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De pijas

Por Mariano Valcárcel González.

A alguien le podrá parecer el presente escrito como xenófobo, discriminatorio, rancio y clasista (incluso, perdóneseme que no es a propósito, machista). Bueno, puede serlo y no me voy a ocultar, aunque lo declaro carente de maldad y de intencionalidad de ofensa cruel y vengativa. Menos todavía tiene la intención de demonizar a nadie para señalarlo como objeto de venganzas e imposiciones, de depuraciones o eliminaciones radicales. Pero como ahora estamos en tiempos de denuncias y venganzas (ciertos o no los hechos) y de tergiversaciones e interpretaciones radicales, no me creería yo libre de cualquier ataque, diga o escriba exculpaciones variadas.

En realidad, simplemente persigo hacer unas jocosas observaciones anecdóticas que son evidentes y se definen por sí mismas.

Siempre que hemos visto a alguna mujer con cierto estilo de vestir y de arreglarse, enseguida hemos decidido en nuestro interior (o a veces hasta lo hemos expresado) que debía ser pepera. Y es que gran parte de las que aparecían como dirigentes, candidatas a elecciones, fuesen locales o generales, en reuniones del partido, en concentraciones o mítines, obedecían a un estilo presencial muy característico de esa facción política. Siempre con ropa y complementos de moda y a la última, tratando de estar elegantes y agradables a la vista, pulcras, olorosas, suficientes en apariencia o eficientes y, sin embargo, tratando de no suplantar al marido, al compañero de partido (al menos evidentemente). Vamos, unas pijas.

Cumplían el rol de mujer moderna, pero a la vez tradicional. De derechas.

No es que todas tuviesen que cumplir con este uniforme estereotipo; no es así y hay pruebas que ello no obliga; pero como modelo a seguir y deseable, se puede entender como sugerente.

Precisamente, cuando otras féminas de otros partidos han copiado esta línea de presentación, se ha provocado una reacción furibunda por parte de dirigentes de ese partido que, se ve, consideran lo anterior como imagen de marca exclusiva. Las críticas a mujeres que se atrevían a vestir a la última y exhibían modelos de buena marca, no siendo peperas, caían a raudales y de muy malos y procaces modos. Aquella vez que las ministras de Zapatero se dignaron hacer pasarela fotográfica para una célebre y reconocida revista, en poses dignas de modelos de alta costura, les cayó una buena… El primero en denigrarlas, el soso Rajoy, que les trataba de impedir el pan y la sal de ser unas mujeres luminosas. Por ser socialistas, habrían de ser más discretas, recatadas y humildes en el vestir (digo yo). Claro, cuando su “vice” posó como vampiresa fatal, hubieron de silenciar las críticas en el entendimiento (cierto, pero tardío) de que tenía todo el derecho a posar, como le viniese en gana.

Y así, ellos mismos tenían ya definido el marco conceptual al respecto. El tópico como marca.

Obedecer ese imperativo sería darles la razón y seguirles la corriente, admitiendo entonces los de la izquierda que se pueden distinguir de los otros, precisamente por mostrarse en todo lo contrario.

Y así ha sido precisamente. Hoy no es nada raro, sino común, encontrarnos con damas y damiselas de la extrema izquierda o simplemente de la izquierda, que lucen a gala no llevar galas. Nada de trapitos más o menos caros y primorosos, nada de maquillajes o complementos que realcen la faz o la figura, nada de caer en la tentación del narcisismo frente al espejo, de la recreación en la contemplación de un soberbio cuerpo, del cuidado egoísta del cutis, la celulitis o la figura. Cuanto más fachosas, mejor; que ello indica desprecio de este mundo consumista. En esta actitud, hay muchos resabios de la ascética religiosa, de la renuncia a las pompas mundanas.

Hay quienes en este aspecto llegan a extremos aberrantes. Cuando se mezcla la ideología revolucionaria con un feminismo desatentado, el resultado suele ser explosivo. Terminan espantando al más sátiro de los hombres (que es lo que creen pretender).

Ahora me he terminado fijando, por causa de estos meses de zozobra interminable, en las mujeres que aparecen en la política catalana. Y veo que esa dicotomía existencial se produce todavía con más radicalidad. El yin y el yang como forma diferencial absoluta.

Ahí tenemos a esas del anticapitalismo, dignas del desarreglo y la informalidad impostada, realmente forzándose a su vez a uniformarse a su modo. Pero también hay que fijarse en otro sello distintivo: en el dominio de las caras amargadas, terrosas, comidas por un halo de rencor y odio. Pijas que intentan no serlo.

Y no solo en las mujeres de los anticapitalistas; también en las de los republicanos (me niego a calificarlos de izquierda) e incluso en los de la antigua derecha nacionalista. Sus gestos, sus expresiones son demoledores, faltas de empatía y de vida sus caras, iconos de cuadros clásicos de los antiguos flamencos y sus retratos de sayones, judíos y soldadesca de los martirios clásicos. Dan miedo. Porque se trasluce bajo sus máscaras el fanatismo del que, considerándose puro, pretende imponerse a los demás por su supuesta superioridad moral y por la exclusiva de su causa. Y esto que escribo, con no ser doctrina asentada ni hecho absoluto, es constatable y observable.

Se está produciendo la expansión, en esa sociedad, de una tipología personal poco amable, que rechaza más que atrae, que va repartiendo tristeza. Avinagrada. De acuerdo que la vida política, ni puede ser una astracanada inane, ni tampoco una continua y  trascendental tragedia. Mas es cierto que el producto político ha de venderse y, para lograrlo con eficacia, ha de publicitarse y presentarse de modo atractivo al que lo pudiera comprar. Con esas poses de esfinges pálidas y pétreas, portadoras de arcanos no aptos para descifrarlos el pueblo, con esa certeza de una sabiduría incuestionable apenas traslucida en una mirada despectiva y a veces retadora, poca empatía van a generar entre la masa, que no las contempla, sino como distantes y peligrosas.

En fin, por lo que empecé, que las peperas son pijas de escaparate y las anticapitalistas y comunes son pijas renegadas.

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