Bienvenidos a la portada

Loca obsolescencia

Por Mariano Valcárcel González.

Tiene mi esposa un mueble zapatero que hace su función adecuadamente (¡incluso yo puedo meter ahí mis escasos zapatos!); pero, que de golpe y porrazo, se ha manifestado en baja por enfermedad…

Me explico, en lo de golpe y porrazo, porque así se ha caído uno de los módulos que soportan los zapatos; ese soporte que se abre en ángulo, mantenido al mueble por dos ejes; pues, si uno de los ejes se parte, alguna de sus partes, te has jodido el zapatero. ¿Por qué? Pues, porque el fabricante ya cuenta con ello y esa pieza, tan vital para que el mueble funcione en lo que debe, la proporciona en material plástico. Y, claro, dado el peso que soporta y los movimientos de apertura y cierre que se le requieren, esas piezas ‑más tarde o temprano (más bien a medio plazo)‑ se rompen.

El problema no sería problema, si uno va a la tienda correspondiente (por ejemplo, una ferretería) y encuentra el dichoso plastiquito; lo compra, lo coloca otra vez y lo atornilla. ¡Ah!, ese tornillo que sea el original, porque de esa clase no hay en el mercado y, ¡voilá!, el zapatero ya se anda otra vez a sus zapatos, como debiera ser. Debiera, pero no lo es; que ese plástico dichoso no aparece por ninguna parte, se ande investigando por donde se ande, igual que el tornillo; y ya sabe uno, con resignación, que una parte del mueble no le servirá ya para nada.

Gracias a un mancebo de ferretería, que me aportó una pieza metálica serrada de un tubo (de la cual no fiaba yo mucho aprovechamiento), y a mis recursos chapuceros aplicados tras sesudas reflexiones y diseños, pude apañar un nuevo soporte al tornillo para que sirviese de eje. Ahora, el zapatero tiene en servicio la totalidad de sus baldas y todavía no he tenido que tirarlo al vertedero.

¿Y a qué viene este cuento tan privado? Para que sirva como colofón al artículo anterior, sobre el consumo y demás… Pues, una de las peores consecuencias (permitida, por supuesto, por los gobiernos) de la locura del consumismo es la fabricación para la obsolescencia.

La obsolescencia contempla el tiempo de vida útil de un producto, especialmente maquinaria, electrodomésticos y útiles de la vida común, automóviles, etc. Cierto que cualquier cosa fabricada se va deteriorando y desgastando con el uso; pero cierto es también que el sistema procura que el deterioro y desgaste se produzca mucho antes que un uso normal determine; para ello, uno de los medios es poner piezas, especialmente las que se someten a más desgaste, de plástico. Como es lógico, por muy duro y resistente que sea el plástico, siempre terminará rompiéndose antes que si la pieza en cuestión fuese de metal (salvo las calaminas, claro).

Pienso yo en el peligro que supone colocar piezas de este tipo en elementos que tengan un uso muy específico para la seguridad de los usuarios (por ejemplo en los autos). Y las ponen.

También se programan útiles para que su ejercicio se acabe en determinado tiempo, lo que se dice; por ejemplo, pasa en impresoras, que se les aloja un chip que, tras determinado conteo de copias, “mata” a la impresora. La finalidad es obvia; tú acabarás comprando el modelo más moderno que te ofrezca la marca (u otra). Es cierto, no hay duda, que estos aparatos y otros están pensados para que se “apaguen” o fallen, luego de determinado tiempo de uso. Y, cuando quieras recurrir al servicio técnico correspondiente, te dirán que ya no hay piezas o componentes de ese modelo; así que, como a mi zapatero, la sentencia de muerte le es anunciada.

Todo, porque el entendimiento del consumismo como vorágine obsesiva de fabricación, compra, uso y eliminación de lo que sirvió, sí que nos lleva a una debacle total. Porque hay que fabricar para vender, hay que vender para ganar y hay que volver a fabricar y vender sin descanso, para seguir ganando sin descanso.

No se aprovecha hoy día nada, porque al ciudadano corriente le es más fácil tirar lo que ya no funciona, aunque sea por un fallo minúsculo, y comprar otro nuevo; además, que es lo que, reiterativamente, te recomiendan los que debieran tener más interés en reparar lo averiado, los que viven de esos servicios técnicos, porque a ellos también les es más fácil colocar una pieza entera (si merece la pena y su tiempo) o decirte simple y llanamente que te olvides del cacharro y compres otro; porque, además, «Te va a costar el arreglo más que uno nuevo».

De vez en cuando, sacan a relucir a esa bombilla, que lleva más de cien años iluminando en un parque de bomberos norteamericano, como ejemplo de lo que se fabricaba hace tiempo y su rendimiento y eficacia. Así es; pero, ¿verdad que pronto los fabricantes de bombillas comprendieron la necesidad de estos artefactos y la también necesaria corta vida que había que dar a los mismos? Y así los fabricaron, pues, y no como esa solitaria bombilla.

Yo miro a veces algún cacharro que tengo ya en agónica existencia y me esfuerzo, como en una UCI, en proporcionarle tiempo útil; pero siento, como inevitable, la derrota. No tardaré en largarme al punto limpio, para dejar allí el cadáver, que ya, casi con seguridad, ha sido reemplazado por otro. Vamos, que no se ha enfriado el muerto y ya lo tenemos olvidado.

Se alimenta la compulsión consumista con este modelo, hasta llegar al paroxismo; que ya compramos cosas sin que de veras nos hagan falta, por mero impulso o tonto deseo, y luego ‑en un plis plas‑ las dejamos de lado, abandonadas en un trastero, porque ya tenemos otras en nuestra diana consumista. Ejemplo, ahora ya clásico, el de los teléfonos móviles. Demencial.

Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Información adicional