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Carta apócrifa a una mujer maltratada

Por Mariano Valcárcel González.

Amiga:

Da igual qué edad tengas, que sea la de veinte años o la de sesenta, pues toda mujer, independientemente de su edad, sufre o puede sufrir maltrato. Peor aún: tal violencia que la lleve a la muerte.

Ya sabes de quién proviene el problema; ya sabes bien, demasiado bien, cuál es el autor de la situación que sufres. Ya sabes y tal vez ya lo sabías, desde hace tiempo. Esa persona que se unió a ti, de una u otra forma, mediante el rito del matrimonio (consentido y deseado, generalmente) sea civil o religioso, o por la vía expeditiva de la convivencia, sin más trámites ni protocolos. A veces, el emparejamiento surge de improviso; otras es más meditado.

En esa meditación debió contar el conocimiento que tenías, o creías tener, de tu pareja. Ahí es donde a veces me desconciertas… ¿Que por qué? Pues, porque no comprendo, no te comprendo, cuando se manifiestan rasgos y conductas tan evidentes en muchos de los casos que el proseguir (y consentirlas) no te puede llevar, o ya te ha llevado, más que a ser víctima de lo que se viene en llamar violencia de género.

El violento, el acosador, el maltratador, el criminal, en suma, generalmente ya es violento y maltratador desde que tiene edad para poderlo ser. Que bebe de conductas y ejemplos que ha vivido en su cercanía doméstica es casi siempre un factor insoslayable y un claro indicio de peligro; cuando en el hogar se ha contemplado el desprecio y el maltrato hacia la hembra (la madre) y la cosificación de la misma y su anulación hasta convertirla en mero aparato doméstico, que solo sirve para las tareas domésticas y la satisfacción ocasional del macho (cuando quisiese, viniese bien o no), poco o nada se puede aprender, sino lo visto y vivido; y el niño podrá derivar en otro violento como el padre y la niña en otra sumisa como la madre.

Otras veces, ese maltratador se genera por la inercia de la época en que vivimos, por la que se quiere tener todo y al momento; se quiere disfrutar de todo y sin cortapisas ni compensaciones (ni sacrificios) y, como se está acostumbrado a ser satisfecho y atendido en las demandas, pues la compañera (sea ocasional o no) ha de sufrir las consecuencias, si se niega. Te vuelven a cosificar, a convertir en pertenencia, en juguete del caprichoso de turno que te considera “suya” en el más estricto sentido de la palabra. Suya y de nadie más y sometida a sus arbitrariedades… Si tú, amiga, lo consentiste desde el primer momento o porque no te dabas cuenta de lo que eso suponía o porque, idealistamente, pensabas que él “cambiaría” (y es posible que hasta te lo prometiese), entraste de lleno en la dinámica que ha llevado a la situación actual.

Puede que el problema haya surgido muy posteriormente a tu unión. Tal vez, y eso puede ser, las circunstancias muy adversas (variables y variadas por muchos motivos) hayan llevado la convivencia de pareja a un callejón sin salida. Y, o por la inercia de los años ya vividos, o por el qué dirán, o por tu misma situación personal, que te dejaría sin recursos (si venías dependiendo exclusivamente de los de él), aguantas y aguantas. Debes saber -ya tal vez lo sepas- que, cuando la presión va en aumento, es difícil contenerla; y, extremado todo, la violencia surge como inevitable. Llegas a lo que no deseabas y con peores resultados, incluso ya sin arreglo.

El violento se aprovecha de tu debilidad. Es cobarde, porque sabe que no te vas a defender. El violento ataca con ventaja; siempre será violento -no lo dudes-, sea contigo o con otra pareja que se busque, porque su cobardía es innata. Tú, mujer, no estás en este mundo más que para serle fiel, solucionarle sus necesidades (de todo tipo) y darle la seguridad de que, en última instancia, siempre le responderás del modo debido. Eres un mero instrumento en sus manos y, como tal, debes funcionar. No te equivoques; en esencia, esta es la realidad de toda mujer maltratada en la relación con su maltratador. Eres suya.

Tal vez quieras buscar otras explicaciones a tu desgracia; tal vez hasta las haya; pero, realmente, las que te he descrito antes ya bastarían; tú, amiga, puedes estar en uno u otro caso con las variantes que te distinguen accesoriamente, pero perteneces a esas miles de mujeres que son maltratadas de obra (física o psicológicamente). Buscar ayuda, en cuanto los síntomas se manifiestan, debiera no serte dudoso; dejarlo andar es irte derecha a la catástrofe. Luego, tal vez, ya no tengas remedio.

Nos enfrentamos a una escalada brutal de casos que terminan en la más atroz de las violencias; en la muerte de estas víctimas. Mira esos ejemplos que nos cuentan, día tras otro, en los noticiarios. Una barbaridad tras otra. En algunos casos, no se conocían antecedentes, ni las víctimas habían manifestado nada al respecto (por las causas antedichas y los silencios cómplices de otros); en otros, los había y -frecuentes- se sabían; incluso habían mediado denuncias que, al final, casi nunca llegaron a nada; con frecuencia, las denuncias eran retiradas (por arrepentimiento del maltratador, o por miedo de la víctima). No, por ello, deberás pensar que nada sirve para evitarlo. No es una plaga, no es una maldición bíblica que deba alcanzarte, si está determinado que así sea. Depende de ti.

En fin, amiga, espero que se te resuelva el problema de la forma más beneficiosa y logres dejar atrás lo que nunca debiste sufrir. Un abrazo solidario.

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