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Historias bíblicas de reyes y héroes

Por Mariano Valcárcel González.

Siguiendo mi deambular por el piélago bíblico y sus personajes más destacados o curiosos, me he encontrado con un perdedor muy a su pesar; y a pesar de habérsele prometido una más que evidente posición real.

Me refiero al rey Saúl, el primero de las dinastías reales israelitas, por otro lado reinados más bien de poca enjundia y escasa duración. Como era de esperar, la posición geográfica de los israelíes les imponía o ser vasallos de alguna de las grandes potencias que los rodeaban (hititas, egipcios, asirios, persas…) o meros comparsas en la geopolítica de la antigüedad. A lo más que aspiraban era a sobrevivir entre tanto pueblo (también minúsculos) o a alcanzar cierta preeminencia y poder sobre sus vecinos.

Podríamos decir que Saúl fue una solución de compromiso.

Se dice que Saúl quiere decir más o menos “el deseado”, porque los israelitas clamaban por tener un gobernante a título de rey (y no meros jueces o profetas-sacerdotes como había sido tradicional), lo que era normal en los pueblos y naciones allá cerca del siglo X antes de nuestra era. Creían más en la fuerza y el poder inmediato y tangible de un caudillo real que en las palabras que les transmitieran unos visionarios, aunque se dijesen que eran palabras de Yahveh.

Samuel, el último juez, profeta también y se supone sacerdote máximo, no estaba conforme con esa pretensión popular; al fin y al cabo, el único rey era Dios y él su primer ministro, claro. Pero la presión le pudo, y se decidió en conceder el deseo. Como viera a un mozarrón fuerte y alto que le llegaba para que, por sus visiones, le indicase el paradero de unos burros (¡vaya cuestión de Estado!), el profeta –ni corto ni perezoso– agarró el cuerno del óleo sagrado y ungió al mozo como futuro rey.

Era benjaminita y eso es lo incongruente; los de esa tribu estaban repudiados por los demás, hasta habían sufrido una masacre, y eran minoritarios. Como siempre, se va confirmando que Yahveh se decanta por los menos favorecidos aparentemente, cumpliéndose aquello de que “los últimos serán los primeros”. Samuel acudió a un rito que podemos comprender por la pervivencia de los derviches giróvagos, que alcanzan el éxtasis y la comunión divina por la música y el baile, así que llamó a otros “visionarios” músicos y montaron una juerga mística en la que hizo participar al ungido. Cualquiera sabe lo que se tomaran en estas sesiones, pero Saúl hasta se transformó en profeta… Con estos méritos, confirmados por los de la juerga, presentó el último juez al primer rey de Israel.

Poseedor del poder (que en la sombra pretendía controlar Samuel a modo de visir) se lanzó Saúl a campaña contra amonitas, moabitas y filisteos (los perennes enemigos). Obtuvo victorias, por ejemplo exterminando a los amalecitas; pero cometió un error: como rey, perdonó al otro rey (posiblemente previniendo futuras alianzas) y Samuel montó en santa cólera intransigente y ejecutó al perdonado real. Ya se empezaron a torcer las cosas entre patrocinado y patrocinador.

El profeta, ladino, le colocó en palacio, hizo su capital en Jabes de Galaad, a un tal David, mozo de agradable presencia y arpista, a lo que se ve meritorio. No le dijo al rey que ese servidor ya estaba ungido como futuro y sustituto real. Y David se promocionó hábilmente como jefe de las tropas, amigo del heredero Jonatán y yerno de Saúl, al casar con su hija Mical. Toda una promoción que, en realidad, lo volvía muy peligroso.

Otro tropezón con Samuel fue cuando, por consolidar a la tropa, Saúl se erigió en ocasional sacerdote sacrificial. Y el caso es que eso era la norma para la época; que los primeros reyes fueron, a la vez, sumos sacerdotes (o al revés) y así concitaban sobre sí, tanto el poder espiritual y sus efectos religioso-mágicos como el poder terrenal y militar. Pero esta concentración de poder no la podía sufrir el profeta (al fin y al cabo se consideraba único intermediario entre la divinidad y el pueblo; y, como tal, único oficiante autorizado de los sacrificios) y cargó amargamente contra el rey. Ya le advirtió de la pérdida de confianza, toda una moción de censura divina e invitación al cese.

Lo de Goliat, el gigantón filisteo, parece una historia añadida para desprestigiar a Saúl como cobarde y ensalzar los méritos de David. La realidad es que David vencía en las batallas y era querido hasta en la propia corte, cosa que se tornaba insufrible. Encima, que las bullangueras mujeres y el populacho festero acompañase el regreso de alguna campaña de David cantando y bailando con esta cancioncilla: «¡Saúl mató a mil y David a diez mil!», ya pasaba de la raya en la autoridad y estima del monarca.

Debió sentirse desposeído Saúl emocionalmente, tanto del aprecio de su propia familia como del pueblo en general. Mucho debió sufrir, herido en sus sentimientos, fama y estima. Pero allá se andaban todos disimulando, cual hacen las dinastías actuales ante sus problemas.

En una ocasión, pudo producirse la tragedia; el rey ya sabía que Samuel había ungido al otro, así que tarde o temprano deberían enfrentarse, si no acababa con este antes. Pues que me acogorzo en banquete, y ya se sabe que el personal así suele tener mala bebida; me veo al citarista tan contento entre su gente y, repentinamente, agarro una lanza y se la descerrajo. Suerte que el otro andaba ligero y escamado y evitó ser alcanzado. Cuentan que hubo otro intento más y David, más que prudente, puso pies en polvorosa, dedicándose a capitanear tropa de mercenarios allá donde lo requerían.

Saúl, en un intento de relanzarse con una victoria, buscó batalla contra los filisteos en el monte Gilboa. Dice “El Libro” que, como había perdido la gracia de su dios, fue entregado a la derrota, muriendo en lucha tres de sus hijos (el primogénito y amigo de David fue uno) y él, para no caer vivo en manos enemigas se entregó a su propia espada. Triste final para un rey incomprendido.

Una aclaración pertinente: parece ser que eran los filisteos quienes controlaban el hierro, material que superaba las anteriores armas de bronce o cobre, y con ello la efectividad del ejército de Saúl. A nadie, con esa inferioridad armamentística, se le ocurriría hoy día enfrentarse a otra potencia (salvo los fanáticos y los tontos, claro).

Y otra: Galaad, o Gilead, es ciudad o territorio muy nombrado por los fieles de las sectas evangélicas, como idealización de comunidad bíblica perfecta.

Una más: ¿Han observado en lo semejante del pasaje de la lanza contra David y el que protagonizó Alejandro Magno siglos después matando a su amigo y general Clito?

Y ahí va una cuarta: antes de la batalla del monte Gilboa, Saúl consultó a una bruja o adivina que mediante rito espiritista convocó al difunto Samuel, el cual le auguró la próxima derrota. A pesar de ello (tal vez creía poco) fue a la muerte; tal vez pretendía así cumplir su inevitable destino. Cosas en las que pensar.

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