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Cartas apócrifas – A un elector

Por Mariano Valcárcel González.

Estimado ciudadano:

Empiezo así pues, para ser elector -como regla general-, se ha de tener el derecho a la ciudadanía de cualquier país, condición sin la que no se puede ejercer el otro derecho a ser elector y, como tal, poder ejercer.

El derecho al voto fue cosa soñada y anhelada durante muchos años, centenares de años. Era cosa que se mantenía restringida a determinadas corporaciones o clases sociales y en determinadas circunstancias y por muy medidas razones. También la forma de ejercer ese derecho podía ser muy variada, unas con más garantías que otras o con más efectividad o valor que otras. No; no ha sido siempre igual y universalmente admitido el derecho al voto (recuérdese, por ejemplo, la negativa a que el voto lo ejerciesen las mujeres, solo levantada hace en realidad pocos años y todavía inexistente en algunos lugares).

Dicen que fue en la Grecia clásica, la del Siglo de Pericles, donde por primera vez se ejerció la democracia y ello porque se podía votar y concretamente en Atenas; mas solo votaban los ciudadanos libres y liberados de trabajos, que se podían dedicar a ello. Pero fueron ejemplares para la posteridad. A los que se postulaban para Emperadores del Sacro Imperio Romano-Germánico, los votaban los llamados Grandes Electores a cambio de comprar sus votos; y ahora, en el Vaticano, esa misma fórmula sirve para elegir Papa. Formas.

Querría, sin embargo, centrarme en lo que conocemos, en la democracia representativa, que es por ahora el método más común en democracias consolidadas. Y me centro en ello, porque se ve muy cuestionada y –creo- se tiende a esto, porque -en realidad- tiene la fórmula menos mala de las que se pudiesen adoptar. Al fin y al cabo y en periodos definidos de tiempo (cuatro años para nosotros) usted y yo, como electores, tenemos la oportunidad de designar secreta y libremente a quienes queremos sean nuestros representantes y por nosotros decidan.

Se corren riesgos de que esos representantes nos hayan engañado y hagan lo que nunca les autorizamos, o de que sean indignos de ese cargo y lo utilicen en provecho propio exclusivamente; también, que se sientan tan en alto que ya solo beneficien a los estratos superiores, a los dueños del dinero, de los negocios, para hincharlos aún más y exprimirnos aún más. Esto es tan cierto como que el sol sale cada día, pero no podemos echar por tierra un sistema que nos conviene, solo porque a veces no funciona correctamente.

¿Es que crees que utilizando a tope el sistema asambleario estás llegando a la perfección del ejercicio democrático…? Las asambleas son buenas como reflejo y altavoz de las corrientes de opinión y de las necesidades y aspiraciones que los ciudadanos tienen, siempre que también en las mismas se pueda ejercer libremente el derecho a opinar y, si se vota, se haga sin coacción alguna (lo cual es muy difícil, pues a mano alzada y frente a la presión de mayorías vocingleras o minorías manipuladoras y vigilantes, cualquiera se piensa lo que votar, por seguridad). Además, la asamblea tiene recorrido acotado a pocas personas y a zonas muy concretas, pues su eficacia tiene límites; así que, al final, la asamblea termina designando (mejor si son votados, y en secreto, no hay duda) a sus representantes que, a su vez, acuden a otra de representantes que vuelven a decantarse hasta formar un cuerpo de representantes de alto nivel (o sea, que se vuelve a la democracia representativa) que deberán decidir por todos sus representados. Es así claro que la utopía termina en el mismo pantano de aguas revueltas, pretendidamente o debidamente encauzadas.

No me detendré en señalar casos y modelos de asambleas representativas, llamadas genéricamente Parlamentos, que legislan en todos los países. Sí citaré, por pintoresco, el caso de USA; acostumbrados a la democracia directa y popular de sus iniciales poblaciones, en donde se someten múltiples cuestiones a decisión de los ciudadanos, tomaron el camino, para elegir presidente de la nación, de designar a ciudadanos concretos como electores exclusivos para este cargo fundamental, y en campaña larga y tediosa (y mucho gasto de dinero de los candidatos o de sus donantes) se constituye ese cuerpo electoral a la antigua usanza que da sus votos a uno u otro, siendo estos votos los determinantes y no los que pudiesen emitir los ciudadanos unívocamente, libremente y secretamente. En las últimas lo hemos visto, que el voto popular no coincidió con el de sus representantes.

Por todo ello, votante escaldado, y vista nuestra situación nacional, me temo tienda a entender que su voto no sirvió, ni sirve para nada y que mejor dejarlo todo en manos de quienes dicen hacerlo mejor si tienen el campo libre, o que ya, sintiéndose respaldados por la mera opinión del pueblo (tan manipulativa ella), te animan a decirles sencillamente amén a todo lo que propongan y decidan. El cansancio y la devaluación del sistema y del votante actúan de poderosos disolventes de cualquier democracia real, por mucho que se trate de impedir.

Así que –mire- plántese ante la situación cuando se presente, evalúe a conciencia quiénes son los que se presentan, por qué se presentan y para qué se presentan, sopéselos con cuidado y sin temor de conciencia y, ejerciendo muy libremente su derecho, vaya a la urna e introduzca la papeleta. Total, es un momento.

A la espera de su magnífica decisión se despide de usted: Mariano Valcárcel González.

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