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Sombra muy alargada

Por Mariano Valcárcel González.

En su alocada carrera de desprestigio de lo español, el menos que honorable Puigdemont se atrevió a decir algo así como que, en España, la sombra de Franco todavía era bastante alargada. Él lo dijo como argumento total de desprestigio de esa España que no quiere; y, siendo ese el contexto, habrá que negar la mayor. Pero…

No deja de tener razón este sujeto. En España todavía Franco y lo franquista está demasiado presente, si no formalmente sí en el sustrato que condiciona bastantes cosas. Que se mantengan nombres y símbolos propios de la dictadura y que, por mucha ley que se tenga, no se erradiquen, dice mucho de esa presencia franquista. Que se siga con el tema del Valle de los Caídos, ahí, intocable e irresuelto (por temor a la reacción de la derecha e incluso con la complicidad de esa derecha que no se dice extrema), es algo que debería avergonzarnos, pues si no es porque los nostálgicos y herederos del régimen no quieren que se solucione, ¿por qué es?

Que se pongan palos en las ruedas de la búsqueda de los asesinados en las cunetas, a lo que tienen derecho sus deudos, ¿a qué obedece si no a no soliviantar a esa caterva de seguidores del franquismo?

Si en algunos cuarteles todavía se tiene recuerdo y homenaje a Franco, ¿no es seña de la permanencia de su larga sombra? Larga sombra que no solo su familia y los incondicionales aprovechan, como sería entendible, sino que nadie se atreve a cortar de raíz el árbol que la proporciona.

Yo diría que hay además un factor importante en tal duración, que es el adjunto e inseparable influjo que la Iglesia Católica española adquirió bajo la cobertura de Franco. Dueña y señora que fue de todo y de todos durante la dictadura, debe ser muy difícil todavía desvincularla de ello. Puigdemont se acordó del dictador, pero no mencionó a la sagrada Iglesia, que en Cataluña ha rendido muy buen trabajo en pos del independentismo.

Así que sí, que hay franquismo, ¿lo vamos a negar? ¿Y qué?

Quienes se sientan franquistas séanlo y nuestro sistema democrático se lo permita, ¿es que es peor que si se es leninista? Si de veras creemos en la democracia como el menos malo de los sistemas políticos, con todo lo que conlleva, habremos de admitir los diferentes pensamientos e ideologías; admitirlos no es fomentarlos o favorecerlos en detrimento de otros. Que existan no significa que se impongan a los demás, salvo, claro está, por medios no democráticos o violentándolos y pervirtiéndolos.

Ese es un peligro real que vemos cumplido en diversas partes del planeta. Por métodos democráticos y como consecuencia de los votos ciudadanos, llegan al poder y, ya dentro del mismo (si ese estado no tienen verdaderos mecanismos de control y defensa democráticos), lo dinamitan. Eso puede pasar aquí, haya franquismo o no, y me ciño a las pruebas que nos están dando los independentistas catalanes.

En efecto, estos obran arbitrariamente, alterando, retorciendo, anulando las leyes y normas cuando les parece, porque esas leyes o normas no les convienen en un momento dado y, por lo tanto, estorban para los planes esperados. Le llamamos a eso república bananera, porque todo se limita a un paripé de democracia. Y no solo se pretende dejar de lado todo lo que estorbe a los planes políticos declarados, sino que si para ello se ha de apartar a la parte que no estaría de acuerdo con lo pretendido, pues se le aparta. Se habla, pues, de la voluntad del pueblo democráticamente expresada en las urnas, pero eso solo se refiere al pueblo que votó lo que se les prometía, que tal vez el otro pueblo, el que votó en contra, no exista.

Lo anterior también es franquismo, Puigdemont lo debiera saber bien, pero…, ¡ah!, dirá que él no vivió en tiempo del dictador. Entonces, ¿qué leche dices?

A mí me da igual que uno salga a la calle con la bandera del águila; en su derecho está y no me entretendré en dualismos maniqueos de buenos o malos, porque igual considero que el que la lleva con la hoz y el martillo está también en su derecho. Y no es equidistancia, es ser consecuente con mi creencia en la democracia, que les debe garantizar ese derecho.

Con esto no estoy diciendo que los símbolos y demás vestigios del régimen de Franco no se toquen, porque son en realidad evidencias vivas de su permanencia e influencia (y superioridad por encima de lo demás). Nostalgia viva.

Por otro lado, desde luego que habrá que velar porque esos ideologismos extremos no se desarrollen y lleguen al poder, a cierto poder. Si dejamos que el pueblo absorba esas doctrinas y termine apoyándolas, entonces sí que tenemos preparado el camino para la destrucción del sistema democrático. Y es cuestión de verdadera educación política y cívica.

Como estamos viendo en Cataluña (y en el País Vasco, aunque matizado por suerte), el adoctrinamiento de las masas es fundamental para llegar a una vía o a otra. Si la labor que el Estado debe realizar en este aspecto está sesgada se irá al régimen de la idea única, porque ya no habrá lugar a más ideas; en cambio, si se profundiza en la educación cívica y ética, se irá al régimen de la pluralidad confrontada, lo que garantizará la pervivencia de las libertades individuales y colectivas.

Es ahí, en la educación, donde está el problema; porque, en cuanto se puede (y ahora estamos en ello) se deja de lado todo lo que huela a formación de un espíritu cívico y democrático (¡ah, la Formación del Espíritu Nacional, qué pantomima!), con el pretexto de adoctrinamiento sexual y las maldades que ello, seguramente, conlleva y vuelven los resabios nacional-católicos (franquismo puro) en la sustitución de aquella por la sempiterna enseñanza de la religión católica evaluable. No lo desearía menos el general.

Sí, la monarquía presente es herencia que nos dejó aquel; eso es indudable e irrebatible como hecho, pero se puede discutir si ahora mismo obedece a las ideas y criterios que sobre la misma tenía quien nos la colocó. Desde luego, en esta forma de democracia parlamentaria, burguesa no. En su momento pues, habrá que llegarse al dilema de continuarla o no, partiendo del anacronismo que supone en estos tiempos una monarquía (incluyendo las de corte comunista vigentes, sean coronadas o no) y las posibles ventajas y deficiencias del sistema republicano (en especial en esta España que tan mal lo hizo con las dos anteriores).

Puigdemont ve franquismo por todas partes, pero no se ha reconocido en él. Pues lo es.

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