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Una crónica taurina

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Por Mariano Valcárcel González.

Me asalta la memoria el recuerdo de las contadas ocasiones en las cuales tuve que cubrir la crónica gráfica de algunas corridas de toros habidas en ferias de mi pueblo.

Había que pedir los permisos de entrada y de ocupación de lugar en la contrabarrera, uno a la empresa y el otro a la “autoridad gubernativa” (que resultaba ser un inspector de policía y se los daba a quien le salía de su pistolera). Y digo lo tal porque, a la hora de la verdad, la contrabarrera estaba más concurrida que un andén de metro en hora punta.

Esos permisos lo eran para mi persona y la del crítico taurino que enviaba el periódico provincial. Así que cuando él llegaba, por la tarde ya, lo tenía todo bien gestionado. Por cierto, que este buen señor siempre me “adelantaba” a quienes, de los intervinientes en aquella tarde, había que tener muy en cuenta.

O sea que el crítico ya andaba con una idea premeditada de lo que iba a escribir y debiera torcérsele muy mucho su “profecía” para que la tuviese que cambiar. Yo, de por mí siempre tocapelotas, le soltaba que se esperase a ver el desarrollo de los acontecimientos, porque nunca se sabía qué podría pasar; o sea, que en realidad haría las fotos que me diese la gana.

Lo anterior descubría, a las claras, el ejercicio de “crítico” demostrando lo que encubría y a quién se debía (y nunca debiera ser gratis, con seguridad). Recuerdo al respecto que en esos años franquistas, de los llamados sesenta, había un crítico taurino a nivel nacional al que le temían todos; sus escritos y opiniones solían ser demoledores. Pues bien, aquel personaje llegó a poder comprarse una ganadería, nada menos.

Por aquellos tiempos no digitales, se trabajaba a ciegas. Aunque uno conociese muy bien su máquina (y aunque la misma fuese algo mejor que mediocre), siempre quedaba la duda de si lo trabajado habría salido bien o mal; se trabajaba con rapidez y no se veía de inmediato el resultado como ahora, y podía ser que en el periódico se encontrasen con que no tenían nada que publicar. Ahora, con lo digital, uno puede revisar y liquidar lo que hizo o le salió mal e intentar recomponer el trabajo adecuadamente.

Además y dada mi proverbial racanería, yo iba surtido de las llamadas en el argot “colas” de carrete, o sea, secciones de más o menos largura que montaba en chasis reutilizables y que podían dar para siete o diez fotogramas; así que, si la cosa iba a mejor y merecía la pena, me andaba cargando y descargando la cámara varias veces. Como siempre he odiado la uniformidad, mi presencia lo era todo menos la de un fotógrafo de prensa, que ellos siempre llevaban una escandalosa bolsa colgada y el no va más: unos chalecos, tipo safari, con más bolsillos que la capa de un mago y de donde se sacaban carretes y adminículos necesarios para su oficio. Pues que no; yo y una pequeña bolsa, cámara al cuello y no había más. Se perdía credibilidad, sin duda.

Aclaro lo anterior; en el periódico eran cicateros en soltar carretes, normalmente de treinta y seis fotogramas y, además, para tenerlos había de ir a la capital; así que me administraba el material. ¿Gastar esa cantidad de película a veces en soporífera tarde? ¡Quiá! Además, al crítico le daba su chasis preparado y se iba tan contento. De estas experiencias, tengo algún fondo en mi archivo.

En la plaza de toros, en la espera para el paseíllo y luego en contrabarrera, se veían (a quien fuese observador) bastantes cosas curiosas. Mucha barriga y mucho puro. Apoderados, empresarios o sus representantes, representantes diversos, miembros de la prensa y de las revistas especializadas, gentes que no se sabía qué hacían allí… Chavales desgraciados a los que el apoderado lanzaba al coso con heridas recientes y cargados de sedantes. Toreros que acudían meramente para cobrar. Mucho vividor del cuento, vampiros de los toreros azuzándolos para que se acercasen más al bicho, pero ellos salían pitando a guarecerse si el tal se acercaba más de la cuenta (por cómo sobraba personal se entendía, cuando el toro amagaba y faltaban sitios en los burladeros de adentro). Sobres que pasaban de mano en mano, con contenidos misteriosos. Críticos, escribidores y fotógrafos que -se sabía- vivían de chantajear, avisando de una crítica o foto escandalosa… Aficionados de veras, creo que pocos.

Yo tenía entonces, y dada la posición en la que contemplaba el espectáculo, cierta posición ambigua; por un lado, me emocionaba una faena bien llevada y, por el otro, sabía de la manipulación de toros y toreros y del mundillo más bien podrido que lo sustentaba todo. Ahora no soy forofo taurino, aunque tampoco animalista de estos que se desnudan (¡está uno para eso!) pringados de pintura roja.

¿Por qué me han venido aquellos recuerdos? Pues que leo que los taurinos están tan disgustados, porque no hay temporada este año (y dios sabe…). Y me admiro de esa afirmación: ¡si hay festejo un día sí y el otro también!

No hay más que acercarse al espectáculo político.

Hay tientas y capeas, novilladas con y sin picadores, corridas en plazas de primera, segunda y tercera, hasta charlotadas con enanos. Hay toros a los que mostrar el engaño y, al mismo, entran como los más bravos de antaño. Hay toreros finos de salón, mirándose al espejo con narcisismo; hay toreros de coso muy garbosos, saliendo en el paseíllo y moviendo la capa o capote lentamente y con delectación, ante el engañado toro, largando piadosas verónicas o haciendo faenas de trilero con sus largas cambiadas. Manejan la muleta de forma nerviosa: ahora te la enseño por la derecha, ahora por la izquierda, la ves pero no la ves, y al toro lo tienen desquiciado.

Los toros, pues como en sus mejores épocas, que unos son de descarte, pero hay que aprovecharlos para rellenar espectáculos; otros más bien mansurrones, cabestrados de muchos kilos y lenta andadura que se dejan matar sin alzar la testa, y, desde luego, bravos y peleones que, al fin y al cabo, no se dan cuenta de que los están engañando con capa y muleta (en el argot taurino, por algo se les denomina “el engaño”) y, en el último momento, se dan cuenta de que van a sacrificarlos. Ya van tarde. El palo que llevaba el torero se cambió por acero, que los liquida. Anteriormente habían admitido y soportado toda clase de castigo sin apenas rechistar, aunque estuviesen desangrándose.

Claro que hay toreo. A todas horas, todos los días. Esperan esperanzados algunos de las gradas más protestonas a que aparezcan los caballos, lo más eficaz, caballeros poderosos en caballos ¡a la carga! ¡Pero no me digan ustedes que donde se ponga una corrida goyesca, con sus majos y sus marquesas, que se quite las demás!

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