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Hubo un Siglo de las Luces

Por Mariano Valcárcel González.

Sí, existió el llamado Siglo de las Luces del que se esperó mucho y del que algo aún queda (cada día menos, es verdad). Una esperanza de mejora humana, de orientación optimista hacia un porvenir racional y, por ello, justo. Sin embargo, ya escribí rememorando aquello tan goyesco de “la Razón produce monstruos”, que detectaba la paradoja de la desviación doctrinaria y fanática del uso de la Razón como arma de subyugación, dictadura y crimen.

El siglo de las luces queda ya como una lamparilla tenue en el rincón de una oscura habitación, tal que la ponía mi madre para Todos los Santos y Difuntos en recuerdo de sus allegados. Humilde lamparilla de aceite solo de valor testimonial.

Porque estamos de lleno en el Siglo de las Mentiras.

Yo me resisto a llamar a las noticias falsas, los bulos, las manipulaciones cada vez más descaradas y absurdas de los hechos y de las realidades con ese anglicismo tan propagado; tenemos en español términos concretos y semánticamente correctos como noticias falsas, bulos o sencillamente mentiras a esa cascada de datos que nos caen por variados medios de comunicación, tanto públicos como privados.

Ya se encuentran esas mentiras descaradas en medios como la prensa escrita (papel o digital), radios y televisiones según la cadena ideológica a las que pertenezcan; en donde proliferan más, según parece, es en las grandes plataformas sociales, porque en las mismas es bien fácil largar una barbaridad tras otra sin tener ni responsabilidad por ello (anonimato y falta de contraste mediantes) y en la seguridad de que habrá mucho personal que se las traguen sin digerir.

Así que esa técnica se ha extendido como mancha de aceite y resulta muy rentable y exitosa para quienes de la misma se benefician.

Ejemplos recientes tenemos a mogollón. Se ha explicado mil veces (y mil veces más que se hiciera) que asuntos tan importantes y de consecuencias incluso todavía imprevisibles como el Brexit, el derecho a decidir catalán, la elección del presidente americano, los ascensos de las ultraderechas y ultraizquierdas (tanto monta, monta tanto) y otros fenómenos han sido montados y desarrollados en base a las continuadas mentiras, fabulaciones, bulos y mensajes manipulados que desarrollaron sus organizadores de campaña en la seguridad, demostrada hasta la saciedad, de que era lo que convenía oír a sus seguidores o potenciales seguidores.

O sea, que cuantas más mentiras lanzasen, mejor. La gente se las creería o las pasaría por alto, considerándolas pecadillos sin importancia (pues en ellas siempre habría algo de verdad, que era lo importante) y harían de ellas cuerpo de creencia y de doctrina.

Cuanto más embarrada estuviese la verdad objetiva más se creería en la mentira elaborada. Sin complejos, como diría el obtuso expresidente, porque los complejos son lastre para el análisis real y objetivo. Ese sin complejos significa sin escrúpulos inútiles y, yendo más allá, ese sin complejos significa sin ataduras morales ni éticas. Autoafirma pues la acción justificada, porque es la que vale, la única verdadera y aplicable.

Espantados quedamos quienes observamos cómo este Siglo de las Mentiras va avanzando. Atrás quedaron las luces del raciocinio. Vale más un bulo descarado, una falsedad evidente, que la realidad ocultable, eliminada por no útil para según quienes. Los de siempre.

Al igual se descomponen las bases mismas de la vida social y política tradicionales, pues fueron consecuencia de aquellas luces marchitas. Quedan las bases económicas enrocadas en un liberalismo excesivo, a ultranza, llevado a la paranoia del poder por el poder del dinero, el tener por tener, el acaparar por ejercer ese supuesto liberalismo que da carta blanca a quien sabe manejarlo y beneficiarse de sus máximas inmutables. En realidad, otros meros bulos lanzados para credulidad del común, que siente que hay una fuerza irresistible, determinista, que no se puede superar.

Cuando las bases de organización social se disuelven en aras de ese mundo falaz, se deterioran así mismo las entidades, organizaciones y estructuras que servían para mantener cierta organización y estabilidad basada en la creencia de la existencia de estados de derecho que protegían a la sociedad en su conjunto (otra mentira aceptada, pues más se orientan a la perpetuación del estatus desequilibrado heredado); pero disolver esos organismos básicos y constitucionales, que al fin y al cabo funcionan como garantías por mero interés partidista o de clase, pues en verdad hay que actuar sin ellos y sin complejos; es jugar a aprendices de brujo.

Deteriorar, desprestigiar lo que afirma la existencia de orden y convivencia, y especialmente emplear los lanzamientos de falsedades como armas destructoras, que es lo que se ha venido haciendo con sistemático esfuerzo, obedece a unos criterios doctrinales y económicos que están aflorando o ya están establecidos que van más allá de la prolongación de las democracias liberales o socialdemócratas al uso. Buscan una nueva era.

Una nueva era que cambie radicalmente la estructura actual. Un futuro ignoto en manos de unos cuantos; los que detenten el poder. Que ahora lo quieren sin cortapisas. Los de siempre.

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