de la guarda -y, en pareja, como la Guardia Civil española- me acompañan y guían diaria y sanamente por estos vericuetos de Dios?

Ambos son los que me dan auténtica vida en la que simplemente, con sus preciosas caritas y presencia, alegran mi cotidiano vivir y la colorean de tiernos y acendrados sentimientos y emociones. Como se suele decir vulgarmente: se me abren las carnes, nada más verlos y besarlos, cada mañana.

El pequeño (Saúl), que hace poco cumplió sus tres primeros meses de vida, nada más mirarme y sonreírme, me insufla una energía vital auténtica, interaccionando conmigo -tan pequeño- con sus vivarachos ojos y balbuceos más tiernos y espontáneos; ya que quiere hablar conmigo y contarme sus cosas, sus vivencias, sus amores más importantes como son sus padres y hermano, teniendo especial predilección (como es lógico) por su madre que le da el pecho y la leche materna, siendo su savia vivificadora para crecer tan prodigiosamente -como lo hace cada jornada- en cuerpo y alma. Es un dechado de niño, más morenito que su hermano Abel, diferente en muchos aspectos, pero similar en otros muchos, pues se parecen más que si fuesen hermanos. Saúl ya sabe más que Lepe siendo tan pequeño, porque te sonríe o llora -tibia o fieramente- para que lo cojas y acunes entre tus brazos, cual tesoro humano nunca antes poseído.

Abel es otro encanto de niño, a sus cuatro años recién cumplidos, en los que ha aprendido rápido desde que entró en su cole, puesto que ya sabe colorear y garabatear de maravilla (coge el lápiz o los colores con una soltura pasmosa). También sabe escribir su nombre y el de sus padres, hermano y abuelitos, con letras mayúsculas (ya conoce casi todas las letras del abecedario), que es como ahora se empieza la enseñanza de la escritura de la lengua castellana en su colegio. Siempre quedo admirado de sus múltiples avances: ha aprendido también a contar -sin equivocarse- por encima del veinte (incluso algunos números y palabras ya los repite en francés, con su hablar tan gracioso que está para comérselo). Sabe llegar a casa de la abuelita (como él la llama) y pedir el regalo de tocholate que corresponda y llevarse regalos, especialmente alimenticios, como fruta y similares, para luego disfrutarlos en su propia casa, pues tiene la convicción de que su posesión, ya en casa propia, es el culmen de todo lo ansiado.

La otra noche, cuando lo dormía, contándole el cuento de Batman, que en realidad era Abel, disfrazado del traje que le iban a regalar los abuelitos por su santo al día siguiente, me cogía de la mano para conciliar bien el sueño, rectificándome lo que él creía conveniente. ¡Será una estampa irrepetible, entrañable y tierna que nunca podré olvidar!

Así podría estar contando anécdotas durante mucho tiempo y espacio, como cuando llego por él a Kindermundi y grita alborozado «¡Abuelito!», dándome un beso y un abrazo impresionantes. Yo, a cambio, le llevo un combinado de fruta -que no se la salta un galgo- y, mientras se lo va comiendo, me va contando sus sabrosas historias escolares diarias, (si se le tercia, claro; si no, no), disfrutando  ambos como enanos en el país de sus maravillas.

Se ve que lo mío es “abuelitis” crónica y que no tiene más cura que abrazos y besos de mis queridos nietos, que me lo muestran y verbalizan a su manera, inocentemente. ¡Qué edades más bonitas para ser feliz con el cariño que les circunda, tan difícil de repetir en otras etapas de la vida, a no ser en la vejez y en la abuelidad en la que me encuentro!

Podría contar también los trepidantes viajes imaginarios que hago con mi Abel querido, tanto a Úbeda, sin moverme del piso de Sevilla, simplemente marchando en su compañía hacia nuestro dormitorio conyugal, eso sí cargados del equipaje de juego que él quiere y precisa; como a Torre del Mar, que está en nuestro salón sevillano, siempre con maletaje moderado, pertrechados ambos de juguetes, especialmente necesarios para seguir la turné y divertirnos; -sobre todo él- con esa gracia y figura que le caracterizan. ¡Ah!, y lo mejor de todo, los realizamos a pie, sin vehículo motorizado que pueda causarnos problemas o caravanas innecesarias…

Con mi nieto mayor es una delicia jugar al lobo o al escondite. No hay nada más que ver su cara y oír sus agudas frases para encontrarte en el mismísimo cielo de los abuelos. Como ha llegado su cumpleaños, su día y la esperada Navidad, su casa se ha poblado de regalos para ambos hermanos, aunque Abel sea el administrador oficial de todos ellos, hasta que Saúl tenga un poco de más edad en la que habrán de compartir todos los juegos y estancias de su piso o del nuestro, que también es de ellos, lógicamente. Todos los juegos y performances hacen la delicia de Abel que no se cansa de jugar y no quiere irse a su casa tan fácilmente como su hermano Saúl, que le gusta marcharse con su mamá a su cama prontico, para dormir y recibir  -a demanda o destajo- la leche y el contacto humano, que le da la vida y su buen aspecto y color de cara, ya que parece un muñeco de carne y hueso haciendo ojo allá por donde va, por esas céntricas calles sevillanas en las que el nacional y  el forastero o extranjero -más féminas que varones- se hacen eco verbal de su admiración. El otro día, sin ir más lejos, una extranjera que apenas balbuceaba el español supo decirme, casi deletreándolo o silabeándolo, lo siguiente: ¡Es-te ni-ño es el más gu-a-po que he vis-to en to-da mi vi-da…! Yo, como abuelo interesado, como ustedes podrán comprender, no cabía en mi pellejo.

Los abuelos responsables siempre estamos y estaremos  ayudando, complementando y reforzando la labor educativa que precisan nuestros nietos, sin pedir nada a cambio. Con sus besos, sus miradas y sus desinteresados cariños y abrazos nos sentimos inmensamente pagados  y agradecidos. Las mil y una anécdotas graciosas y sabrosas -que, por supuesto, no caben en este ni en otros cien artículos- siempre las guardaremos en nuestra frágil memoria, cual emoción candente indeleble.

¡La semilla de amor que le entregamos los abuelos a nuestros nietos siempre la llevarán consigo; y seguro que fructificará positivamente conforme vayan creciendo y madurando!

Sevilla, 29 de diciembre de 2019.

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