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Afeminados

Por Mariano Valcárcel González.

Decía Clint Eastwood que vivíamos en una generación de afeminados; y justificaba así su preferencia por Trump, como candidato a presidente USA, a pesar de que este dice muchas tonterías. O sea, que prefiere a un peligroso bocazas (y la posibilidad ya demostrada de materializar sus exabruptos), porque esto debe ser seña de ser “muy macho”.

Puestos a observar la realidad actual, sobre todo en nuestra España, es cierto que el fenómeno gay tiene mucha presencia y protagonismo.

Yo me pongo a pensar cómo es que, ahora, tantos se manifiestan disconformes con su natural físico, con su supuesto papel sexual derivado del sexo que portan desde su nacimiento. No creo que sea un fenómeno accidental o coyuntural, producto de ciertas modas (aunque de todo puede haber), sino que siempre existió esto y que, a lo largo del discurrir humano, hubo tiempos en que se ocultó o persiguió y otros en los que la mano estaba más abierta e incluso se favorecía.

Porque nos remitiremos a la Biblia y a sus historias para saber de la existencia de pueblos, en los que hasta se ritualizaban los actos homosexuales. Mientras los israelitas los consideraban abominables (por el peligro que ello representaba para la reproducción imprescindible de esas tribus minoritarias entre tantos enemigos) y, por lo tanto, pecados nefandos y castigables con dureza, otras culturas los admitían como cosa natural e incluso deseable para cohesionar el grupo (caso de los soldados de las falanges griegas que, conviviendo y entrenándose juntos, fomentaban así la seguridad de todos, empezando por la del compañero).

Las relaciones homosexuales no estaban del todo mal vistas en la potencia romana, aunque, es cierto que, tampoco fueron favorecidas e incluso definidas como motivo de la decadencia de las propias virtudes y, en consecuencia, de su hundimiento. A esta corriente contribuyó la implantación del cristianismo, que arrastraba los prejuicios judíos, y que impuso su anatema. Pero deberíamos recordar que el Imperio Romano se hundió por muchas causas; y no fue la fundamental este estado de supuesta proliferación afeminada.

En tiempos muy recientes y siguiendo los dictados de la Iglesia Católica Española, la dictadura de Franco impuso tales penalizaciones a la homosexualidad y, desde luego, a su manifestación pública, que ser mariquita o maricón manifiesto y militante implicaba un enorme riesgo, incluso físico. Y lo mismo, pero que se encontraba todavía más oculto en las oscuridades de las habitaciones y de las alcobas, sucedía en el caso de las mujeres. Siendo justos, diremos que otros regímenes no le iban a la zaga, como los nazis metiéndolos en campos de concentración (e incluso, utilizando esa condición para purgar sus filas), o los comunistas llevándolos al gulag o a campos de trabajo. Para todos, el homosexual era un antisocial. El caso de A. Turing en Inglaterra es sangrante; matemático extraordinario que salvó muchas vidas al desencriptar la máquina Enigma, de claves secretas alemanas; luego, se le empujó al suicidio por una campaña atroz contra su homosexualidad.

Por contraste, entre aquellos y estos tiempos uno no tiene más que pensar: «¿Es que antes no había maricones?». Imposible que fuese así; lo que sucedía es que el temor a lo que les pudiese suceder, el temor a lo que dijese la sociedad, el temor a ser unos apestados y a ser apartados hasta por las propias familias, hacía que se reprimiesen, ocultasen, amargasen y hasta viviesen calvarios personales que los podían llevar al suicidio. Y había excelentes personas y magníficos profesionales entre sus filas; personas que podían ser puntales de sus sociedades, de sus investigaciones, de sus culturas… Literatos (en especial poetas; ¿habremos de recordar que a Lorca le metieron dos tiros por el culo, por maricón?), historiadores, artistas, ingenieros o arquitectos, matemáticos ‑ya he citado un ejemplo‑, médicos e investigadores sufrieron el acoso de una sociedad o unos gobiernos que, únicamente, se fijaban en la tendencia sexual de estas personas, poniendo por delante esa supuesta pulsión antisocial a la verdadera aportación social y cultural que estos aportaban, mucho más importante.

En mi pueblo, conocíamos a personas que eran homosexuales, a veces relativamente explícitas; pero muchas, las más, intentando ser lo menos llamativas posibles. Y, desde luego, no conocíamos a muchos que mantenían en cárcel de nueve cerrojos sus instintos o tendencias, solo conocidas o por sus más que íntimos (por ejemplo, las esposas que los sufrían teniendo ellas la misión de servir de tapadera) o quienes compartían con ellos encuentros y vivencias. Los había que, como los heterosexuales que vivían vidas paralelas, se largaban a ciudades importantes, donde allí buscaban expansión a sus deseos.

Y, cuidado, no escribo sobre pederastas; no confundamos los unos con los otros.

Ahora no hay más que asomarse a alguna de las televisiones más populares para observar, como diría el actor referido al principio, que hay toda una generación de afeminados. Copan programas de gran audiencia. Hay quienes dicen que existe todo un grupo de presión política para favorecerlos. Lo cierto es que, al contrario, que antaño lo que se admite ya es la existencia de gays y lesbianas como cosa natural y que conviven con nosotros, que tienen o exigen los mismos derechos civiles y que hasta se exhiben públicamente sin pudor. Yo, particularmente, solo les exigiría, como a los demás, que sean heterosexuales o bisexuales, respeto de ellos entre ellos y de ellos para con nosotros (que hay formas y maneras de entenderlo, sin buscar la provocación ni el escándalo). Por lo demás…

Luego entraríamos en la discusión de si, el haber más o menos afeminados mina la existencia de nuestras sociedades; o son un peligro para las mismas. Salvo que volvamos a relacionarlo con la pervivencia de la especie. Y olvidarnos ya, de una puñetera vez, del sexo como diablo activo en nuestra perdición.

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