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Prensa

Por Mariano Valcárcel González.

En Estados Unidos, se la llegó a llamar el cuarto poder, en clara referencia añadida a los tres poderes democráticos admitidos como necesarios para un desarrollo democrático normal. Claro está que me refiero a los medios de comunicación, de masas en general, y a la prensa en particular: el periodismo. En Estados Unidos, se le dio una importancia primordial y necesaria como cooperante al desarrollo normal y eficaz de las instituciones. La prensa, el periodismo, eran considerados garantes del proceso democrático. Hasta hubo películas muy importantes que mostraban todo esto. Se respetaba al poder de la prensa.

Es indudable que este poder, este cuarto poder, no era -ni lo es- inmune a los ataques contra él mismo, que pueden provenir, precisamente, de su misma estructura y desarrollo, que son (en USA, totalmente) de carácter privado y empresarial; empresas, al fin y al cabo, que necesitan del dinero para sobrevivir. Y el interés del grupo que financie será el interés de la publicación o del medio que sea financiado. Esto anterior es una premisa necesaria para entender muchas cosas.

Pero hay que contar también con otro factor añadido, y adherido, no desdeñable. Es la adscripción ideológica que cada medio lleve. Unas veces, esta adscripción es manifiesta y evidente, y no se oculta; pero otras es más sutil, más insidiosa y, por lo tanto, más peligrosa, por lo que de intención de engaño y de manipulación tiene. No dar la cara, pero sí cizañar y enlodarlo todo lo que no sea de la cuerda suya. Dañar al enemigo como primera tarea del medio.

Siempre se ha contado lo que trabajaron los medios periodísticos de Randolph Hearts, para ir a la intervención americana en Cuba, con un periodismo amarillista y totalmente manipulador; mas ahora, en USA, como he escrito, los medios de comunicación, en general, estaban muy bien considerados. Llegó el manipulador compulsivo, llamado Donald Trump, que se había aprovechado en su campaña electoral para lanzarlos tras sus burradas y ser siempre noticia de alcance (y tener así propaganda gratis y muy efectiva); pero que ahora, ya advertidos de su error, no le interesan al flamante presidente, que ha iniciado una campaña directa de acoso y derribo contra los más significados anti-Trump (gesto definitivo, no asistir a la cena anual de los corresponsales de prensa en la Casa Blanca). Las descalificaciones y los vetos, como antesala de otras acciones futuras y no descartables. Si pierden el apoyo financiero, desaparecerán.

Acá, en España, venimos de un periodismo atrozmente controlado durante la dictadura. O se estaba conmigo o contra mí; y, si esto último pasaba, pues sencillamente no se estaba. Además, es que la mayoría de los periódicos pertenecían a la llamada Prensa del Movimiento; o sea, que eran propiedad del Régimen (¿quién iba a toser?). Y, si no eran del Movimiento, eran de la Iglesia católica, que casi daba lo mismo. Total, todos contribuyeron al mantenimiento del nacionalcatolicismo.

Todavía me acuerdo de algunos periodistas, muy bien arrimados al Régimen imperante, que nos adoctrinaban desde los telediarios de la única TV; sí, nos adoctrinaban para que no nos desviásemos de la ortodoxia, en editoriales específicas, aparte de la manipulación constante en las noticias corrientes. Era un periodismo como otros, que existían y todavía existen en las dictaduras supervivientes o de nuevo cuño. Todo, pues, claro y admitido.

No creamos que muerto el perro se acabó la rabia. Como he escrito, todo medio de comunicación necesita capital; y, al capital, lo mueve o el interés de la ganancia o la ideología que le permita sobrevivir. Y, de eso, no se libra ningún medio, aunque se nos presente como el más “independiente” de cuantos conocemos. Eso es, sencillamente, o mentira o un deseo inalcanzable; otra de las utopías de catálogo.

El periodismo lo hacen los periodistas -cierto es-, como la comida la hacen los cocineros. Los periodistas suelen ser asalariados (que, en general, malviven de sus salarios) en precario; quiero decir que están a salto de mata o buscando mejores empleos o amenazados siempre con el despido (procedente o no). Son la parte más débil de todo este entramado, paradójicamente, cuando son la parte imprescindible del mismo. Sin periodistas, no hay periodismo.

Ahí entra otra vez el peligro. El periodista come. Y, por comer, puede hacer cualquier cosa. La primera, adaptarse a las exigencias que recibe en el medio para el cual trabaja o lo pretende. No seré yo quien critique al que tiene este tremendo vicio: el de comer. Mas está quien realiza su trabajo manducatorio de la forma más inocua posible, y quien lo hace con servilismo y falta total de ética y de decencia.

Estamos pasando una época en la que los grandes consorcios informativos, dueños de cadenas televisivas, radios y prensa escrita, adscritos a diversas ramas ideológicas, favorecen descaradamente a diversos partidos políticos; los mismos tratan, a su vez, de influir en estos medios de difusión; si no…, de monopolizarlos completamente. Y, como ya he escrito, unas veces lo hacen con cierta sutileza, pero otras lo hacen con el mayor descaro. No es que ciertas cadenas o medios se vean clarísimamente de quiénes son y a quiénes sirven (que, entonces, allá quienes los siguen y se crean sus embustes y manipulaciones casi continuos), sino que lo que debiera ser público, porque pública es su propiedad, queda en manos del partido político que domina, sea a nivel local, autonómico o estatal. Y, de estas influencias y manipulaciones, no se libra ni uno.

La pena es ver a esos profesionales que se dicen periodistas y que alardean de serlo; que trabajan muy activamente en pro del patrón que los puso en el cargo a despecho de su descrédito y de su manifiesta deshonestidad y falta de ética; que eso les trae sin cuidado. Con la ética y la honradez, ni se come ni se obtienen prebendas y honores, medallitas, cargos honoríficos… Saltan algunos porque, desde los izquierdismos de nueva planta, se les presiona y advierte que la piel del político es muy fina, si se la tocan; pero debieran saltar, igualmente, cuando ha sido moneda corriente la presión y manipulación de los medios, bajo el control del partido de la derecha. Ningún respeto, ni por el profesional (amilanado), ni por el público (manipulado). Así está el patio.

En todo este artículo, no se contempla llamar periodismo a lo que se denomina prensa amarilla o la del corazón.

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