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Pasos perdidos

Por Mariano Valcárcel González.

Recuerdo el misterio y los comentarios llenos de aprensión y hasta temor que los chicuelos de los tiempos de Maricastaña hacíamos cuando sabíamos de personas, cierto que pocas y muy en discreto conducirse, del pueblo que cuando llegaba la Semana Santa se “perdían” por esas carreteras, caminos, o campos de Dios, fuera siempre del casco urbano. Esta situación la representaron muy bien en una película, creo que de Fernán Gómez (desde luego la interpretaba) o de Armiñán, no recuerdo su nombre.

Era inconcebible para nosotros ese comportamiento, al igual que el que tenían si vivían en calle principal que no se asomaban a los balcones al paso de cualquier procesión o no colgaban colchas ni bandera alguna en los mismos como era de oficio el hacerlo. Algo nos decía que aquella conducta no era normal y que alguna causa debía de tener esta gente para comportarse así, exponiéndose claramente al repudio y peor al castigo de las autoridades vigentes. Autoridades que, muy al contrario, hacían todo lo posible y visible para integrarse en los desfiles procesionales, muy ufanos ellos (varones casi siempre) de mostrar sus uniformes del partido, enmedallados o portando vara de mando, o los uniformes militares. Que eran de ver en el centro del cortejo, nunca en la cabecera del mismo, sino hacia el cierre.

Así que los chiquillos comentábamos a aquellos seres especiales que debían ocultar un terrible secreto, porque además las gentes, nuestras familias, cuando hablaban de ellos lo hacían en voz baja y siempre advirtiendo que de eso ni pío a los demás… ¿Entendido?

Supimos con el tiempo que eran desafectos al Régimen, antiguos rojos que habían logrado sobrevivir a los fusilamientos, a las cárceles, al repudio general. Y a las palizas. Tercos en su equivocada ideología, que no desmentían pues, y que les hacía blanco de cualquier redada necesaria, sobre todo cuando Su Excelencia pasaba por estos pagos, camino de sus cacerías serranas. Y, sin embargo, nos parecían personas normales, no tenían rabo ni cuernos, y trabajaban en sus negocios u oficios honradamente. Ni nos comían a los nenes ni robaban a los mayores (ni violaban a las mujeres). Una situación que nos dejaba perplejos.

La fobia a la religión parecía una de sus marcas de fábrica, una identificación exacta.

Los sucesos y hechos habidos en la República, antes y después del alzamiento militar, avalaban la idea, y la anclaban al sentimiento y el recuerdo colectivo, de que esos republicanos eran los autores de tanto atropello y destrucción de personas, cosas y edificios sagrados. Eran pruebas irrefutables de su maldad. Realmente fanatismos alimentados por odios ancestrales y por deseos de revancha, analfabetismo puro y duro, dejando campar y dominar a una población entera. Las autoridades republicanas de izquierda, los que tenían el deber de dominar a sus partidarios, no supieron hacerlo o no quisieron o, simplemente, les temieron.

Luego, vencidos y desarmados, los que no se exiliaron y sobrevivieron a todo el terror consecuente, veían cómo aquella España ultramontana y fanáticamente religiosa (por convicción o por miedo) se imponía. Era la muestra de su más rotundo fracaso. Y no querían ni ser partícipes del mismo, ni siquiera verlo. Y hacían cual los avestruces: metían la cabeza en el agujero de su ideología. Exorcismo.

Algunas veces encuentro fotografías de aquellos años, o me las bajo cuando algunas personas las publican en la red, y lo observo todo con los mismos ojos de antaño, porque en ellas vuelvo a verlos, a los que no se perdían ni una procesión, ni un desfile profano o sacro; vuelven a salir con sus guerreras negras o blancas y sus medallas relucientes, paso lento y mirada a veces hasta fiera, demostrando quienes eran los que mandaban aquí y por muchos años.

Curioso, casi siempre los mismos personajes, fuese la ocasión que fuese, y como si no pasasen los años, que era como si se reprodujesen clónicamente. Bigotitos, gafas de sol. Típicos ya por tópicos y repetidos. Como si nunca el tiempo habría de pasar sobre ellos.

Las procesiones siguen en esta España y en el pueblo que me vio nacer. Las antiguas, las que vimos ir creciendo, estancándose o casi desapareciendo. Cambiando algo sus vestimentas (casi siempre aportando las capas, que al inicio no se podían costear), mejorando los tronos, añadiendo fundamentalmente Vírgenes acompañantes e incorporando otros detalles que en su intención las mejorasen y enriqueciesen.

A propósito del enriquecimiento, nuestra furia justiciera y reivindicativa juvenil nos llevaba a cuestionar esas muestras ostentosas de joyas y demás supuestos oros (especialmente en las Vírgenes) y manifestar, a veces en voz alta, que esos gastos deberían ir destinados a cubrir las necesidades de los más humildes. Sí, lo decíamos cuando pasaban por nuestro lado para cabrear a las matronas de mantilla y rosario.

Las últimas modificaciones de los pasos tradicionales vienen consistiendo en la adopción de modos y estilos más propios de la procesionaria bajo andaluza, que de lo que fue nuestro poso castellano. Que los pasos han de llevarse a costal o a varas, esfuerzo que supone preparación y personal dispuesto a ello, olvidándosenos que esto es Úbeda y no Málaga o Sevilla.

Y bandas de cornetas y tambores trianeras y chillonas, cornetines desagradables en melismas desatentados y hasta descompuestos por su falso virtuosismo.

Ya no es barroco; es rococó kisch. Pero esto lo introdujeron seres foráneos o tintados de carisma imitativo sevillano. No es lo nuestro, no lo que vimos; no es nada que resulte de una evolución razonable y razonada. Priman los plumeros, todo farfolla. Luego vienen las nuevas cofradías, que han florecido como espárragos en cuneta en estas últimas décadas; son las que empujan a las otras en una carrera de a ver quién innova más; o, peor, se transforma más en lo que nunca fue. Sé de personas que pertenecen no a una sino a varias hermandades, haciendo virguerías para salir en todas y, por el contrario, fraternos números que debieran procesionar (por pertenecer a alguna) y que no lo hacen.

Ahora quienes no quieren estarse a la contemplación del espectáculo procesional, se largan a las playas o a otros destinos turísticos, que es el signo de los tiempos. Ya no hace falta significarse como antaño; uno huye de la localidad y vuelve tras el ciclo religioso-teatral. Es más fácil pasar desapercibido, aunque acá, en mi Úbeda, siempre quedará quien te diga –a mí me lo han dicho-, que si eres de Úbeda y no perteneces a ninguna cofradía, cosa que todavía parece ser que aporta carácter, pedigrí y ciudadanía.

Que ustedes lo vivan bien.

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