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Realismo mágico

Por Mariano Valcárcel González.

Desde que el hombre es hombre (y mujer) ha tenido la tendencia, o necesidad, de representarse de forma palpable, física, las concepciones e interrogantes que su mente ya capacitada para algo más que la mera supervivencia elaboraba. Preguntas sin respuestas que trataban de llenar con ciertas representaciones a las que poco a poco se les atribuían más y más virtudes y poderes. Adquirían poder por sí propias.

De todos los lugares y en todos los tiempos se conocen estas representaciones que van desde la del clan tribal (el tótem), los genios o dioses personales y familiares (lares y penates romanos), la iconografía de todas las mitologías, etc.

Los romanos, tan racionales ellos, sin embargo, en lo tocante a supersticiones, ritos propiciatorios o adivinatorios, erección de todo tipo de templos y divinizaciones, fueron unos exagerados. Ya se sabe de la existencia del Panteón, o sea el templo de todas las divinidades conocidas. El calendario romano estaba lleno de festividades religiosas. Los griegos también se anduvieron con los asuntos religiosos como referencias representadas e incluso excusas para quitarse de en medio a ciudadanos indeseados (como el mismo Sócrates).

Desde Asia a la América, pre y pos colombina, los dioses y diosas han estado (y están) sumamente representados. Entronizados y reverenciados. En África también.

Hasta una religión que presupone un rasgo de espiritualidad bastante alto (o eso se han encargado de vender a los occidentales más propensos), como sería el budismo, no escapa a la representación material de su fundador, en sus diversas manifestaciones. No se pueden recatar de esa necesidad tan humana.

Sin embargo, y esa es una de sus originalidades, la religión judaica preconiza la existencia de un único dios y la imposibilidad (y prohibición) de hacer representación material alguna del mismo. Que esto tuviese justificación en la necesidad de diferenciarse de los demás pueblos y civilizaciones que rodeaban a este pueblo y como acto de defensa y supervivencia es cuestión más que razonada. Hoy día, los judíos centran sus ritos alrededor de la Torá (expuesta en rollo que contiene esos escritos sagrados) y la palabra del rabino; no hay más símbolo que el candelabro de siete brazos o la estrella de David.

Cuando los seguidores de un predicador galileo, allá en el reinado del emperador Tiberio, aceptaron sus enseñanzas, la herencia de su religión, judía, era fundamental. Por lo que el uso o exposición de imágenes sagradas (y menos de su líder) les era totalmente inapropiado. A lo sumo, una señal, un críptico símbolo, les identificaba (y en el que se identificaban) un sencillo pez. Alguien, luego lo transformaría en una cruz, por lo del martirio sufrido por Jesús. Sería el signo de los cristianos desde entonces hasta nuestros días.

Mahoma adoptó la sencillez hebraica como forma clara de evitar desviaciones doctrinarias y distracciones rituales en unos pueblos propensos al trato de ídolos tribales. Pocos símbolos y fácilmente entendibles. Libro, sermón y plegaria colectiva.

Mas, como digo, todas las civilizaciones de nuestro entorno físico poseyeron, manejaron, ensalzaron y entronizaron e incluso controlaron las múltiples divinidades mayores o menores, auxiliadas a veces por otras subalternas y más locales. Y muy enraizadas que estaban entre los pobladores, fuesen diversas sus razas, procedencias o formas de vida. Cuando un pueblo más civilizado o más fuerte ocupaba los territorios de los anteriores, a veces imponía sus mitologías (como cuestión identificativa de su poder y de la sumisión de los ocupados) y a veces toleraba e incluso se asimilaban los dioses de los vencidos. Al fin y al cabo, poseer sus dioses era poseer sus poderes; que no se podía uno fiar, por si acaso.

Los altos de oración, altares, santuarios, necrópolis, calendarios lunares o romanos, o posteriormente cristianizados, fueron en general adaptados a la religión que, después de entrado el imperio romano, se fue poco a poco imponiendo en sus territorios. Todo consistió en un trasplante o mimetización, calco superpuesto de lo nuevo sobre lo existente.

De tales superposiciones y apropiaciones de las costumbres anteriores, surgió un calendario y una liturgia cristiana heredera de ello. Posteriormente, surgió la tremenda duda de la utilización de símbolos, o mejor imágenes, que ya no solo podrían representar a Dios Padre como tal (por supuesto, con una iconografía muy derivada de la griega, el dios Zeus, por ejemplo), sino que se lanzaron a la del Dios Hijo (también en símbolo inicial del Buen Pastor, referente griego) e incluso al Dios Espíritu Santo (y esto llevaba a las tríadas tradicionales en Egipto o Mesopotamia). La referencia a una diosa-madre, tan importante en las creencias ancestrales, la cubrió la iconografía de la Virgen.

Lo anterior chocaba frontalmente con la pureza del judaísmo y luego del islam, en lo tocante a símbolos e imágenes. Y así lo entendieron algunas facciones cristianas, que se mostraron contrarias a la utilización de esas imágenes (por supuesto menos todavía a la adoración de las mismas). Salvar ese escollo era difícil y los argumentos teológicos de los favorables a estos asuntos de imaginería o de reliquias dieron con una explicación enrevesada y llena de considerandos, por la cual se negaba la mayor, o sea, que la cuestión fuese de adoración (o sea clara idolatría) para dejarla en mera veneración de la imagen u objeto consagrado como espejo o representación de la verdadera categoría divina (o cercana a ello) y que servía de medio adecuado para llegar a la divinidad (talismán u objeto mágico). En realidad, ejercicios de funambulismo ideológico para salvar algo que ya era muy importante; la utilización y aprovechamiento, incluso económico, de lo que la población no tenía inconveniente en admitir.

Cierto es que se fundamentó también en la virtud pedagógica que las imágenes tenían, sobre todo en la iglesia católica, porque la lectura, enseñanza, interpretación de la Biblia y sus libros, prácticamente estaba vedada al pueblo y ello como contrapeso a la mayor importancia que le dio la iglesia reformada (que dejó prácticamente de utilizar imágenes, salvo el signo de la cruz).

Carente el pueblo de cultura religiosa bebida en las fuentes escritas fue llevado a la interpretación teatralizada (cuadros, imágenes, procesiones…) de los asuntos del mundo divino. Y, con fuerza, se implantó en nuestras tierras tal forma de catequesis. Es lo que hemos conocido y entendido ya como cosa natural. No en vano, el mismísimo Felipe II se dice que coleccionó hasta siete mil reliquias (que se dice pronto) en su Escorial; de poco le sirvieron.

Se diga y argumente lo que se diga, para el pueblo llano (y menos llano) a veces la veneración y hasta adoración exclusiva de “su” imagen es una realidad, muy localizada en cada pueblo y zona en sus patronos y patronas o romerías exclusivas; y no digamos en sus procesiones de semana santa. Se particularizan y se personalizan en un intento de posesión exclusiva esas supuestas representaciones religiosas, perdiendo –pues- la virtud de ser meros trasuntos de la verdadera divinidad. Y en todo lugar aparecieron imágenes o se quedaron cuando por allí pasaban, todo de modo milagroso. Quedan –admitámoslo- en meros ídolos o amuletos mágicos (pasar, por ejemplo, un manto por el lecho de un moribundo).

Estos días de pandemia, mi alcaldesa, que lo hizo –dice- en representación de todos sus administrados, se prestó a colaborar en el traslado anticipado de la patrona desde su ermita hasta la iglesia mayor de la ciudad. Se argumentó velar por su seguridad, lo cual puede ser cierto, mas en la intención estaba el intento de que la imagen, ya en el lugar, nos protegiese del mal sobrevenido. Pura magia.

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