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Auto-Móvil

Por Mariano Valcárcel González.

Tengo establecida una rutina mañanera, como muchos de nosotros, creo, que es (si el tiempo lo permite) salir a dar una caminata ligera, sobre una hora de tiempo y por terreno periurbano, que de algo me sirva para mantenerme en los biorritmos (¿a que ha quedado bonico el palabrejo?) necesarios para el equilibrio tanto físico como mental.

No es que yo esté en exceso empeñado por alcanzar la eterna juventud, ni siquiera la eterna senectud; pero, al menos con ello, creo que podré mantenerme en cierta calidad de vida, la deseable para no embarrancar en un deterioro atroz en el que, se diga lo que se diga y se predique lo que se predique, ya no eres más que un despojo de persona. Y tampoco es cuestión de andarse dopado a medicinas; que si una es buena para una cosa, te va estropeando sin remedio otra.

Así que empiezo el día en esa rutina que no hace daño a nadie y menos a mí.

Acostumbro a ir oyendo la radio en cadena nacional, noticiario incluido, y las tertulias que le preceden o le siguen, que dicen mucho del nivel de angustia, descerebración, desinformación, y clientelismo que hay entre sus componentes y entre los oyentes también. A veces me canso más de escuchar estos circos que de andar. En este caso, cambio la salida de mi móvil y paso a escuchar la música que llevo almacenada en el mismo.

Y, precisamente del asunto del móvil, quería escribir ahora. Porque una de estas mañanas andadoras me tropecé, apenas iniciado mi camino y sin solución de continuidad (o sea, de corrido) una tras otra, a varias señoras o señoritas todas ellas con su teléfono móvil o a la oreja o en su mano y a la vista en conversación por auricular o altavoz o manejando las entradas, salidas, opciones o juegos que el aparatejo brinda.

¡Ojo!, una, dos, tres, cuatro… Todas con lo mismo.

Sí, que los varones padecen de esta adicción igual que ellas; pero, esa mañana, quienes así y en esa frecuencia se me aparecieron fueron las mujeres. Yo, en mi descargo, diré que también lo llevo, ya lo he dicho, como medio multimedia que me puede facilitar oír la radio, escuchar mi música preferida, hacerle una foto a algo que me llame la atención e incluso estar localizable para mi familia por si surge en ese tiempo algo no esperado (incluso que yo tenga que pedir ayuda por alguna causa mayor). Y el aparatejo lo llevo metido en el bolsillo, del que solo sale el cable del auricular; no se me ocurre ir andando y, a la vez, mirando la pantalla, que esto es causa ya de variados accidentes; hasta tal extremo llega a ser esto peligroso que, en ciertos lugares, se colocan advertencias y señales para que los usuarios compulsivos de la telefonía móvil tengan cierta seguridad.

Todo es bueno o malo según se utilice, que ya lo sabía el Creador cuando, tras inventarse alguna de sus criaturas, se encontraba con que algunas de estas habían equivocado la razón para la que habían sido creadas, sobrepasando sus posibilidades o mal utilizándolas.

El móvil tiene un abanico de posibilidades que cada vez se hace más amplio, pues los fabricantes no se contentan con el esquema básico de proporcionar un instrumento que facilite el acceso a la telefonía, esto es a la comunicación, en cualquier circunstancia y condición (y para todo el mundo). Esto, que es el abc del sistema, habría imposibilitado la expansión de estos aparatos, hoy día denominados smartphones, o sea, pretendidamente aparatos inteligentes, que según el último encuentro de Barcelona va a llegar ya el 5G, que debe ser el remate (pero que algunos todavía se dan con un canto en los dientes, si en su zona se llega al actual 4G).

Esto del 5G, como digo, debe ser la repera sanjuanera y espérese usted a ver lo que con esa tecnología se conseguirá.

Ya, por lo pronto, usted y yo estamos enganchados al sistema, que nos pegamos el móvil y no lo dejamos –perdóneme usted la burrada– ni para cagar. Lo que a mí me brinda –como he escrito– por las mañanas, es una mera filfa de entre las posibilidades reales del aparato. Con el mismo puedo consultar, esté donde esté, mi mermada cuenta bancaria (y precisamente lo necesito porque, si quiero hacer alguna operación bancaria por el ordenador convencional, la autorización de esa operación me llegará vía móvil); puedo buscar orientación de carretera (incluso una ruta) o en una ciudad, no digo ya chatear (no el tomar chatos, que eso todavía no se logra, pero sí te indicará dónde hay una taberna), hasta la extenuación con amigos reales y más todavía con virtuales, espíritus del espacio cibernético que exigen la fe del converso para andarse tras ellos, jugar al ajedrez en tus ratos muertos y a otros juegos menos sesudos y más peligrosos por su adicción y su facilidad en sacarte los cuartos, vía factura, etc., etc.

Muchas cosas útiles tendrás en tu móvil, ciertamente, y muchas más inútiles; pero, mientras las útiles las utilizas con consentimiento activo, con consciencia de su utilidad y de la oportunidad del hacerlo, las inútiles te llevarán a un estado de catalepsia mental, de automatización inconsciente, de adicción sobrevenida de la que llegará el momento que no podrás zafarte, para tu pasmo y perdición.

Otra cuestión es que esta maquinaria además te controla. Sí, eres controlado por el sistema, de tal forma que hoy en día se sabrá por dónde y dónde andas; si te metes en un restaurante, si vas a un gimnasio, si viajas y dónde te hospedas… Se sabrán hasta tus gustos y aficiones e incluso, sí, tus acciones más oscuras. Todo lo sabe tu teléfono y los que lo controlan. Por ello, no te extrañes de que se te ofrezcan productos o te lleguen anuncios de cosas que tú, algún día, decidiste consultar o comparar.

Se ha demostrado que ese control puede servir para esclarecer delitos y crímenes, pues puede seguirse el rastro de las personas según utilicen su teléfono o lo lleven meramente encendido; es una de las utilidades buenas, si para buen fin se usan. Pero…

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