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La década prodigiosa

Por Mariano Valcárcel González.

No soy amigo de conmemoraciones de aniversarios, eso ya lo habrán notado familiares y conocidos a los que no felicito por sus cumpleaños, incluso para el mío me muestro reticente y me fuerzan mi mujer e hijas a tenerlo en cuenta. Pido perdón si en ello se ve una falta de respeto y educación básica y prometo enmendarme.

Pero he de admitir que, llegar al cincuentenario de la terminación (que en realidad marca también un principio) de los estudios o carrera, ya es motivo de celebración. Principalmente, porque estamos vivos para hacerlo (ya quedaron por el camino otros); luego, porque es motivo para el reencuentro tanto de uno, de forma individual (reencontrarse, ya es difícil hacerlo con sinceridad), como colectivamente y en el grupo supuestamente de iguales que hubimos de transitar a la vez por unos años y unos hechos tan singulares y significativos de nuestras vidas.

Se nos culminaron los estudios cuando en aquel tormentoso verano del 70 tuvimos que ir hasta Granada (los de magisterio) para examinarnos y convalidar la carrera en el distrito universitario. Verano en el que morían algunos manifestantes a manos de la policía en la misma Granada por esos días; se marcaba así el final de nuestra época y se anunciaba el final agónico y peligroso de la dictadura. También era el comienzo de nuestra verdadera andadura, personal, con sus grandes esperanzas, sus grandes incógnitas y sus reales dificultades. Desde allí hasta hoy, toda una vida.

Sí, todo terminó aquel trágico verano del 70, pero ¿cuándo empezó?

¡Ah, el inicio fue al principio de los años 60!

Los que terminamos la primaria y no pasamos a los institutos de bachillerato (como se llamaban), por diversas circunstancias penetrábamos en los aledaños de la formación profesional, de las manos de unos cursos de adaptación, denominados de pre-aprendizaje; entonces aparecieron por SAFA-Úbeda alumnos de diversas procedencias, aparte de los locales, de pueblos de La Loma y hasta de otras partes de Andalucía tan lejanas como Cádiz o Huelva (estos últimos formaban el internado).

Es preciso fijarse en esto último, porque ese núcleo heterogéneo de alumnos formó las promociones tanto de magisterio como de maestría, las que celebramos el aniversario cincuenta. Sí, fuimos los componentes que formaron su cuerpo durante esos años 60; así que, fijándonos bien, lo que celebraríamos sería ¡el sesenta aniversario! Nada más que por eso, ya hay razones suficientes.

Unos compañeros entraban nuevos, otros salían y así los agrupamientos tenían cierta inestabilidad. Generalmente se salía a la fuerza, en razón de la estimación del rendimiento escolar o de la conducta observada, según apreciaciones de la dirección (¡padre prefecto Navarrete!) que eran sentencias inapelables. También los agrupamientos obedecían a las especialidades elegidas, mecánica, eléctrica o delineación; en esta última, había cierta “trampa”; los de delineación pasarían a magisterio posteriormente.

Adolescencia y juventud… ¿Qué decir?

Periodos en general difíciles en absoluta heterogeneidad, pues cada uno lo es con sus virtudes y sus miserias y supera o no y vive más o menos bien esos estados. Se formaron agrupamientos, según criterios diversos (aparte los mencionados), desde las afinidades geográficas, sentimentales, deportivas o de ocio… De aquí los recuerdos, de aquí el descubrimiento de lo que cada uno fue y de lo que fuimos todos. De aquí el actual asombro del tiempo ya transcurrido y, a la vez, de la permanencia del mismo.

Cuando por parte de los de magisterio se celebró el veinticinco aniversario de la promoción, hube de constatar la pérdida de la pista de bastantes compañeros; pero que también había quienes fueron contactados y no quisieron (excluyo a quienes no pudieron) saber nada del tema. No saber nada de eso era negarse a sí mismos en primer lugar, a su origen; y, desde luego, negar a sus antiguos compañeros.

Mi reflexión ante ello es amarga. Pero no debo exponerla.

Tuvimos esos años cierto profesorado estable y compartido y curillas inestables. Curas y curillas tal vez marcaron en demasía según en qué y a quiénes. Algunos profesores hicieron algo dura su docencia, lo que no es sino mera excepción en la regla. Pero todo ello significaba una experiencia vital que de una u otra forma había de ser pasada. Nada se nos dio gratis, nada se nos regaló, porque lo primero era el esfuerzo como camino para la consecución del premio.

Aquel viaje por la geografía andaluza nos unía y, a la vez, nos separaba. Luego, en magisterio entraron alumnos que provenían de otros centros ajenos; no habían vivido, convivido con nosotros, aunque pronto fueron asimilados. En Río Madera cantábamos los de magisterio “Fidelidad” aquel verano, en el que la Historia se movía por nuestro lado y no nos dábamos cuenta, como hacían los del régimen presentes, que ya andaban en tiempos de descuento. En Praga, transitaban los tanques rusos y, en París, algunos pretendían encontrar la playa debajo de los adoquines.

Ahora, tras tanto tiempo y tanta vida, estamos viendo pasar hechos impensables para antes y para ahora. ¿Quién pudo pensar que nos azotaría una epidemia universal y mortal? La causa de la anulación de la cita conmemorativa. Mucha vida hemos vivido contemplando sucesos extraordinarios, cambios, adversidades y felicidades; pero creo que nuestra experiencia de esos años 60, que algunos llamaron la “década prodigiosa” (por sus añoradas canciones), metidos en un colegio de jesuitas de Úbeda, pudo ser la forja que nos permitió resistirlo todo.

Bueno, este es mi cuarto de espadas que echo encima de la mesa y espero que nadie me lo tumbe. Un saludo.

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