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Vicisitudes de la vejez, 12

Por Fernando Sánchez Resa.

Aquí sigo confinada y muy enferma, dándole vueltas a la cabeza, mezclando pasado, presente y futuro (más pasado y presente que futuro, lógicamente, lo tengo que admitir) con esta pandemia que nos come por todos lados y que va a sacar lo peor (ojalá que lo mejor) de nosotros mismos como raza humana, cuando nos cuentan que va a suponer un antes y un después en el comportamiento cotidiano de nuestra depredadora especie. Ojalá sirva para enmendar errores garrafales que estamos cometiendo los humanos, a saber: maltrato de nuestra madre tierra haciendo con nuestro planeta un continuo desatino; menosprecio de nuestros hermanos humanos, y también de los animales, exterminándolos sin contemplación ninguna en aras de una globalización y desarrollo desaforado mal entendido; desobedeciendo el mandado natural y divino de amar a los demás como a uno mismo; siguiendo el cainismo que llevamos intrínseco mediante un egoísmo exacerbado con todo lo que pensamos o tocamos…

Ahora me viene a la memoria ese dicho togolés que me enseñó, mi catequista de pequeña, cuando yo iba a aprender a ser buena cristiana a mi parroquia, con esa ilusión infantil que ya quisiera tener hoy en día, pues él había estado de misionero bastantes años en aquel país africano: "Quien no suda de joven, tenderá la mano cuando sea viejo”. Así nos enseñaron nuestros padres que desde bien pequeños teníamos que ayudar en nuestras casas, pues los dineros no los echaban los árboles ni caían del cielo como el maná en el desierto a los israelitas. Desde bien pequeña aprendí a ayudar a mi madre, juntamente con mis hermanas, no así los varones que tenían otro cometido establecido en nuestra sociedad del siglo pasado: buscar un trabajo con el que sustentar a su futura esposa y familia. ¡Cómo ha ido cambiado esa práctica filosófica y real de nuestra vida familiar!

También recuerdo en este momento mi segundo parto, que fue el de mi primer hijo varón, cuando se daba a luz en las casas y la matrona, familia o vecinas eran los acompañantes naturales de ese duro trance. Después de haber pasado un primer parto seco en el que hice aguas antes de tiempo, sin darle yo la mayor importancia (gajes de mi juventud e inocencia), y tener que sacarme con fórceps a mi primera hija que vino con la cabeza apepinada y estuvo los tres primeros meses de su vida con el “cólico del lactante”, llorando casi ininterrumpidamente y sin que nadie pudiese apagar su llanto por más que todos lo intentásemos.

El segundo embarazo sabía -desde que se cuajó- que era varón por pura intuición (entonces no había los tests de embarazo que se venden en las farmacias ni las ecografías para corroborarlo) y estaba tan entusiasmada con ello que no me importaba pasar un embarazo malo, en el que no me paraba nada en el cuerpo casi todo el tiempo, especialmente en los tres primeros meses, hasta que llegó el momento del parto y allí, en mi cama matrimonial, agarrada a los barrotes de la cabecera, iba apretando y soportando los dolores de dilatación y expulsión, rezando al Señor y, especialmente, a la Virgen de Guadalupe ubetense que todo viniese bien y que mi hijo no tuviese ninguna falta (se entiende física ni mental), como así fue. Qué alegría más inmensa sentí cuando lo tuve entre mis brazos y pude besarlo y abrazarlo con todo cariño y pasión de madre. No sé si ahora con lo del coronavirus se podrá hacer todo esto, cuando al parto solo puede asistir una persona familiar y el resto de restricciones sanitarias que se están imponiendo. Entonces comprobé, una vez más, que el auténtico amor, bajo mi punto de vista claro, es el que existe entre madre e hijo, más que la viceversa u otros tipos de amores que los hay y son buenos y necesarios; y que es irrepetible por los siglos de los siglos, a no ser en esa filiación exacta madre-hijo (o hija, como aclaran ahora los políticos de turno). De todas formas, sufrí un nuevo tormento cuando salió mi hijo a este mundo, porque no lloraba ya que llevaba varias vueltas dadas en la garganta, por lo que tuvieron que quitárselas y darle unos cuantos azotes en el culete, hasta que rompió a llorar, entrando así el aire a sus novísimos pulmones que se estrenaron llorando desaforadamente. Entonces (y ahora) me acuerdo de que venimos llorando a este mundo de lágrimas y así nos vamos también; si nos da tiempo a echar unas lágrimas o muchas. Y demasiadas veces, por desgracia, nos da demasiado tiempo para ello, como me está pasando a mí ahora.

No sé si resistiré este último embate de la vida y tendré que dejarle el testigo escritor a alguna hija o nieta de mi entera confianza, para que siga contando estas historias mías, por sencillas e inconsistentes que pueden ser; y no se queden en el olvido, por si a alguien le sirviese de enseñanza o entretenimiento en el día de hoy o el de un mañana más halagüeño.

De todas formas, me llegan ecos de la cantidad de bulos y mentiras que unos y otros, los que mandan y los que lo quieren hacer, circulan por lo que hoy yo tanto desconozco, pero de las que mis nietos me alertan: las famosas redes sociales que más me parecen un batiburrillo de gentes ociosas en las que cualquier novedad o tontería prende cual fuego abrasador llevándose la cordura, la decencia, la amistad y la buena humanidad de un plumazo, cuando debiera servir para todo lo contrario. Sabemos que la manzana podrida hace lo propio con la sana cuando están juntas y no al revés…

Caro amigo, que tienes la paciencia de leerme y aguantarme, te deseo lo mejor en este tiempo apocalíptico, en el que nos ha tocado vivir, y que -ni por asomo- pensaba que me iba a tocar vivirlo tan directa e intensamente, tan lleno de tantos falsos profetas y mediadores que solo quieren sacar su propio medro y tajada con sus dislocadas banderías políticas, económicas, religiosas…

¡Que Dios nos pille confesados y contritos!

Sevilla, 20 de abril de 2020.

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