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Vicisitudes de la vejez, 11

Por Fernando Sánchez Resa.

Nunca pensé, ni en mis peores momentos vividos; y mira que los de nuestra generación tuvimos la mala suerte de pasar una guerra civil en España, sangrienta y fratricida, que es una de las cosas peores a las que se puede y debe enfrentar un ser humano; incluso siendo -como soy- una persona animosa y nada pesimista. Jamás imaginé que llegarían estas terribles circunstancias por las que estoy pasando actualmente, aquí, enclaustrada, entre cuatro paredes de esta residencia de ancianos en la que llevo demasiado tiempo esperando a pasar a mejor vida; no obstante, muerta de miedo por esta pandemia que nos anuncian tan dosificadamente para no alarmarnos, según nos dicen…

Sabía, por experiencia, al ver a mis padres y abuelos, que la vejez era una etapa de la vida muy fea, por no llamarla de otra manera, pero estaba creída que con los nuevos adelantos médicos y sociales, se paliaría en parte. Y así venía siendo; pero ahora han inventado (o se ha escapado) este bicho al que llaman coronavirus chino, la COVI-19 (en femenino, según la RAE), para terminar de complicarnos nuestra existencia; especialmente, a los mayores de 65-70 años, pues parece que esto viene irremisiblemente a por nosotros y que le va a venir muy bien a ciertos políticos desastrosos que se van a librar de pagar muchas pensiones de ancianos, cuando por la pirámide de población íbamos siendo mayoría en lugar de ser minoría, al haber menos población infantil, joven y adulta que vieja.

Mira, que si salgo de esta, estaba pensando escribir y orientar este cuaderno de bitácora -te lo prometo, sufrido y amable lector- hacia momentos muchos más alegres de mi vida que los que estamos padeciendo en este momento, algunos de los cuales ya he tocado en anteriores capítulos; pero me queda mucho por contar sobre mi infancia, juventud, casamiento, noche de bodas, partos de mis hijos, alegría de ser abuela y bisabuela, etc.

No se me va de la cabeza las palabras premonitoras de Félix Rodríguez de la Fuente, allá por 1978, sobre los políticos y los científicos, afirmando que mandan los primeros sin tener en cuenta lo que los segundos saben y expresan: hay que actuar en beneficio de las personas y del planeta y no de otros turbios y ocultos intereses. Quizás por eso, en el programa que echaron sobre él, en televisión, la otra noche, dejaran entrever que lo asesinaron y no tuvo una muerte natural… A saber.

Me pesan también otras cosas: el seguro hundimiento de nuestra economía nacional con este estado de alarma -que más parece de excepción-; sé que por mi edad, si entro en un hospital, tengo todas las papeletas que me seden y que me muera sola; y que, si fallezco, solo seré acompañada por tres personas como máximo…

Dentro de los grupos imprescindibles y necesarios para que nuestra sociedad funcione bien, además de los sanitarios, las fuerzas del orden y otros colectivos ineludibles, hago una mención especial a esos maestros que andan en la soledad de sus casas programando e inventando actividades para que sus alumnos, ahora virtuales, salgan sanos y salvos en lo que respecta a su educación emocional y de conocimientos. ¡Un bravo muy fuerte por ellos!

Y no me puedo olvidar del colectivo de los abuelos, más o menos jóvenes, que están haciendo de auténticos maestros de la vida, ayudando desde siempre a sus hijos y nietos, muchas veces sin poder ni valorarse su esfuerzo físico, mental y económico en nuestra sociedad. Quizás ahora se les valore mucho más su sabiduría de vida y entrega y no haya que tirarla por la borda, porque las nuevas tecnologías e inventos parezca que saben más que ellos.

Aunque en estos momentos siento darte la tabarra con este tema, pero es que realmente me preocupa (como a toda la población española y mundial), puesto que veo caer como moscas a compañeros de residencia, más compañeras -puesto que somos mayoría y vivimos más años- o amigas y familiares; no sé si decir, por desgracia… No se lo recomiendo a nadie: morir solo y aislado, sin los mimosos cuidados, el abrazo, los besos y el ánimo de tus familiares más cercanos, es una cosa que no me podía figurar ni en las peores augurios de Orwell. Compruebo -en propia carne y vida- que la realidad supera la ficción, una vez más, y quisiera que aprendiésemos los humanos -como individuos y colectividad- a darle el valor debido a las cosas importantes de la vida y mucho menos a las otras accesorias, aunque equivocadamente las hayamos trasmutado a lo largo de la historia y de nuestra propia existencia, arrastrados por ese mal instinto de acumular riquezas, vanidades y títulos que no sirven para nada; y aún menos en la vejez, cuando son otros valores diferentes los que rigen respecto al resto de etapas evolutivas de la vida. Y pensar, como nos habían hecho creer, que la tercera guerra mundial vendría por lo nuclear y no por un dichoso virus mutado e impostado…

Me suelo dormir mirando la foto de mi noveno biznieto, con esa cara de terciopelo en la que resaltan sus ojos negros (que tanto me recuerdan a mi padre) y con esa expresión risueña que le caracteriza, lo que me da energías suficientes para encarar otra noche toledana que cada tarde se me presenta en bandeja…

Sevilla, 4 de abril de 2020.

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