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Espacio cultural

Por Mariano Valcárcel González.

Somos grandes en mi pueblo. O, mejor dicho, es que mi pueblo es muy grande.

Grande no tanto en excesiva extensión como sí en esa muestra visible de solera y arte que nos va asaltando calleja a calleja y plaza a plaza. Y que los lugareños, tan acostumbrados a ello, apenas si observamos y a veces ni apreciamos en su justa medida. Como cuando había quienes se admiraban de que comiesen caviar como si tal cosa los habitantes de las costas del Caspio.

Desde que aquella declaración de Patrimonio de la Humanidad se nos fue concedida se ha venido notando, especialmente cuando el selecto club de ciudades españolas también pertenecientes a esa distinción nos tuvo a bien admitir en su seno, un aumento de la actividad turística. A la par, aumenta la promoción nacional e internacional de la ciudad.

Lo de la película “Alatriste” ya marcó un buen listón. Se han hecho así más rodajes de cierta importancia también; no es que no los hubiese habido antes, que sí que los hubo, pero da la impresión de que es ahora cuando se les puede sacar más provecho. Por ello, esto de que un videojuego, tan en alza en la actualidad y tan profusos, tome como fondos y paisajes algunas de nuestras fachadas o interiores de edificios, no dejará de tener -tal vez- su repercusión mediática.

Luego vino ese programa de cocinas y cocineros aficionados en concurso de principal horario y tomó nuestra monumental plaza como plató de exteriores y será visionada la plaza y la ciudad por un buen número de televidentes. Es sin dudarlo una excelente oportunidad de promoción.

Por cierto, allá se concentró, para catar los platos (magros platos siempre en este tipo de cocinas de pitiminí) en competencia, “la créme de la créme” se supone de la sociedad civil ubetense. No sé quiénes hicieron la selección de tan selecta concurrencia, ni los criterios que se siguieron para ello, mas no faltaron los muy reconocidos rostros de la aristocracia artesanal, empresarial, cofrade y política locales. ¡Faltaría más!

Ahora, y al hilo de lo anterior y sus imprescindibles personajes, me viene a la memoria una iniciativa que un grupo (¿o grupúsculo?) político de nuevo cuño, aunque vieja mano mece su cuna, sobre la necesidad de establecer un museo de gentes ilustres de nuestra ciudad, ilustres o famosas por diversos motivos. Un museo de celebridades.

Conociendo como conozco el paño de Úbeda y del ubetensismo y sus voceros, me temo que, de llevarse a cabo alguna vez esa iniciativa, se habría obrado un milagro. Pues milagro sería el que las diversas facciones y tendencias del pedigrí ubetensista, cada una pretendiendo poseer la llama más luminosa y verdadera, coincidieran tanto en los méritos como en los nombres de quienes habrían de concurrir en esa relación. Sí; coincidirían en los más sonados y siempre más unánimes, ya honrados en iniciativas variadas, nombrados en calles o plazas, colocados en el pedestal de los intocables e incuestionables.

Hasta entrarían en ese santoral local quienes, a pesar de los pesares y por su mucho volumen a nivel externo en hechos y acciones, se hubiesen labrado ya tal fama que fuera imposible el ignorarlos, aunque las estructuras conservadoras y pueblerinas, dominantes desde siempre en ello, hagan de tripas corazón. Al fin y al cabo, el “hijo pródigo” siempre vuelve.

Pero llegados a otros niveles menos evidentes y muy locales, de clanes y contubernios muy limitados, pero con evidentes deseos siempre de influir, dirigir, reglamentar y dictar lo que es correcto y permitido o no, entonces las discrepancias podrían ser fuertes o, al menos, sonoras. ¡Cómo no poner a fulanito con lo que ha hecho!, ¡cómo olvidar a cetanito y sus méritos tan nuestros…! Ahí cada clan intentaría incluir a su tótem venerado o a sus pompas y obras, incluidos sus acólitos y seguidores; no se daría un paso atrás en las pretensiones, pues si pretendes que esté lo tuyo, tanto más que estará lo mío.

Por esto, me barrunto que nunca llegará a término la idea. Será imposible materializarla, no ya porque no se encuentre edificio o sede para ello (o los dineros necesarios), sino porque, a la hora de la verdad, las discrepancias serán insalvables.

Además, si la iniciativa y la puesta en marcha dependen de algún partido político, de inmediato se le acusará de sectario, si solo incluye elementos que fuesen más o menos declaradamente afines a sus ideas. Si deja a algunos fuera, se concitarán las críticas más atroces. Si no está en el poder, pero posteriormente llega y hace revisión de lo contenido, para eliminar o incluir a otros, el escándalo será mayúsculo. Como la moda estriba en que, cuando hay cambio político en el gobierno local, lo que el anterior hizo lo deshace el entrante, sería casi seguro lo anterior. Y eso, más que un museo de celebridades, sería como ese de figuras de cera que, cuando caen de la fama por diversas causas, son relegadas o retiradas sin miramientos.

Como marchamos hacia atrás cual cangrejos, no me extraña que las fuerzas vivamente muertas intenten resucitar hasta viejas formas y ritos que quedaron en el recuerdo de los sobrevivientes y en el imaginario de sus herederos. Elevarse hacia un ubetensismo rancio de color sepia. Restos y vestigios del pasado que, si un día fueron aceptados como normales y corrientes, y también impuestos, hoy no serían más que decorados sin alma, meras sombras chinescas apenas descifrables… Obedecerían a concepciones absurdas sobre lo permanente y sobre la tradición, sobre lo que debiera haber sido inmutable, cuando eso nunca lo fue. Estaríamos en manos de fantasmas en una ciudad fantasma, cercada por un cerrilismo trasnochado y embadurnado de una catetez absurda.

Tal vez, lo mejor sería montar un espacio para mostrar las aportaciones artísticas de ubetenses ya desaparecidos o presentes, pero que tengan una producción decente e incluso valiosa. Espacio permanente y con fondos definitivos que aportarían altruistamente los propios autores o sus familiares y albaceas. No quiero avanzar nombres para no caer en lo dicho; pero una comisión imparcial sí que podría elaborar el inventario y trabajar para llevar el proyecto a cabo. Profesionales y miembros de asociaciones y cátedras integrarían esa comisión. Luego se establecería la necesidad de tener un comisario o comisaria o un conservador o conservadora; y, desde luego, los locales (con todo lo que ello conlleva) y las programaciones culturales que pudiesen establecerse.

Ahí dejo la idea, por la que no cobro derechos.

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