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Patria

Por Mariano Valcárcel González.

A Fernando Aramburu le han dado el Premio Nacional de la Crítica por su novela “PATRIA”. Como para ello hay gente mucho más informada y dotada de argumentos que yo, no seré pues quien contradiga tal galardón al mencionado autor.

Leí el libro referido casi en cuanto se lanzó al público, que ya me habían llegado referencias del mismo por varios canales y consideré la oportunidad de tenerlo. En efecto, aunque es una novela de bastantes páginas, hay un acierto en llevarlas en cortos capítulos, lo que hace fácil su lectura; y, al contrario, al no ser lineal en progresiones y regresiones constantes, tanto en los personajes como en los hechos, se debe andar uno muy alerta para no perderse o confundirse. Sin embargo, como la temática arrastra, el intento de seguirla suele ser positivo.

Y a la temática voy. Se dice, se cuenta, se argumenta ahora como cosa valiente e inaudita el que se haya tenido la gallardía de adentrarse en los hechos y en la verdad de esos hechos. Los hechos de unos años de plomo, largos años de plomo, hierro y sangre. Plomo, hierro, terror, silencio, complicidad, cobardía e hipocresía, como razón de ser y existir de toda (o casi toda) una sociedad, un pueblo, unas gentes que, por el contrario, siempre presumieron de ser gentes de honor y de palabra.

Gentes de honor y de palabra se dicen los integrantes de las mafias italianas ‑no lo olvidemos‑, y no por ello dejan de ser meros criminales. Pues acá, igual.

Que todo y más de lo que se cuenta en esa novela se sabía en todas partes. Que era incluso aceptado por muchos como forma de “lucha” inevitable o como chantaje ante los poderes políticos del Estado. Que matar a cualquiera que fuese de afuera, fuese trabajador, empresario, funcionario, ¡y no digamos si era policía o, peor, guardia civil!, era cosa admisible. Que ya no lo era tanto, pero aún así se intentaba justificar, cuando el muerto era de allí y más, a título de incomprensible, euskaldún. Que presionar y controlar a quien manifestase tibieza, no digamos ya aparentase acercamiento o colaboración con los de afuera, era el pan suyo de cada día. Que cobrar el llamado impuesto revolucionario no era más que un robo consentido bajo la amenaza de la bala en la nuca (o el bombazo en el coche). Que todo, todo ello pasaba, pero se aparentaba que no pasaba. Es más; se empeñaban los políticos, de allá a los de acá, en decir que no pasaba. ¡Ah, la campaña de promoción turística de la pizpireta y defenestrada Rosa Díez, cuando fue consejera de turismo en el gobierno vasco! Por no hablar de esos obispos y curas que estaban más interesados en sus ovejas convertidas en lobos (y adiestradas para que lo fuesen), que en la condena clara y en alta voz de sus criminales hechos.

Precisamente, en fecha del 9 de julio del año 2002, escribía yo algunas de las siguientes reflexiones, que reproduzco:

las manifestaciones nacionalistas y sus formaciones trataron de acomodarse en el nuevo sistema de forma que no tuviesen muchas dificultades para irse afianzando dentro de la legalidad que se formaba en esos años, llamados “de la transición”. No dudaron entonces en aparentar que daban de cierta forma la espalda a los más violentos, vieron con aparente simpatía que los llamados “polis-milis” de la ETA declinaran la lucha violenta; buscaron, en fin, no llamar demasiado la atención y poner ante los demás, los españoles, cara simpática.

Ahí andaba ese sacerdote arrepentido, por situarlo, llamado Javier Arzalluz, dando abrazos y tendiendo manos a los de Madrid sin que le temblara el pulso ni se le cayese la cara de vergüenza. Y los de acá, esos españoles, se lo creyeron, fuese del color que fuese su partido, más todavía si era el del gobierno, porque les convenía tener a su favor al líder y muñidor del nacionalismo democrático vasco. Por supuesto que los de ETA seguían matando… Se dice que dijo «Vosotros moved el árbol que yo recogeré las nueces» a sus nunca abandonados amigos de la pistola… Recogen lo que pretendían, viendo cómo esos de la pistola, del cóctel molotov, de la algarada y ocupación urbana y de los destrozos subsiguientes (ya los pagará alguien, y desde aquí sugiero que no es Batasuna quien lo haga, porque además no lo va a hacer, sino el propio Gobierno Vasco que es el consentidor, al menos por activa pasividad, de que sucedan), de las pintadas y cartas bomba, de los acosos cobardes a personas, del robo institucionalizado llamado “impuesto revolucionario”. Estos, pues, les van aclarando bien el árbol, dejándoselo pelado, que la cosecha está casi terminada. Y siguen más sus “amigos” pistoleros y otros idiotas útiles que todavía se atreven a hablar de concordia y democracia en una sociedad totalmente secuestrada y amordazada, donde solo pasean tranquilos los adeptos a Arzalluz y a sus compañeros de viaje; siguen persiguiendo la finalidad urdida durante tantos años. Y les va a dar lo mismo lo que suceda a gentes que no se dejan bajar del árbol; les va a dar lo mismo la forma en que se desarrollen los acontecimientos; les va a dar igual, porque se impone un gran sacrificio para catarsis total y liberación absoluta (no olvidemos que Arzalluz es sacerdote, el sacrificador por oficio y convicción de los ritos más antiguos). Como su sociedad ya está “madura”, es decir, podrida hasta la médula, la cosa será coser y cantar.

Hay otros aspectos no menores que trasluce la novela referida. Uno, y muy importante, el racismo y la xenofobia dominantes en la sociedad vasca “auténtica”, lo que los lleva a distinguir unos asesinatos de otros (como si ello fuese posible) y a despreciar todo contacto con los demás; peor, la mezcla. La pureza de la raza (y su demostración puede ser el idioma) por encima de todo. Otro, el matriarcado como columna fundamental de su estructura social (aunque en apariencia sean los hombres, ejemplo en sus sociedades gastronómicas, quienes ejerzan la autoridad). El tercero, la aparente religiosidad y la influencia de los curas en sus parroquias e instituciones. Todo ello indica un resto de primitivismo ancestral que tal vez era lo que soñaba Arana: la vuelta a la era prehistórica.

Hastiaron tanto que, al final, hicieron vomitar; y, del exceso, se llegó a la reacción, si no total al menos paliativa. Cejaron en sus acciones y se supone que definitivamente. En la novela de Aramburu, para mí con un final harto apresurado y poco creíble (pero idealizado por el autor como deseo inexcusable), se intuye esa hartura que fue calando, pero que no está consolidada todavía.

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