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Vicisitudes de la vejez, 16

Por Fernando Sánchez Resa.

Ya en casa, una vez más descansada y tranquila, habiendo tomado posesión de todos mis enseres materiales (de los que cada vez paso más, aunque alguien piense lo contrario) y cual niño que vuelve de un internado largo, retomo mis recuerdos más antiguos y queridos, los que dan mimbre a mi ser y constituyen (en el momento en que me encuentro) la urdimbre de mi vivir prestado (no me llamaré a engaño); enlazando todo lo que he sido (y soy) y el poco tiempo que me queda de existencia; pues estoy en los brazos de Dios hasta que Él quiera llevarme a su santa morada, en la que espero saludar, besar y abrazar a mis padres, hermanos, amigos, familiares, etc., para permanecer con ellos la vida eterna, sabiendo que ya no habrá posible contagio de ningún coronavirus, ni nada que se le parezca. ¡Qué corta me parecerá allí mi existencia terrenal, aunque aquí sea de casi un siglo…!

He pasado por distintos estados de esperanza y desasosiego sobre el inexorable y crudo tema de la muerte, hasta que he llegado a mi última conclusión: será un tránsito, que pido al Sumo Hacedor me sea lo menos duro posible; pues -aunque soy cristiana- me puede mucho el dolor y no me gustaría pasar por ese alienante “huerto de los olivos”, que todo ser humano ha de transitar para salir de este mundo nuestro; aunque ya no tengamos los católicos -en general- ni yo, en particular, esa creencia medieval de que cuanto más se sufra personalmente, más cacho de cielo acumulamos o más aliviados nos vamos a sentir al salir de este valle de lágrimas…

Un inciso: no obstante, ¡qué a gusto me encuentro en mi hogar!; como decía aquél «aunque fuese debajo de un puente…»; que no es mi caso, ciertamente.

He de referir aquí que -al final- no estoy contenta del todo (como nos suele pasar a la generalidad de los seres humanos), pues las muchachas que me sirven no hacen su labor como a mí me gustaría, aunque sé lo bien que se les paga; pero noto que, cuando no están mis hijos, me tratan de manera más agria, como si fuese una vieja chocha, y sin que yo no me diese cuenta de todo. Piensan que, porque tengo muchos años, soy tonta o imbécil, aunque algunas veces tenga una que hacérselo; tengo que reconocerlo aquí, en petit comité… Y lo peor es que se lo comunico a mis hijos, hasta delante de ellas, y ellos no me dan la razón, sino que sonríen o me salen con sus respuestas por los “Cerros de Úbeda”.

No me riegan las macetas como yo les mando y toda la vida de Dios se ha hecho; las veo más atentas al móvil y a los dichosos mensajes de WhatsApp o vídeos que a mi persona, con lo que me gusta que me hablen y tener una conversación productiva. Yo siempre he sido una mujer comunicativa -que no parlanchina- que le ha gustado hablar de todo, especialmente de la casa, de la crianza de mis hijos, de mis avatares cotidianos, de las enfermedades de mi familia, del suculento anecdotario que tanto mi familia (paterna como materna) posee; y, especialmente, de la familia y el hogar que yo fundé con tanto amor e ilusión, hace ya tanto años. De lo que apenas hablo es de política, tan vana y fútil…

Tengo tanto material literario acumulado en mi memoria, que podrían hacerse varios tomos -extensos y sabrosos- para conocimiento y disfrute de mis descendientes y futuras generaciones, así como de cualquier lector curioso y avispado. Lo que pasa es que hay que tener tiempo y sabiduría, cosas que actualmente yo no tengo, ni voy a poseer nunca…

Mas tengo una nieta muy apañada (y que es un portento, como persona inteligente y bondadosa), pues le gusta investigar sobre la genealogía de nuestra familia y estoy segura de que los hará, ya que me ha estado preguntando y anotando, en múltiples ocasiones, muchas de las vivencias y anécdotas que todavía sé evocar y recordar graciosa y fielmente; y que podrían ir acompañadas de muchas fotos familiares (que también guardo, como oro en paño) para que, como escribió el escritor Pablo Neruda: “Confieso que he vivido”; y quede constancia escrita y gráfica del ayer y anteayer de mi familia ubetense…

No sé por qué somos las mujeres de nuestra familia (y las de otras muchas, en general) las principales y casi únicas guardianas de nuestra común memoria familiar, mientras que los hombres, normalmente, salvo honrosas excepciones, se dedican a consumir sus vidas, sin dejar constancia de ello.

Por rematar este capítulo, quiero recordar la valentía y el coraje de las mujeres de mi familia, con una anécdota verídica que se ha ido transmitiendo de madres a hijas.

Una antepasada nuestra que tenía una posada, estando viviendo la invasión napoleónica en sus propias carnes, cuando llegaron a Úbeda los gabachos, un oficial “franchute” (que estaba borracho) quiso abusar de ella, entrando sigilosamente en la cocina, en donde ella se encontraba trajinando, para cogerla del talle, besarla y abusar de ella.

Mi brava antepasada, ni corta ni perezosa, le arreó un certero y mortal golpe, en la cabeza, con el cucharón de hierro que portaba para mover la comida de la olla, dejándolo muerto en el acto.

El problema llegó cuando hubo de deshacerse del cadáver y enterrarlo -con nocturnidad y alevosía- en el huerto familiar, con la ayuda secreta de sus dos familiares más íntimos, para no levantar sospechas de ese desagradable vecino que había venido a España a invadir personas y haciendas sin consentimiento de sus habitantes o dueños…

Sevilla, 24 de junio de 2020.

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