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Globos sonda

Por Mariano Valcárcel González.

Cuando llegan los problemas de improviso, cuando ni siquiera nos los habíamos planteado, las reacciones dependen de muchos factores. Pretender que todos responderíamos de la misma forma es absurdo, pues los factores tan diversos a veces y tan divergentes alteran del todo el pretendido modelo uniforme de respuesta.

En esas circunstancias inesperadas y extremas es donde las capacidades de respuesta se ponen a prueba. Y según se tengan esas capacidades o se puedan ejecutar, así serán las respuestas más adecuadas o las más ineficaces. El liderazgo se manifiesta o se forma cuando las circunstancias exigen esas respuestas adecuadas a la importancia o al peligro de las mismas. Si no se saben dar, entonces sobran o estorban quienes no sean verdaderos líderes.

Mas no solo se requieren respuestas eficaces ante los problemas inmediatos, sino que estas deben ir más allá; propuestas para los problemas que los actuales generarán en el futuro, para sus consecuencias. El líder actual habrá de dar solución a lo actual, pero también planteará lo venidero que surja tras el ahora; puede que deba encargarse de esto otro, pero sí es su deber plantear el trabajo pendiente. Es necesario dar respuesta a lo perentorio y preparar el camino de lo posterior.

Ya escribí eso de “¿Volver a lo mismo…?”. Ni se debe, ni se puede.

Hay que plantear cosas tan evidentes, como la sustitución del mundo globalizado (especialmente en lo económico), por otro que no tenga la evidente debilidad de la dependencia de unos en otros, pues roto un eslabón de esa cadena se rompe todo; hay que habilitar, pues, cortafuegos, sistemas alternativos y locales, zonas de emergencia… Hay que habilitar de nuevo la industrialización y la diversificación, lo que contendría los fallos en la dependencia de unas zonas concretas (o países) y contribuiría también a la explotación de materias primas locales y a fomentar el empleo. En suma, hay que reactivar la actividad productiva que se había abandonado y obligar a las empresas (fundamentalmente esas multinacionales monopolísticas) a desconcentrar sus producciones, eliminando la práctica de la deslocalización.

¿Lo anterior puede llevar parejo el encarecimiento de los productos? Pues no debiera, porque lo que debiera es llevar a la limitación del inmoderado aumento de los beneficios (inversores y accionistas como receptores). Y abundando en ello, y también por ley, habría que establecer un tope en los beneficios empresariales (de grandes o pequeñas empresas), no limitación, para que una parte de los mismos, de producirse, quede destinada a cubrir contingencias, sean imprevistos como el de ahora, sean necesidades de capitalizar compras o renovaciones, ampliaciones o diversificaciones. Sería un seguro para hacer frente a esas necesidades, evitando el recurso del cierre, que a veces es meramente un justificante.

Como el dinero no sale de los árboles (ello creo que lo sabe todo el mundo, pero no lo reconoce), los servicios que se le pueden exigir al Estado tampoco salen de la nada. La cuestión impositiva es inevitable e inevitable su reforma, de tal modo que no continúe esta carga fundamentalmente en los hombros del trabajo, como ahora (esto lo demuestran los datos de la misma administración). Tanto a las sociedades mercantiles, económicas, de inversión o productivas como a las que tienen propiedad personal, con nombre y apellidos, que tengan evidente capacidad económica y generen o detenten riqueza, han de exigírseles las aportaciones necesarias y acordes con su potencial al erario público. Debiera quedar muy claro que la exigencia de respuesta pública (como pasa ahora) debe conllevar la existencia de los medios para darla y esos medios solo se consiguen con dinero.

Se entiende ahora que ciertos sectores son básicos para el buen funcionamiento general y que no se pueden ni abandonar (por derivarse sus costos o reducírselos) ni ponerlos en manos privadas (pues el fundamento de la gestión privada es el beneficio de sus inversores, no en exclusiva su eficacia a largo plazo).

Miramos al sector primario descubierto (¡oh, iluminación!) como fundamental. Pero, salvo las explotaciones intensivas tipo invernaderos o extensivas muy mecanizadas, se ha venido despreciando (y depreciando) a este sector y con ellos se han abandonado amplias zonas. País vaciado le dicen. El poco incentivo que ofrecen, tanto a habitantes como a quienes debieran aportarles atención y servicios necesarios, los condenan. En la pescadilla que se muerde la cola, no hay servicios, porque no hay alicientes; y no hay alicientes, porque no hay servicios. Un dislate. ¡Y ahora se da cuenta el personal de lo importantes que son algunas actividades y sus trabajadores!; pero, paradójicamente, son los peor pagados.

La producción y más la distribución y comercialización se ha dejado en manos de grandes consorcios que mueven desde donde y hacia donde quieren los bienes de consumo; lo que no estaría mal de inicio (poder disponer de productos sin límites) se vuelve un problema, cuando solo se busca el máximo beneficio de algunos, perjudicando producciones y zonas enteras. Eso hay que corregirlo.

Se le acusa al Presidente de ir de pedigüeño a Europa, porque reclama dinero para la permanente crisis sistémica que padecemos; por el lado europeo, se nos acusa a los españoles de malversadores y dilapidadores de recursos. Poco fiables, pues. Si la planificación y estructuración de las necesidades y recursos disponibles se hubiese hecho en España de forma proporcionada y correcta (desde hace décadas), nada de lo anterior se nos diría y menos lo de juerguistas y puteros. Pero cierto es que acá se ha tirado el dinero por las cloacas o se ha dejado viajar en maletas de listillos, que se lo quedaron. Ni la administración debe suponer tanto gasto (duplicidades innecesarias, decisiones arbitrarias, alocadas y lesivas, falta de planificación, control y optimización de recursos, etc.), ni la capacidad fiscal tan desequilibrada o deficitaria. Siendo un mal permanente, si no se ataca seguirán sus defectos y efectos.

Como se puede y se debe conjugar el libre mercado con la planificación del mismo, según intereses específicos de cada país, la cuestión estriba en establecer un marco legal muy determinado, bajo el cual se desarrollaría lo uno y lo otro, siempre mirando (y lo dice la actual Constitución) el provecho general, sin perder de vista las libertades individuales. Tal vez a esto se le tanga que dar un nombre nuevo, que a algunos le da urticaria hablar de socialdemocracia, pero no estaría muy en desacuerdo de sus viejos y abandonados principios.

Y ya que andamos en política (en especial en España), habría que plantarse y plantearse las capacidades de nuestros políticos, la utilidad de ciertas formaciones, los medios e instrumentos existentes para facilitar la vida política y social ciudadana. Esto también es cosa a reformar (ya puestos en el esfuerzo), pues existe la constancia, que no solo la impresión, de que la clase política en su ejercicio público está sobreactuada y sobredimensionada, y tanto, que sería prudente reestructurar todo el sistema. Tal como se desarrolla, es ineficaz para atender las necesidades y obligaciones de servicio público que se les reclaman.

Tal vez habría que empezar toda posibilidad de reforma por este último lado.

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