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Mi cuaderno de verano, y II

Por Mariano Valcárcel González.

“La primera escuela” suena como aquella película sobre los guardias civiles, titulada “El primer cuartel”, y es que así puse a mi colaboración en el cuaderno ya presentado parcialmente en entrega anterior. La fotografía es del año 71 y me presenta muy joven y con abundante pelo (¡quién lo diría!) tras un grupo de 27 chicuelos de segundo de EGB (se estaba experimentando esta reforma, la última con cierto sentido y eficacia de todas las posteriormente emprendidas).

Estábamos en una barriada del extrarradio sevillano de las más deprimidas; pero entonces, además de juventud, tenía la esperanza de que algo quedaría que sirviera, ya fuera un niño que aprendía, ya fuera un padre que respetaba, ya fuera una sociedad que reconociese el trabajo (esto último no lo he logrado y los anteriores se han ido esfumando). De ello ya hace más de cuarenta años y todo va quedando lejano, como si de otra vida, y no la mía, se tratase.

Isabel posa frente al espejo ovalado de la entradita de una casa, joven y un poco inocente en foto del 74, en busto de mantilla procesional, o de madrina; no se sabe si se mira y nos mira o no quiere mirarnos, o si, aparte de lo que refleja el espejo, en realidad no hay nada. Y tenía varias mantillas y se miraba con ellas en la intimidad, cambiando posiblemente de personajes imaginarios, aunque la vergüenza manda y nunca se le ocurriría mostrarse públicamente así. Que le encantan las mantillas, lo ha convertido en obligado cumplimiento para su hija, otra que posó con ellas, eso sí “en la intimidad”. En esa ilusión de vida paralela vuelca la real, tan amarga, para olvidarla.

Ana María es la más joven del grupo. Es especial para todos nosotros y recibe el cariño y la estima de todas; porque ella hace lo mejor que sabe hacer: ser buena. Se nos presenta, en la fotografía del 75, al lado de un brocal con macetas, en un amplio patio de cortijo andaluz, pleno de blanco y de luz. Ahí estuvo con toda su familia y lo recuerda mucho como un verano especial… ¿Que dónde estuvo? Pues, asómbrense, en el mismísimo El Palo malagueño.

«¡Qué bien sabía antes el arroz!», nos decía Paqui al presentar esta fotografía, donde se ve a una familia en pleno día campestre, con sus mesas plegables, sillas, paellera, trébedes y demás artilugios imprescindibles, estando en las márgenes del Guadalquivir, en el año 77. Ya pasaron los años del hambre y hasta se podían permitir el lujo de tener coche (bien aprovechado en estos menesteres). Paqui añora esas jornadas de trasiego y ajetreo, con todo y con todos, incluidos amigos que ya dejaron de serlo… Ahora tienen chalé y piscina, pero no es lo mismo; tal vez, tal vez ¡si volvieran a bajar a Mogón…! Y queda un poso de amargura en este último pensamiento, como si constatase que hay cosas en esta vida que no merecen la pena, aunque lo parezcan.

Paquita (esta es otra Paqui) nos dejó una foto del 84 ya en color, faltaría más. En  ella se la ve rodeada de niños alrededor de una mesa camilla y los niños alborotando con sus manos alzadas; es que era el cumpleaños de la nieta. ¿Por qué esa toma? Porque los nietos están lejos y ella los añora, aunque pueda ir a visitarlos de vez en cuando; pero no es lo mismo. Por eso, los querría tener como ahí, tan cerca y en su casa. Tiene muchos achaques Paquita; unos, secuela de un atropello; y otros, creo que algo inventados, lo que no es óbice para que pertenezca a diversas asociaciones, incluida la de Flamenco Activo (ahí es ); dice que es lo que tienen que hacer todas las mujeres que se encuentren en esa situación (es viuda), porque no pueden quedarse metidas en casa esperando…, ¿qué? Y consecuente con ello, no para.

Consolación es educada y de buen conformar. Pone para el trabajo una fotografía del 85, que le causa un profundo sentimiento, lleno –a la vez– de alegría y tristeza. En la misma se ve ella con su marido y, en medio de los dos, su hija. Hija a la que tuvieron que internar en un colegio especial de la episcopal Guadix tempranamente, y a la que iban a visitar en cuanto podían, a pesar de las carreteras de entonces. Cuando van, la sacan al campo, comen juntos… Ya no vuelve el marido, que se fue hace unos años; pero la llevan sus hijos, con los que vive en Úbeda. Precisamente ella dice tener mucha suerte de que vivan todos (menos la nena) en el pueblo, que no va siendo corriente ya, aunque se haya tenido bastante descendencia. Piensa en esas familias que la necesidad y las circunstancias han separado y quedan los padres en la más absoluta soledad. Mientras ella viaja por esas tierras rojizas hacia la ciudad de la catedral; a Guadix.

Este trabajo se realizó en la primavera del curso 2002/2003, siendo yo funcionario docente, con plaza en el Centro de Educación de Adultos Alto Guadalquivir de Úbeda, y tutor de un grupo de alumnas de grado base, mujeres en su mayoría mayores y necesitadas más que de aptitudes, destrezas y conocimientos funcionales (que sí requerían) de atención, sociabilidad, entorno que las acogiese y donde pudieran expresar sus vivencias, deseos y consuelo a sus carencias y problemas diarios. Un sitio donde sentirse ellas sin reproches, ni ausencias que sobrecogen y anulan. Un baúl de los recuerdos todavía vívidos y que no se nos debieran olvidar, no debiéramos pasar por encima de los mismos como si aquella vida, sus vidas y las de tantos, nunca hubiesen existido.

Traté, dentro de mis limitaciones y también dentro de sus exigencias (que a veces las tenían y eran difíciles de capear) y de algunos desencuentros puntuales surgidos principalmente por mi insistencia en que algunas pusiesen más empeño en alcanzar las mínimas destrezas exigidas, de hacer que las sesiones fuesen amenas y llevaderas, soltando y recogiendo cuando era menester y proponiendo actividades diversas, como la que he descrito someramente.

Este trabajo se hubiese completado, si en mi intención hubiese estado el promocionarlo con una memoria donde se especificasen los objetivos que alcanzar, la metodología y temporización de las actividades, la secuenciación de los contenidos y su justificación, etc., etc.; pero como las circunstancias que sobre mí obraban en ese centro, mediatizado –por una parte– por quienes consideraban que el cortijo era suyo y nada se debía hacer que los sobrepasase y –por otra parte– por quienes habían accedido a las plazas por la puerta falsa y solo pensaban en permanecer, sin que nadie los removiese; no eran las más idóneas para pelear por la publicidad y promoción del mismo.

Ya puse en la introducción que, tanto antes como ahora, a cualquiera que se le ocurra una parida y la sepa vestir, además de saber que habría jefes y jefas que se la jaleasen y ensalzasen, como si fuese el no va más de la innovación o inventiva pedagógica (y en esto cuenta mucho pertenecer al partido gobernante o declararse simpatizante, o ser miembro o adjunto de ciertos clanes ideológicos de los que se supone conservan la pureza del idealismo aplicado), en cumpliendo estas premisas le es dada la venia para pregonar, publicar y obtener algunos réditos y mejoras. Como ni lo uno ni lo otro coincidía en mi persona (ni se vio siempre, en mis habilidades), pues fue mi decisión personal el mantener este trabajo en el más íntimo anonimato, solo compartido por sus autoras y por mí.

Espero que os haya gustado o –al menos– causado cierta curiosidad.

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