Bienvenidos a la portada

El tiempo entre las manos

Por Mariano Valcárcel González.

Avanzamos hacia el tercer decenio del siglo XXI, ¡quién lo diría!, y es necesario hacer cierta reflexión, o reflexiones, tal como hice a raíz de la fecha del Día del Maestro.

Son efemérides o transcursos del tiempo que se nos van viniendo (y yendo) casi sin darnos cuenta alguna; más todavía -creo yo- en las personas que ya andamos en cierta edad, que hemos recorrido décadas diversas y en diversas circunstancias y a las que se nos va el tiempo entre las manos.

Tal vez por lo anterior es por lo que podemos dejarlo pasar sin advertir ciertos cambios que pueden ser muy significativos y también muy trascendentes, más para nuestros hijos y nietos y demás descendencia. Para el planeta. Para el mundo.

Venimos de donde venimos y poco hay que decir de ello, que el retorno nostálgico a tiempos pasados puede ser engañoso. Aquello de “cualquier tiempo pasado fue mejor”, es un invento para camuflar el desconsuelo que nos produce el darnos cuenta que ya no pertenecemos al tiempo presente, porque nos hemos quedado anclados en aquel sempiterno tiempo que es imposible hacer volver. Y nosotros, desde luego, no tenemos marcha atrás; pero tampoco los demás.

La primera reflexión incide, pues, en esta tendencia al retroceso que se advierte como fórmula política o social. Los añorantes de lo que ya no volverá, por mucho que lo intenten y lo inventen (pues invento es toda reinterpretación parcial de lo anterior), si lo saben, lo disimulan bastante bien; y si no lo saben, demuestran ahí su incultura y necedad.

Que sí; que miramos hacia atrás -nuestro atrás- y vemos en ello lo que queremos ver, sea bueno o malo, todo idealizado en su bondad o maldad. Y pretendemos que sea algo que ya no tiene comparación (y en verdad, que no la tiene con lo que se vive en la actualidad); y, si la tiene, es siempre a pérdida de lo que se vive.

En lo político, habíamos ganado indudablemente; pero los últimos acontecimientos nos devuelven a las viejas añoranzas (quienes tuvieron motivos para no olvidarlas) con el deseo de firmezas, concreciones, liderazgos fuertes y seguridades presentes y futuras. La ganancia democrática la destroza el cansancio de la rutina y de la ineficacia, como pátinas que recubren una moneda, pero nunca pierde su valor. Es cuestión de afrontar esos cambios y repensarlos; que nunca se puede perder el norte. Que se necesitan cambios –cierto- de varias cosas y, cuando se vayan a realizar, ya será tal vez tarde; lo sucedido en mayo del 15, esos “que no, que no nos representan” tenían mucho sentido y eran toques de alarma que manifestaban males que estaban aflorando y había que atajar. No se ha hecho nada al respecto -los cambios muy necesarios-; y, en estos días, vemos que no son ni arbitrarios ni anecdóticos, pues se manifiestan en muchos lugares del mundo y buscan las respuestas negadas en soluciones discutibles.

Hay que reinventar las fórmulas de participación para consolidar las democracias; remover los cauces ya caducos o ineficaces por diversas circunstancias, para dar salidas a las nuevas corrientes y –cuidado- no es volviendo a las construcciones antiguas como eso se logra. Si la socialdemocracia (en sus vertientes más o menos derechizadas) ha perdido fuelle y credibilidad, hay que remozarla con la verdad de su mensaje primigenio. Así, la democracia liberal, a la que hay que quitarle el lastre del capitalismo a ultranza y salvaje, porque ello no es sustancial a su doctrina. Los comunismos no pueden camuflarse en una definición chusca: “socialismo del siglo XXI”, cuando no son más que remedos de leninismo estalinista; claro que la transformación, en mero capitalismo de Estado de partido único, ni es comunismo ni es . Ya no se habla de lucha de clases, sino de lucha de pobres contra ricos, de estructuras económicas divergentes, de nivelación y del reparto de la riqueza.

Eso es lo acuciante ahora. Se entiende que hay que cambiar las estructuras económicas (ojo, no destruir) para dar lugar a una mejor equidad. Y lo bueno es que, en realidad, esto es y ha sido lo de siempre. Que el poderoso (siempre lo fue económicamente) no lo acapare todo: recursos, servicios, dinero, medios de producción, estructuras sociales, gobiernos, leyes, alimentos y su producción y distribución, etc., etc.

Por eso, las nuevas formas y conceptos, a los que hay que dar ya respuestas, pasan por la conservación del medio ambiente contra la depredación desmedida; pasan por la posición de la mujer en la sociedad y su potencial futuro; pasan por la realidad de las migraciones, que ya se tornan inevitables, le pese a quienes le pese (porque al campo no se le pueden poner puertas y porque la dinámica histórica así lo enseña…).

Ya indiqué lo de la enseñanza en España, cosa que me confirman las nuevas noticias que llegan sobre el informe PISA y el desastre nacional. Pues, si se sigue en este camino, mal nos irá. Peor. Es otro reto que o se ataca o nos destrozará.

Nos asomamos a algo tan incomprensible para nosotros, los mayores, como la cuarta revolución industrial (la que nos encamina al mundo de las redes informativas/reformativas), el de la cibernética avanzada con la inteligencia artificial como motor y factótum que ya trabaja sin que nos demos cuenta; el de las manipulaciones masivas que pueden cambiar, y ya lo hacen, hasta nuestros comportamientos y formas de pensar (o llevarnos a no pensar nada). Estamos siendo testigos de desapariciones impensables hace pocos años (y no me refiero exclusivamente a las especies biológicas); y el mundo anterior, que conocimos, se nos va de entre las manos, sin sentirlo. Se cuestiona el uso del dinero tal como lo conocemos -el internet de las cosas-; y sus “nubes” nos sobrepasa, cae el comercio tradicional -el próximo- en aras del que se nos muestra en los móviles; la telefonía (estos móviles) es todo, menos el poner conferencias; todo está enredado, conectado, controlado… Cambian los hábitos y cambian las formas. Cambia la vida.

Como en los cambios de eras históricas, tan evidentes luego para nosotros, pero realmente algo menos para los que los pasaron, se van produciendo movimientos, alteraciones, sustituciones que aparentemente no nos afectan, pero… Cuando hay empresas que cierran, porque se quedan obsoletas, cuando los flujos económicos y políticos cambian de eje, cuando las sociedades estallan en manifestaciones semejantes en una u otra punta del globo es porque todo bulle y se mueve y a ese bullir y moverse hay que dar respuestas y cauces adecuados y oportunos, antes de que se hagan inmanejables.

Este siglo ya ha consumido dos decenios; vamos al tercero. Los cambios vienen deprisa, más de lo que algunos quisieran. Nos toca -como personas que ya pasaron por variadas etapas- comprenderlos, aceptarlos y procurar con nuestra experiencia darles sentido y optimización.

Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Información adicional